ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL SILENCIO
En la seducción del tema está el mayor riesgo; obligado me siento a esquematizar y ofrecer fragmentos de un dominio que se me presenta dilatado y nebuloso. En el sondeo introspectivo al que me someto, descubro que soy una mezcla de palabras que pronuncio junto a otras que por dentro manan silenciosas, imágenes atropelladas, pensamientos que me cruzan como rayos u otros que permanecen obsesivos, aglomeración delirante del sueño, crispaciones de los labios o de las manos y, de súbito, caída vertiginosa en los vacíos de mi ser. El silencio es un estado natural, no sería necesario emplazarlo ni definirlo ni menos considerarlo una condición necesaria, salvo en ciertas terapias de silencio. Comienza el problema cuando se trata de diferenciarlo de la mudez, de la reserva, de la pausa, del mutismo, del sigilo. Y más abrupto se torna el tema si lo antagonizamos con el lenguaje, sucumbiendo a la duda de que el silencio no sea simplemente la carencia de la palabra, un factor negativo, sino que llegue a ser un fenómeno positivo, una fuerza que unida a otras nos constituye y nos amalgama en nuestro mundo. El silencio es una preñez que da vida al lenguaje y confirma a la criatura humana como tal. Asunto tan arduo y ambiguo comenzó a preocuparme desde que Heidegger, ontológicamente, lo explorara. Pero hace poco, al dejar Nueva York, estruendosa de voces y de ruidos, sentí al tema como el peso de un fantasma que me perseguía y me atribulaba.
Voy a decir por qué.
Para despedirme de un centro cultural tan gigantesco, asistí a la representación de las últimas obras teatrales de Samuel Beckett, autor que amo tanto y al que considero uno de los genios más representativos de nuestra época. Obras breves, brevísimas, personajes enmascarados, lentos, palabras a medio decir o tronchadas, y sobre todo, un silencio angustioso y tanto que la respiración se me detenía.
De todos los géneros literarios es el teatro donde el silencio cristaliza y se impone con mayor densidad; allí, el silencio no es casi visible. No es producido por pausas o esperas sino por una tensión que surge y crece, a la cual se suman las expresiones faciales, los gestos, los ademanes, o lo estático en la actitud de
los personajes. El silencio produce en el público, más que suspenso o expectación, desasosiego y ansiedad; la atención se ahonda y nos impulsa a una mayor participación en aquello que se representa en las tablas. El drama nos absorbe y experimentamos, en forma más sensible e imaginativa, el sentimiento que se nos quiere comunicar. Cuando Lady Macbeth quiere, en silencio, borrar de sus manos las manchas de sangre, nos compenetramos, con cierta consternación, del sentido de la tragedia.
Claro que me confundo y vacilo en lo que estoy enunciando, porque sé que alguien entre ustedes puede rebatirme diciendo: “el silencio no es un ente autónomo, despegado, de situaciones, es un objeto de referencia, como en el caso citado, un recurso, una estratagema de la cual el autor se vale, como en una novela policial, para dar mayor sugestividad a la obra”. No dudo que a veces se puede explotar el silencio como una técnica, pero aun así, él fluye de otro gran silencio que existe en el fondo de nosotros y del mundo, incluso en la entraña misma de la palabra misma. Acaba de darse en Santiago una película, El Baile, en que nadie pronuncia una palabra. En ella se destacan los valores expresivos de la mímica, el lenguaje de los cuerpos, la música, la atmósfera, pero sobre todo la posibilidad de que sin palabras se alcance lo mismo, o más aún, que con palabras. Les confieso, casi confidencialmente, que a veces echo de menos el cine mudo. En sus mejores filmes no era tan superfluo el sonido como necesario el silencio para estimular nuestra imaginación ávida y voraz. La riqueza visual lograda por una cámara tosca y novicia era el mundo mismo de las imágenes onduladas por el silencio. Chaplin, el mago de la pantomima y, por ello, del silencio, acogió el sonido para ridiculizarlo en Tiempos Modernos. Cuando logro que mi infancia resucite dentro de mí, el rostro de Búster Keaton se me aparece como incrustado en una piedra viva. No puedo negar que la sonorización acompasada con el silencio, llega en el cine a felices resultados. El crujir de una puerta en una casa oscura y solitaria me llena de sobresalto y de placer estático. No es el miedo a un ánima sino la presencia de un silencio enigmático. Lástima me da cuando, aburrido y cansado de mí mismo, abro la televisión y debo seguir un filme banal cargado de “habladurías” como diría Heidegger, interrumpido por retahílas de publicidad. Termina el filme, me miro al espejo y siento que me ruborizo por haber tolerado semejante bodrio. Ha de observarse que ahora el buen cine acoge nuevamente los silencios y el éxito de Clint Eastwood estriba casualmente en su templanza y parsimonia. A veces, un baño de buen silencio reconforta y reconcilia al hombre con la verdad de la existencia.
