Brokeback Mountain
ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu
Hoy todos hablan de ella y (menos los ultraconservadores) la aplauden, no por lo que de "escandaloso" acarree el tema, sino por lo bien tratado que está a partir de un tratamiento artístico signado por la sinceridad y el talento.
Pero cuando Brokeback Mountain irrumpió en las pantallas norteamericanas se las tuvo que ver con un silencio expectante en sus primeros días de exhibición. Aparición tímida, sin propaganda, pero a la que el boca a boca convirtió rápidamente en acontecimiento. Ya su propio director, el taiwanés Ang Lee, se había mostrado algo aterrado al recibir el máximo galardón en el Festival de Venecia y preguntarse qué podía sobrevenir con aquella atrevida historia de dos vaqueros homosexuales que mantienen una relación triste e intensa, a lo largo de veinte años. (El puntillazo, ya se sabe, fue el Oscar a la mejor película que le arrebataron en el último momento).
Cierto que no faltó algún que otro cine en territorio norteamericano en cerrarle las puertas a lo que consideraron una temática transgresora y contraria a valores ancestrales de la nación (el cowboy supermacho y durante mucho tiempo emparentado con la ley del revólver), pero con el filme del siempre sensible Ang Lee se asistía a una clase magistral de lo que puede el buen arte frente a la incomprensión nacionalista y la incultura, conmovidas, en esta ocasión, por una "temática insólita".
No es casualidad, sin embargo, que tal temática haya sido captada magistralmente por un director extranjero, aunque en lo absoluto ajeno a los precios culturales que rigen en Norteamérica. (Habría que recordar que desde 1997 los productores y el guionista del filme buscaban infructuosamente financiamiento, luego de adquirir los derechos del relato escrito por Annie Proulx).
Brokeback Mountain supera la clasificación que algunos le han dado de "western gay". Un encasillado demasiado estrecho para su alcance universal: hacer que los espectadores, con independencia de sus preferencias sexuales, queden seducidos por unas formas narrativas signadas por sus ritmos pausados y una asombrosa capacidad de abordar los matices más diversos de una historia, en apariencia sombría, pero a fin de cuentas con una carga de humanidad conmovedora.
Sin altisonancias ni muletas discursivas de ningún tipo, Ang Lee teje dos personajes verosímiles, lejos de los esquematismos tan afines al tema (¡grandes los dos actores!), relato tan escabroso como sutil, tan romántico como melancólico, y lo hace sin trampas de dramaturgias en su fluir de historia perfectamente armada y a la que no se le puede perder ni pie ni pisada, no obstante estar concebida lejos de esa estética del ritmo convulso y los mil planos tan cara al cine estadounidense.
El medio social, con su aplastante convencionalismo, y el entorno geográfico de Brokeback Mountain, también son integrados a esta historia de amor imposible con la gracia del susurro característico en el cine de Lee, un director que ha demostrado ser capaz de introducirse en la piel de cualquier cultura y salir triunfante. Sus emociones, a partir de las confrontaciones humanas más diversas, eluden el tremendismo a flor de piel y se instalan de una forma más rotunda en la conciencia de los espectadores.
Eso lo hace más perdurable y, en el caso de Brokeback Mountain —rompedora de esquemas, sutilmente imparable ante lo ancestral vedado— le confiere una trascendencia aún mayor de la que, ahora mismo, muchos de nosotros estemos imaginando.
Tomado del Diario Granma

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