AMIGO
a Américo Toro Herrera
“¡Oh, hermano!”
Aunque tengo tendencia para la introspección
me río hasta llorar pero; soy melancólico
como suele suceder, miro los paisajes que ya no
están, un momento de la vida clandestina,
puesta en escena por la fuerza:
ô philoi philos, “¡Oh amigos, no hay amigo!”
Pero sí, si lo hay, tú sin enigmas entre
Diógenes de Laercio y Aristóteles, compartimos
un rincón entre ataúdes
en Villa Mora, mientras, Guadalupe del Carmen
cantaba “Juan Charrasqueado” en la
radio “El Carbón”, sorbíamos una taza
de café en el sindicato: amigo.
Tú lo defines todo
significa sencillamente ser.
Nuestros barrios aquellos, íbamos,
sabíamos sus esquinas
hasta el sabor especial de vino y noche,
los perros sueltos husmeaban ladrando
a las sombras, y en el barullo enrojecíamos paredes
con letra tensa y protestataria.
Tu voz hacía conciencias.
Alguien pecha la puerta
caen ataúdes, tu sales de dentro de uno,
yo quedo tieso en el del rincón.
No hubo regreso, en el suelo quedó
tu bufanda verde y la marca de tu mano
en el recuerdo de los tiempos.
<
LAS MANOS DE PEDRO PASTENES
¿Sabe usted de Tocopilla? Pues mejor lugar
habrá en otras partes, espacio curioso éste
en que todos cuelgan sobre el mar,
como en una estantería de aire caldeado.
El hombre salió de allí a recorrer
la geografía ardiente y perturbadora,
no se produce ni siquiera una flor, todo se estira,
se alarga entre el polvo que seca todo sudor
derramado, carcomiendo como cuervo.
Un haz de fatigas se tatúa en las piedras, asentadas,
cavernosas apabullando sobre el dedo de las nubes
que bajan sin refrescar la extenuación,
los nitratos con sus sales ahogantes, distribuidas,
espinudas anidando un caudal de dolores,
aceradas en esos colchones salitrosos, desolados,
aullando como el último muerto.
Es que a este gigantón no se le puede
quitar su apostura de hombre real
que no vició su sangre, de voz pausada,
conmovedora como de conjuro, a medida que
nos llevaba por sueños, tierras posibles,
hombres distintos, humanos más humanos
que todas las fantasías, suspiradas en el
insomnio de la medianoche en la faena.
Eran hermosas sus manos, fuertes,
Agrietadas por el uso de la vida, manos perfectas
trazadoras de planos y edificios en nuevo paraíso,
dio dulzura al sonido de la pala contra la calichera,
su egido, su risa alimentadora de bondades,
pero, sus manos, sí, sus manos, enfrentadas a soles
infernales, noches conmovedoras de glaciares,
sus manos, los oleajes de idioma sangriento, esas espaldas enormes,
su risa de niño alegre, su camisa como vela de navío,
quedaron enterradas por siempre, como en la faena,
se perdió tras su última caminata.
SABRA Y SHATILA
a David Turkeltaub
“Hemos arrancado al viento occidental
todas la condecoraciones manchadas
con la sangre de los niños y la vergüenza de
los escombros” (SAMIH AL-QASSIM, poeta
de la resistencia palestina.)
Carne y huesos crueldad, dedos quemantes,
elipsis infernales arrasando.
Identidad = torturador
(“madre, para qué tienen los hombres
cabeza…?")
Sol … edad, ¡oh! soledad
II
¿Hay hombrecitos verdes?
David,
“ el atlas y las banderitas…
y una mariposa encendida por los que no alcanzaron a
salvarse.”
Da…vid, te pido por esos niños de palestina
una vid para vinificar amor.
Una copa de amor
III
“Nos daremos la vuelta entera…”
Ana Frank,
y esos niños de Lídice,
Querida Kitty:
las bellas rondas,
“que la reina se casó”
diabólicos niños palestinos
que no juegan al “¿cuántos panes
hay en el horno? Veintiún quemados,
¿quién los quemó? El perro judío…”
No, ellos juegan a las escondidas,
que viene el misil,
que viene el lobo Sharon,
que viene la metralla,
y el lobo se acerca,
que viene la muerte,
sionista guadaña.
Ana Frank, leí tu diario
Y lloré, los niños palestinos
muertos no alcanzan a escribir un diario,
lloro su sangre.
IV
¿Qué nivel tiene el hombre?
Un mar de sangre hasta el cuello.
“Deja que los otros hagan la historia
conténtate con dirigirlos”
odiar, odiar,
matar, matar,
y el resto chiquito
como una cabeza de alfiler para amar.
V
No se puede hablar más
de lo que da la lengua,
decía mi querida tía Emilia,
pero, hay voces en el desierto
que piden ser escuchadas,
aunque no dan más.
Los recuerdos amontonados en los campos,
un sueño urgente existir,
Palestina dispersa en negras tiendas,
“dios de las alambradas hay
que decir las cosas como son”.
VI
“Estaba el señor don gato,
sentadito en su tejado,
con mediecitas de punto
y zapatitos calados.”
“No jugar dos veces con el mismo ratón”.
Estaban en Sabra y Shatila sentados,
mirando volar los techos,
esos niños palestinos
que murieron degollados.
VII
Piñatas con piernas, troncos, brazos, vísceras, ojos,
“y él seguía caminando”…
“Estamos vivos. Pero no estamos seguros
de la tierra bajo nuestros pies.”
No quiero que mis hijos jueguen
a preguntarse:
¿Cuántos panes hay en el horno,
veintiún quemados,
¿quién los quemó?
un perro judío:
¡trínchenlo por atrevido!
VIII
El hombrecito verde
(verde uniforme del soldado sionista)
se va, se va, se va…
el hombrecito verde,
“casi irreconocible”
se va, se va, se va…
deja tras sí
“una masa sanguinolienta…”
IX
“Si eliges la sangre, conviene correr, suele
coagularse en un santiamén”.
Pero el odio no se coagula y,
ese líquido aunque corras, aplasta.

Hermoso, estremecedor el poema Sabra y Shatila. Viene a mi recuerdo otro poema: Los Niños de la Piedra, del poeta Dante Cuadra, de allí tomé estos versos los cuales envío sin su permiso.
Ay niño de la ciudad dividida,
jazmín del Levante ofendido,
casi hombre, lirio casi,
¡qué espanto te hiere en los ojos!
¡qué infamia usurpa tu olivo!