Pero no sólo en el teatro o cine, también en la narrativa y en la poesía encontramos la validez del silencio, tal vez sutil, pero no menos cierto y activo. La pintura, la escultura, la arquitectura son silenciosas y en muda contemplación las gozamos. Silencios sonoros que mediante signos nos dictan un mensaje; palabras que trascienden de ellas mismas; el ojo y el labio se funden, silencio y palabra, en íntimo coloquio, son mutuamente reveladores. Acabo de estar en Atenas visitando la Acrópolis. Era mediodía con un sol mediterráneo de tan violenta luminosidad que me parecía sentir dentro del cuerpo la quemadura de lámparas milenarias. Y de repente se alzó ante mí el Partenón; sentí en sus columnas una vibración dorada. El silencio de los dioses era parlante; o mejor dicho, unidad pura del habla, la imagen, la materia, el pensar, el silencio. Capaz es todavía el hombre se sumirse en la transparencia de un éxtasis, a pesar del fárrago y la degradación de la vida contemporánea. Yo me encontraba en Grecia como partícipe de un Congreso Mundial de Poesía, al cual asistían doscientos poetas de todas las latitudes. Intrincado es juntar a tantos y establecer vínculos entre personajes que se caracterizan por su soledad y narcisismo. El mismo día de mi visita al Partenón asistí a un espectáculo de danza. El cansancio de una semana de recitaciones me predispuso al goce de un espectáculo en que la expresión de emociones, ritmos corporales, situaciones de un dramatismo intenso, se efectuaban en un silencio impresionante acompañado levemente por la música. Al revés de la grandilocuencia verbal, sentía yo el simbolismo del silencio, poesía como de alas sin ningún susurro alzando el vuelo o desplegándose, lo más profundo del cuerpo dominando o creando un espacio absolutamente abierto en que podía entreverse la conjunción recóndita de la vida con la muerte. Allí, con mis propios ojos, vi a Shiva, el dios de la creación y de la destrucción. Desde la niñez, el que aprende danza ha de moverse silenciosamente como fantasma o espíritu aéreo. Para que el pie gire sin rumor tuvo que evolucionar la técnica a través de siglos. Recordaba a Nijinsky que enloqueció después de vencer, con silenciosos pasos, la gravitación terrestre. Y comprendí que este género de danza era más bien occidental ya que en las danzas africanas y orientales la tierra es batida fuertemente o los tobillos suenan cargados de campanillas. ¿Cuál es el estilo que yo prefiero? Este último lleva al paroxismo; el primero, a cierta serenidad, ritmo y visualización que contribuyen a que el espíritu se ciña fuertemente al cuerpo. Mi ser oscila entre ambos y así mi poesía está absorta en el entrechoque de una voz rozando todos sus ecos. Aquella tarde recordé también las experiencias que se hacen para aliar la poesía con la danza, que no sería la unidad entre opuestos sino la recuperación del lazo que existió entre ellas en los orígenes de la humanidad. Podría invocar otra experiencia de mi reciente viaje; por ejemplo, mi reencuentro con el Guernica de Picasso, sentí que de esta pintura aterradora brotaba un grito casi audible en la medida en que se ensanchaban los ojos, grito hecho de un silencio sobrecogedor. Pero temo excederme y deslizarme al terreno fácil de las comparaciones y de las alusiones. Aunque es dificultoso, debería concretarme al silencio en sus relaciones con el lenguaje y particularmente con mi obcecación: la poesía.
