La Coctelera

La Guerra 33

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23 Junio 2006

"SOY CINTURÓN NEGRO"

Los últimos estertores de la poeta Stella Díaz Varín
“Soy cinturón negro”

Le decían la colorina, la ruda, la bestia. Se enamoró de Jodorowsky, de Parra y a Lihn le pegó un combo en el hocico por tocarle el poto. Claudia Donoso trabajó con ella durante cinco años en su biografía. Acá publicamos conversaciones inéditas de “Stella extragaláctica” y desclasificamos la visita que los “detectives salvajes” le hicieron hace unas semanas. Pase y lea fragmentos desconocidos de una mujer que flirteó con Satanás y que falleció la noche del martes pasado, a los 79 años.

Javier García
La Nación

Su ataúd era una embarcación frágil y quienes se acercaron a ver por última vez su rostro se quedaron con las ganas. Su aliento empañó el vidrio, cuya pálida figura se perdió en un color morado que hacía todo más difuso. Fue el jueves en la SECH, y un grupo de gente la homenajeó. El hijo, los nietos y dos jóvenes que filmaban todo lo que iba pasando por sus ojos para un documental. El resto, poetas, amigos y un puñado de seres anónimos, quienes uno por uno se subieron al improvisado escenario a decir algo.

¿Quién era Stella Díaz Varín?

Los mitos que la rodearon dicen que fue la primera mujer chilena en tener un tatuaje. Que si alguien le caía mal, a la primera podía recibir de lleno un combo en el hocico. Que fue la musa del grupo poético La Mandrágora, que pasó más de alguna vez en hospitales como indigente. Que fue campeona de polca en un baile de la SECH, y la reina del bar Il Bosco, donde una noche fue la viuda de un difunto que llegó con ataúd y velas (se dice que fue el primer happening chileno).

Pero lo que sí fue cierto es que en 1974 estuvo en la morgue porque los miserables de la dictadura la mandaron a atropellar, y que al despertar la rescató una amiga y su madre. Stella Díaz fue la única mujer que pudo parar en seco a los monstruos, Carlos Droguett, Miguel Serrano, Teófilo Cid y al “toro furioso” de Pablo de Rokha. Su mayor orgullo fue un homenaje que los escritores cubanos le rindieron en La Habana en 1994, quienes le hicieron una antología en una colección donde antes sólo habían publicado a Dylan Thomas y Rimbaud. Fue la única vez que salió del país.

RECONOCIMIENTO TARDÍO

Stella Díaz no sólo fue la Bukowsky chilena. También fue la Baudelaire, la Rimbaud y la Mallarmé. La mujer maldita de la literatura local del siglo XX tenía la voz ronca, dura –las yemas de sus dedos estaban impregnadas por el color del tabaco– y tan fuerte como el tono de su cabellera colorina, que terminó siendo blanca como una corona.

“La colorina” vivió 79 años y nació en La Serena, ciudad que la nombró hija ilustre. En la oportunidad no calló y confesó a la prensa: “Esta medalla es como una lápida. Me siento muerta porque creo que en este país la gente reconoce a sus creadores después que han muerto”.

Integrante de la generación del ’50, publicó su primer libro, “Razón de mi ser”, en 1949. Luego, vinieron poemarios separados por largos períodos. Por su obra “Los dones previsibles” recibió en los ’80 el Premio Pedro de Oña, otorgado por la Municipalidad de Ñuñoa. La crítica la reconoció tardíamente y sólo, de las antologías relevantes, fue incluida en “Poesía nueva de Chile” (1953), “Atlas de la poesía chilena” (1958) y “La mujer en la poesía chilena” (1963).

UN DINOSAURIO SE ASOMA

¿Se leía con fervor a Stella Díaz? El pasado jueves, quienes estuvieron presentes en el velorio sabían que ella era el último dinosaurio de una generación que hoy es polvo. Parra y Enrique Lafourcade aún sobreviven, pero Stella fue la primera mujer de las letras chilenas que hizo valer su condición de poeta por sobre los prejuicios machistas de las bestias de la poesía local.

Su gran mérito fue que sobrevivió para contarlo. Del café Iris, se pasó al bar Il Bosco, y con el tiempo fue otra vez la mujer, ahora del grupo del bar La Unión. Pablo Neruda aprendió que a Stella había que cuidarla, no defenderla. Se enamoró de Jodorowsky y Parra, a quien le exigía que volviera a sus brazos en amenazantes cartas, mientras el antipoeta estaba fuera de Chile. Y Enrique Lihn, tomando en un bar, se llevó un combo en el hocico porque ella creyó que le había agarrado el poto, y a Jorge Teillier le susurró que detestaba que la llamaran poetisa.

LA CHASCONA

Dejó el Partido Comunista porque “no soporté la injusticia ni la imbecilidad. Odio a la gente hipócrita. Hablan de utopías. Yo prefiero hablar de convencimiento profundo”. Luego ingresó al Partido Socialista, porque Stella ya era grande y sus arrugas y marcas en la cara olvidaban a esa joven que un día pescó su maleta con libros de Rilke, Kierkegaard, Marx y se vino a Santiago.

En la capital fue velada en una casa antigua. Su cuerpo ya era parte de una embarcación demasiado frágil. Fue el jueves en la SECH, y entre tanta gente a su alrededor, se asomó una joven chascona con buzo y zapatillas. Se sentó a su lado la quinceañera, desolada, no era su nieta ni su hija.

LA VISITA DE LOS DETECTIVES SALVAJES

Todo partió como un piloto para un programa de televisión. Los involucrados: Danielo Maestre, Cristóbal Grez y el poeta Erick Pohlhammer. “Los detectives salvajes”, nombre del proyecto, eligieron a Stella Díaz como primera entrevistada. “Hicimos el registro audiovisual hace tres semanas, fue en la banca de la plaza, su patio y cobijo. Ella era la primera, porque era la musa, la inspiración”, cuenta Maestre, quien visitaba a la poeta desde hace varios años. En la entrevista, Stella le comentó sobre un poemario inédito que aún no pensaba publicar y compartieron un pisco sour. “Además, me dijo que el Partido Socialista nunca la ayudó y, paradójicamente, el alcalde de Ñuñoa, Pedro Sabat, fue quien le dio las facilidades para ser atendida en el consultorio Cordillera”, recuerda Maestre.

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Sobre mí

Escritor, n. Antofagasta, 1937... artecorreista. Publicado: Los Mitos derrotados (poemas); Elegía al Chango López (poemas);Pequeña Guía Literaria; Aquelarre (alquelagarre) y figuro en algunas antologías. Se que me llamo Eduardo Díaz Espinoza. Moriré leyendo y escribiendo, como lo sé hacer, a mi manera.

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