ESTIRPE

"Los mendigos mayores no dicen nada, no hacen nada.
Saben que es inútil y exhaustivo. Se dejan estar. Se dejan
estar.
Déjanse estar al sol o a la lluvia, con el mismo aire de entero
valor,
lejos del cuerpo que dejan en cualquier lugar.
Entretiénense en extender la vida por el pensamiento.
Si alguien habla, su voz huye como un pájaro que cae.
Y es de tal modo imprevista, innecesaria y sorprendente
que para oírla bien tal vez giman algún ay.
¡Oh, no gemían, no!... Los mendigos mayores son todos estoicos.
Pondrán su miseria junto a los jardines del mundo feliz
pero no quieren que, desde el otro lado, sepan de la extraña
suerte
que los recorre como un río un país.
Los mendigos mayores viven fuera de la vida: se excluyeron.
Abren sueños y silencios y desnudos espacios a su alrededor.
Tienen su reino vacío, de altas estrellas que no cobijan.
Su mirar jamás mira y su boca no llama ni ríe.
Y su cuerpo no sufre ni goza. Y su mano no toma ni pide.
Y su corazón es una cosa que, si existiera, súbito olvidaría.
¡Ah!, los mendigos mayores son un pueblo que se va convirtiendo
en piedra.
Ese pueblo, que es el mío. "

Cecilia Meireles, n. Brasil, (1901-1964)

LA JAULA

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

Alejandra Pizarnik, n. Argentina (1936-1972)

EGO SUM QUI SUM

Una parienta desaliñada vieja

agitó el desierto en los relojes

Nací

Se puso el sol en mi camino

y marcó mi tiempo con gruesas señales

la estrella

los dolores

Manos moras me ahuecaron las ojeras

alguien lanzó puñados de violetas sobre mi cara

y un olor a chirimoyas

Cuánta sangre enredada en mis venas

gajos de tiempo trepando

y un ramo de esperanzas blancas

A l fondo el corazón

como una tierra libre y palpitante

donde crecen copihues

Semillas de azafrán pigmentaron mi piel

y me llenaron los ojos de lunas y aceitunas

mi latina cintura pelo cuello cabello

el dolor mordió hasta sangrar

Mis caderas persiguiendo un danzón

Si hay muerte no hay victoria

En la sombra más antigua más antigua

las abuelas sicilianas

pulían su venganza para mí

este catalejo por donde sigo mirando

Teresa Calderón, n. Chile 1955

LA FLOR DEL AIRE

Yo la encontré por mi destino,
de pie a mitad de la pradera,
gobernadora del que pase,
del que le hable y que la vea.

Y ella me dijo: "Sube al monte.
Yo nunca dejo la pradera,
y me cortas las flores blancas
como nieves, duras y tiernas."

Me subí a la ácida montaña,
busqué las flores donde albean,
entre las rocas existiendo
medio dormidas y despiertas.

Cuando bajé, con carga mía,
la hallé a mitad de la pradera,
y fui cubriéndola frenética,
con un torrente de azucenas.

Y sin mirarse la blancura,
ella me dijo: "Tú acarrea
ahora sólo flores rojas.
Yo no puedo pasar la pradera."

Trepe las penas con el venado,
y busqué flores de demencia,
las que rojean y parecen
que de rojez vivan y mueran.

Gabriela Mistral, n. Chile, Premio Nobel de Literatura 1945, (1889-1957)