La auscultación de las formas fundamentales del lenguaje ha llevado a pensadores de este siglo a comprobar la existencia del silencio como fuerza positiva y llena de significación, antes, después y en el seno de la palabra misma. Para otorgar categoría científica y no meramente especulativa a este principio, he apelado a la lingüística, que en nuestra época ejerce un poderío inaudito, sirviendo de paradigma a otras ciencias del hombrecito, por ejemplo, al connubio Jakobson-Levi Strauss. Jakobson incorpora a la poética dentro de la lingüística, hecho ante el cual expreso mi profundo desacuerdo. No obstante, y por ello mismo, repito, con ojo vehemente y uñas febriles, he hurgado en tantos textos lingüísticos sin encontrar un capítulo, ni siquiera un párrafo relativo al silencio como ámbito y aspecto fenoménico en el interior y en la estructura del lenguaje. Tal vez indicaciones relativas a la pausa, perífrasis, discreción, interrupción. La lingüística, como ciencia, y lo dice uno de sus más ilustres representantes, Martiner, que práctica el método estructural, estudia más bien con prioridad el carácter vocal del lenguaje, salvo que los hechos de grafía influyan en la forma de los signos vocales, aunque una parte de la gramática sea la ortografía. La escritura, apogeo del silencio, es considerada ahora casi independiente, válida en sí misma, y no sólo como un instrumento para registrar la palabra, transmitirla y atesorarla. Lo curioso es que las principales historias de la escritura son obra de lingüistas; los conceptos de escrituras sintéticas , analíticas, fonéticas, etc., se relacionan con fenómenos lingüísticos.
Creo que Lavelle, tan valioso siempre, se equivoca cuando hace residir la responsabilidad del escritor en la escritura concebida como tránsito del instante a la duración; o sea, la escritura sería un sostén de la memoria. Al iniciar su trabajo es escritor se sumerge en una atmósfera especial, toma posesión de sí, o lucha consigo mismo, libera sus emociones, disciplina su pensamiento, manipula encarnizadamente las palabras, las acoge, las rehuye, las rehace, las aniquila. Tal vez la pluma sea menos veloz que los labios, pero penetra en lo hondo como una flecha. El poeta dice que canta, pero en realidad escribe. Neruda compone su Canto General en lugar de una “escritura general”; pero es lo mismo. En otra parte de su poesía, expresa el acto en que está empeñado y leemos: “puedo escribir los versos más tristes esta noche – escribir por ejemplo….” Otro habría expresado “puedo decir –puedo cantar…” Lavelle acierta cuando dice “La palabra y la escritura son los milagros que hacen descender al pensamiento en el mundo de la voz y de la mirada”. Porque la escritura conlleva la lectura. El escritor, al revés del viejo aedo, ha de potenciarse en su soledad. Las religiones no se conforman con la tradición oral sino que se plasman en escrituras sagradas. Piedra, bronce, escama de tortuga, hoja de palma, cuero, papiro, papel… sustancias maravillosas que seguramente han influido en la formación de caracteres, signos, letras. La escritura es algo más que la vocalidad y no sólo vale en cuanto la reproduce. Con los medios técnicos actuales de grabación, el escritor podría dictar su relato o poema. No lo hace, prefiere su retraimiento, su alquimia silenciosa se profetiza una civilización “después” de la escritura: los fervientes de ella estamos perplejos y asustados. He declarado a veces que presiento en la poesía moderna una sed, tanto de oralidad como de silencio; fenómeno aparentemente contradictorio que nos llevaría por dominios demasiado vastos y enredados. El hombre electrónico recibe, con velocidad telepática, imágenes y sonidos… La reconcentración profunda se produce en la escritura, pero ella misma, en nuestro tiempo, ¿no se torna polifónica, discontinua, yuxtapuesta, sin fluidez lineal ni temporal? ¿No hay acaso en Finnegans Wake, de Joyce, un drama del lenguaje que todavía no hemos dilucidado? Siento que me embrollo y desconcierto. A