THÉRÈSE DE LA CRUZ
Thérèse Wilms Montt
Los que la ven pasar, esbelta y rítmica, con sus "pelos" cortados y su bastoncillo insolente, se preguntan si es una bailarina de los bailes rusos, o una parisiense fantástica, o una norteamericana tan millonaria que hasta para sus ojos ha comprado esmeraldas más grandes y más puras que hay en el mundo.
Yo, en realidad, no sé de dónde es a punto a fijo. Pero sé, eso sí, que no es de aquí, que viene de tras los mares, de tras los cielos, de tras las razas, tal vez de tras las almas, y que, como un personaje de Maeterlinck, parece buscar una corona en el fondo de una fuente milagrosa de oro y de bruma.
¡Teresa!... ¿o thérese?...¿¡Y de la Cruz!... Y sin que ella lo piense, si que ella lo quiera, detrás de la cruz, el diablo. Porque ahí está, para nosotros, pobres hombres sensibles, el compañero malo de San Antonio, con todas sus tentaciones y todos sus halagos. Mas ella sabe decir a los que se le acercan pidiendo una limosna de labios: "Que somos compañeros!"
Y es cierto... Esta mujer que lleva a cuestas la maldición de su belleza no es sino una escritora, una gran escritora que si fuese hombre y tuviese barbas formaría parte de todas las Academias y llevaría todas las condecoraciones.
Sólo que, ¡ay!, es una mujer, y es la más bonita de las mujeres. ¿Quién no ha estado enamorado de ella?...¿Quién no ha sentido ante su boca de lobo adolescente la terrible emoción del infinito?...¿Quién no la ha ofrecido su alma entera en cambio de una sonrisa?...
"Ella ha contestado siempre:
-"...que somos compañeros!"
Sólo un día, tal vez ante dos ojos locos en una faz de mártir, sus esmeraldas claras, muy claras, se humedecieron. Pero entonces, sacudiendo su melena de leona niña, tuvo el heroísmo de abrir su pecho y enseñar un cadáver...
Porque esta niña genial y loca, que atraviesa la existencia regando las perlas claras de su sonrisa, es una pobre atormentada que padece más por alguien que no existe que los que se mueren por ella.
Yo la digo:
-Usted no es para aquí; usted es de otro pueblo, de otra raza; usted no puede vivir sino en el bosque de la princesa durmiente o en un panteón de reyes; usted es una ídola para adoradores de especie diferente...
Márchese usted; por Dios...
Ella ríe con risa de niña y de demonia.
-¡No sea usted loco!...
¿Quién lo es más de los dos?... Ella, en todo caso, tiene como excusa el genio, que es un signo magnífico y fatal de locura. Yo no poseo nada, nada más que los dos ojos de mártir que despiertan a los muertos amados.
GOMEZ CARRILLO
En "El Liberal", Mayo 18 de 1918.
Teresa de las Mercedes Wilms Montt, poeta chilena. Nacida en Viña del Mar el 8 de septiembre de 1893.
"EN LA QUIETUD DEL MÁRMOL", se publicó en Madrid,1918 "Casa Editora Blanco", y constituyó una elegía de tono lírico, compuesta por 35 fragmentos, cuyo motivo central fue la muerte. Escrita en primera persona, enfocó su interés en el rol mediatizador del amor, de la vida y de la muerte.
Su muerte se debió a que consumió una gran dosis de Veronal falleciendo el 24 de diciembre de 1921. En la última página de su diario, dejó escrito: "Morir, después de haber sentido todo y no ser nada..."
(Poema de Teresa Wilms Montt,
escrito en Madrid en 1919, dos años antes de su muerte)
BELZEBUTH
Mi alma, celeste columna de humo, se eleva hacia
la bóveda azul.
Levantados en imploración mis brazos, forman la puerta
de alabastro de un templo.
Mis ojos extáticos, fijos en el misterio, son dos lámparas
de zafiro en cuyo fondo arde el amor divino.
Una sombra pasa eclipsando mi oración, es una sombra
de oro empenachado de llamas alocadas.
Sombra hermosa que sonríe oblicua, acariciando los sedosos
bucles de larga cabellera luminosa.
Es una sombra que mira con un mirar de abismo,
en cuyo borde se abren flores rojas de pecado.
Se llama Belzebuth, me lo ha susurrado en la cavidad
de la oreja, produciéndome calor y frío.
Se han helado mis labios.
Mi corazón se ha vuelto rojo de rubí y un ardor de fragua
me quema el pecho.
Belzebuth. Ha pasado Belzebuth, desviando mi oración
azul hacia la negrura aterciopelada de su alma rebelde.
Los pilares de mis brazos se han vuelto humanos, pierden
su forma vertical, extendiéndose con temblores de pasión.
Las lámparas de mis ojos destellan fulgores verdes encendidos
de amor, culpables y queriendo ofrecerse a Dios; siguen
ansiosos la sombra de oro envuelta en el torbellino refulgente
de fuego eterno.
Belzebuth, arcángel del mal, por qué turbar el alma
que se torna a Dios, el alma que había olvidado las fantásticas
bellezas del pecado original.
Belzebuth, mi novio, mi perdición...
Poema publicado en Punto Final por Alejandro Lavquén

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