Enyegüecidas

Isabella Giardinetti PhD

El sueco me propone huir, se me mojan los calzones, no por el lugar común de apretar raja, sino porque Leni me clava una mirada filosófica pero sensual, como preguntándome “¿por qué no nos conocimos antes?”

Cuando Heidegger habló del ser-ahí se refería a la condición existencial de algunas mujeres en relación con el mundo. Cuando Nietzsche ideó al súper hombre no hablaba de otra cosa que de una súper mujer-diosa. Cuando yo hablo de estar enyegüecida, simplemente hablo de “seres” al borde de la locura o de la calentura, que es más o menos lo mismo.

La situación es la siguiente: supongamos que estamos en el Venecia, restorán del barrio Bellavista, very chilean. Celebramos el lanzamiento del libro de una chúcara amiga. Al lado mío hay un sueco que me explica el dicho “hacerse el sueco”; al frente, una gata de uñas afiladas vigila mis movimientos. Es obvio que el sueco es su petit ami, pero él me ha coqueteado durante todo el rato. Al lado de ella, el peluquero de la escritora y un Kafka chico de ojeras muy profundas. A la izquierda, la mujer más bella y tímida del planeta: Leni. La gata me lanza arañazos y se enyegüece con una facilidad increíble. Dos copas más de vino y se tira arriba mío. El sueco me propone huir, se me mojan los calzones, no por el lugar común de apretar raja, sino porque Leni me clava una mirada filosófica pero sensual, como preguntándome “¿por qué no nos conocimos antes?”. La celebrada eleva su copa y todos brindamos por su bienestar y larga vida a sus palabras editadas. Ella se enyegua a medida que la besan y abrazan y Jean Paul, el peluquero, le sugiere un corte radical, algo que esté a la altura de su nuevo libro. Rápate, negra, grito yo; ay no, relincha la gata, no le hagái caso a esta yegua envidiosa; las mujeres suecas son libres a medias, suequea el sueco, pero nadie lo escucha; mishhhh, digo yo, aquí la única verde de envidia erís vos, gata en celo, porque te estoy comiendo la color. Leni ríe bajito y susurra “cómeme a mí”; no problem, digo yo, esponjándome la coleta, mientras Jean Paul reprueba con una levantada de ceja los cuatro pelos que caen al plato. A ti te convendría una desflecada, linda, concilia el manos de tijeras, haciendo dibujos peluqueriles en el aire viciado del Venecia. La gata se para y amenaza con irse. El sueco agarra mi pierna y comienza a avanzar. Suecia le vendió todo el acero a los nazis, comenta serio, me da un pellizcón ruso y parte detrás de las ancas de la gatúbela celosa a rabiar. Esta yegua no sé qué se cree, farfullo, tan acaparadora que es. Kafka chico tiene la presión baja y la escritora le aconseja una cucharadita de azúcar. Yo comparto siempre, proclama Leni, así me enseñaron. La gata se devuelve, viene directo hacia mí. ¡Pelea!, grita Jean Paul, no se mechoneen tanto, chiquillas; el mozo pasa una cuenta de 39 mil pesos y ladra: rompe, paga. El sueco trata en vano de calmar a la gata que bufa: perra puta, y raja mi vestido con su uña maestra. Yo te lo arreglo, seduce Leni. Pulguienta, alcanzo a decir antes de encerrarnos en el baño.

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