mis amigos lingüistas –y aquí hay varios- les pido, no absolución, sino tolerancia; tal vez regrese a mis filósofos o a mis poetas, primos hermanos. Puedo dispersarme en el laberinto ontológico o en el sagrado mutismo de la mística o en el solipsismo más despiadado tras las huellas de un silencio que lo sé verídico y encarnado en la víscera del lenguaje. Refulge en mi memoria el descubrimiento griego, el Logos, que es a la vez, habla y razón universal, ley de todas las cosas. En el Génesis, la creación se efectúa por la palabra. Se insiste en “dijo Dios”, y luego sucede el acto. El Popol-Vuh, Biblia de los mayas, comienza así: “Este es el principio donde se referirá lo claro y lo escondido del Creador y Formador”. Lo escondido es el silencio original y hacia él retorna Dios en su inescrutabilidad.
Silencio y lenguaje, entidades que se instauran una dentro de la otra. Subyacente, más allá de lo fonético, morfológico o semántico, se encuentran la raíz y la savia de todo lenguaje. Instálase, empínase ante mis ojos, como símbolo, ya invocado por otros, la Torre de Babel, en que no hubo comprensión, ni intercomprensión, ni traducción. Falló también el intento de llegar a una lengua única y artificial como el esperanto. Se confundieron las lenguas porque el espíritu del hombre estaba confuso, y en la lengua se manifiesta el fondo esencial de nuestras facultades. Puede existir babelismo dentro de una sola lengua tanto por perversión de lo que se habla como por la incomunicación que nos confina a una soledad muy árida. Pero en determinados períodos aparece, sobre cabezas fervientes, la lengua pentecostal, circundada por un halo de silencio secreto y lúcido como la oración. Hay silencios que requieren de una iniciación, como el pitagórico o el de Heráclito, que Holguín interpreta en el sentido de que la palabra peñascosa no puede revelar la escondida esencia del Logos. Con emoción recuerdo haber sido invitado a almorzar a una comunidad trapense en Roma. La presencia de un visitante dispensaba del silencio a los monjes y éstos hacían gala de locuacidad. En general he hallado que los silencios son más graves y dignos que bufos, aunque no descarto a aquel que sella los labios y abulta las mejillas para que la persona no se desternille de risa. A menudo los pensadores caminan en silencio para incitar a sus reflexiones, pero también están los preocupados y afligidos. Alberto Magno decía: “Llaman al hermano Tomás – Tomás de Aquino- el buey mudo, pero su mugido resonará”. Y así fue. Eremitas, místicos, fundadores de religiones, buscan la soledad y se insertan en la ascética del silencio. Así sucedió con Buda, Jesús, Zaratustra. En la vida de Jesús nos estremecen algunos silencios. Me viene ahora a la mente uno muy significativo: cuando Poncio Pilatos le pregunta qué es la verdad, Jesús calla. Durante algunos años en Estados Unidos, al igual que ciertos poetas de ese país, estudié y practiqué el Zen. No creo haber llegado al Sartori o visión de la naturaleza auténtica de las cosas. Con el silencio, como una llave iluminada, alcancé una mayor concentración del espíritu y de la conciencia cósmica. Pero me distrajeron llamados más apremiantes e irresistibles. Uno de los ontólogos del silencio, Merleau-Ponty, nos da una alegoría: “Debemos ser sensitivos al hilo del silencio con el cual urde su tejido”. Por allí va nuestra pesquisa. Cada dominio de la actividad humana está forjado por un elemento silencioso y otro discursivo. El silencio es como una tajadura en la percepción, pensamiento, acción del hombre. Sin el silencio seríamos más ininteligibles. Pero hay un silencio que ensombrece y petrifica. Pienso en Rimbaud. ¿Cómo pudo haber preferido el tráfico en Abisinia a la majestad de la poesía? ¿Consideró acaso que había llegado al límite de la palabra? Pero hay otros que siguen creando dentro de un silencio atroz. Beethoven, sordo; Milton, ciego; Hôlderlin, loco; Baudelaire, mudo. ¡Ay! Nietzche no crea porque se destruye fulminado por la afasia.
El oído sutil acostúmbrase -y no solamente en poesía- a percibir el silencio como fluido o sustancia de la palabra; y a sufrir con la palabra vaciada. Lo decimos en nuestra jerga habitual: palabra hueca, cáscara vana, verborrea, comidilla. Ionesco inauguró un nuevo género teatral a base de palabras triviales que usamos en conversaciones fútiles. Beckett llega a vislumbrar un arte “que consistiría en expresar que no hay nada que expresar a la vez que existe la obligación de expresar”. Nos atolondra esta aseveración. Hamlet, entristecido, dice a Polonio: Palabras, palabras, palabras”; enmudece con la calavera del bufón en la mano, y cuando va a morir exclama: “lo demás es silencio”. Silencio mortal, pero él hubiera querido un silencio vivo dentro de la palabra auténtica, como la semilla en el fruto, para exorcizar la sombra de su padre. De mis años de diplomacia guardo el buen recuerdo de actividades beneficiosas para la paz de los pueblos, las libertades fundamentales y los derechos humanos, pero un mal recuerdo de las recepciones sociales, a veces útiles y necesarias, pero otras, llenas de pompa, frivolidad y apariencia. Recuerdo que regresaba a casa, taciturno, de mal talante, ansioso del silencio que se desprende de un libro o de una música. Nunca se me ha borrado de la mente una tierna escena de mi juventud en Alemania: en la cervecería que frecuentaban los estudiantes sentábanse parejas de enamorados tomados de la mano, embelesados en intercambiar silencios. El amor requiere silencio para que mane el manantial interior que ha de aplacar la sed maravillosa.
Y no se me acuse de enaltecer el silencio como tal, ficción, fondo omnímodo del Verbo, unidad de gracia en el espíritu. Hay un silencio yermo, agotado, otro palpitante y que vivifica. El hombre, huyente de sí mismo, teme al silencio que significaría la revelación de sus debilidades, derrotas, exigencias y se aturulla y se esclaviza con el masaje que le proporcionan voces, ruidos o imágenes provenientes de los nuevos ídolos. No es mi intención renegar de las portentosas invenciones de nuestro siglo, ellas, como la ciencia y la tecnología en general han de ser benéficas si se las utiliza conforme a supremos valores morales y humanísticos. Ni tampoco quiero aparecer proclamando una idolatría del silencio e instando a mis semejantes a transformarse en búdicos, herméticos y enmudecidos cultivando un neoindividualismo. Quiero citar aquí a John Cage
que ha experimentado tanto con sonidos como con ruidos y silencios. Aléjase de los músicos tradicionales para los cuales el silencio era puramente un descanso. El emprende la musicalización del silencio… Después de tantos años de trabajo llega a declarar: “No existe lo que se llama silencio; siempre algo sucede que hace detonar un sonido”. Estoy haciendo referencia a la música en la cual el sonido vale por su propia efectividad. Sonido y silencio son como los lados inseparables de una misma moneda. Pero sonido en música no es lo mismo que en lenguaje en donde adquiere un sentido especial por el ajuste que se establece entre pensamiento, emoción y palabra. Reincido, pues, en dirigir mi atención a las relaciones entre silencio y lenguaje. Entonces irrumpe en mi espíritu, con tamaña fuerza, la figura de mi maestro Heidegger. Lo veo, con sus grandes ojos, manos nerviosas, voz límpida, llenando la pizarra con raíces griegas y del antiguo alemán, interpretando un verso, nada más que un verso de Hôlderlin. Heidegger, en forma dramática y perturbadora –desde Ser y Tiempo que no termina porque le faltan las palabras adecuadas- llega a la certeza de que en la relación del hombre con el lenguaje se fundamenta la relación del hombre con el ser. Pero se trata de un lenguaje no estructurado lingüísticamente, más bien, es un decir, una apertura del silencio inicial, un hablar que originalmente fue poético. Heidegger no se arredra en proclamar que la esencia del lenguaje es el silencio. ¿Ingresamos al reino de la paradoja? Horas pasaríamos desenredando una madeja que se nos arroja de golpe. El hombre “es el animal que tiene la palabra”, y por lo tanto, el silencio legítimo y justificado. A menudo medito sobre el animal que se violenta para vencer su silencio, ruja o trine. He contemplado en Egipto un lento y desconsolado camello. Desplazaba interminablemente sus quijadas, adormilado en la ceguera de su lengua y rumiando silencio. El poeta elige su bestiario para que el ave o la fiera lleguen a expresarse en símbolos y mitos.
Para Heidegger el lenguaje no es un instrumento sino la casa del ser. Extenuado por la filosofía, el maestro dedica sus últimos años a interpretar poetas y el mismo poetiza. El lenguaje es “el canto del silencio”. Asistimos a una verdadera trasposición de términos tradicionales. Sólo por esta vía se pueden entrelazar sus manos pensadores y poetas. La poesía para Heidegger –igual que para Holdêrlin- es hablar humano por excelencia, no es lujo ni divertimiento. De ahí que el filósofo responsabilice al poeta –en los atormentados tiempos en que vivimos- para que su obra refleje la captación en el silencio de la palabra auténtica. Picard dice que “la poesía sale del silencio y suspira por volver a él”. Diviso en la sombra la cabeza de Mallarmé inclinado sobre la página blanca, como abismándose, temeroso de que el más leve rasguño sobre ella precipite una inagotable fecundidad. La mano del poeta tiembla como si hubiera de internarse en un mundo submarino para extraer un juego de peces. Mallarmé crea “equivalentes visuales” del silencio en su famoso poema, todavía arcano Una tirada de dados nunca abolirá el azar. En la prosa el texto ocupa casi totalmente es espacio de la página. No es por veleidad que en la mayor parte de la poesía se verifique una discontinuidad en los renglones. El poema es como un témpano coronado cuya mitad se sumerge y oculta. Por ello que en nuestros días aparece una nueva hermenéutica, un desciframiento del silencio, el que se percibe y el que se emboza. El poeta crea palabras y a la vez crea silencios. Por ello, en el texto manifiesto hay un texto latente, un infratexto.
He osado, dentro de un tiempo estricto, levantar la punta de un velo sobre algo que se escabulle y se resiste a ser apresado en categorías de una irreductible lógica. Rimbaud, antes de su sacrificio, escribía: “Yo escribo silencios, noches, yo anoto lo inexpresable, yo clavo vértigos”. Pienso que agazapado en un nido de silencio hay un grito exasperado y convulso, un grito mudo. Ese mismo grito lo siento en una muchedumbre que avanza –y en la cual voy- los labios apretados, los ojos desmesuradamente abiertos, en la visión de un nuevo Logos, de una nueva vida más humana en que el silencio salvaje y encarcelado, sinónimo de la imposibilidad del hombre, estalle en cantos de fe y esperanza.
* Discurso leído por Humberto Díaz-Casanueva con motivo de su incorporación a la Academia Chilena de la Lengua.
La Medusa y otros textos inéditos
Libro/DVD en el centenario del nacimiento de Humberto Díaz-Casanueva. Editorial Cuarto Propio 2006
Del archivo literario de Luisa García Hernández
