Se llamaba José Ananía y había nacido en Italia en 1904. Llegó a la Argentina junto a su madre en busca del padre, emigrado de la Calabria unos años antes. Pero la sorpresa fue grande: el hombre había decidido mitigar su soledad y tenía una nueva familia. La vida fue dura hasta que la madre conoció a Portogalo, un vendedor ambulante de pescado y formó un nuevo hogar. De él, el poeta tomó su apellido, como una manera de demostrar quién era su verdadero padre y protector. Hasta llegar a ser periodista de los principales medios gráficos del país, trabajó de muchas cosas: lustrabotas, florista, vendedor ambulante, pintor, albañil y hasta bailarín profesional de tango. Cerca de sus treinta años empezó a escribir poemas y en 1935 ganó un premio municipal con su libro “Tumulto”. Esta obra causó horror y fue considerada pornográfica y subversiva. Le cancelaron su carta de ciudadanía y tuvo que irse a Montevideo. Hasta se llegó iniciar una causa a uno de los jurados por ultraje al pudor. Es de imaginar el efecto que pudo producir en la sociedad de la época un poema como éste:
//..Oh, camaradas/ qué lindo sería poseer a las muchachas sobre la tierra/y ensuciarles la boca con zumo de pasto y las mejillas con zumo de pétalos/ Envenenarles la sopa a los millonarios que duermen/Violar los cerrojos de los conventos para besar a las mojas/Subirnos a los rascacielos y mear los escudos del congreso eucarístico/ con el beneplácito de Jesús y la venia de los ángeles/bajo la vigilancia de las nubes y el corazón/ de Dios que arde en el cielo/llenar las valijas de los turistas católicos con dinamita/E irnos desnudos por los caminos del mundo/desnudos y alegres como el hombre que vio la primera luna/o la mujer que nació al deseo junto a las raíces y las bestias…// (“Canción de la primavera del año 1934”).
Desde luego, jamás cobró el premio, pero los libros se agotaron antes de su prohibición. Entonces, tanto como hoy, el escándalo fue la mejor de las propagandas. Sólo que esta vez, la literatura se benefició y Buenos Aires pudo conocer a quien cantaba a los más miserables, denostaba a los poderosos y mostraba al mundo de qué se trataba esta ciudad: una ciudad que se debatía en medio de una crisis pavorosa, con un altísimo índice de pobreza e incidencia de tuberculosis, con corrupción y fraude en sus políticos y un impensado record de suicidios: casi dos personas por día, según indican los registros de la época.
Son también los tiempos de Enrique Santos Discépolo y sus tangos “Yira-Yira”, “Tres esperanzas” y por supuesto, “Cambalache”, los tiempos de Nicolás Olivari, Roberto Arlt, Raúl González Tuñón y su hermano Enrique, todos metidos hasta la médula en la realidad que se vivía y enfrentados con la literatura “oficial”.
Cita su hijo Pablo lo que Portogalo escribiera en el diario Noticias Gráficas, años más tarde:
“De mí hablaban mal los pedantes de filosofía y letras, los notarios, los escribientes de policía y los párvulos que escribían sonetos gongorinos. Me miraban con ojeriza los revolucionarios de papel maché encolumnados con toda la reacción".
Compartió el fervor de la militancia con muchos poetas de su época. Si bien ideológicamente estuvo cerca del grupo Boedo, se mantuvo fuera de las rivalidades que éste mantenía con el grupo Florida. Fue amigo de González Tuñón, Juan L.Ortiz, Neruda, Roberto Arlt, Ulises Petit de Murat, César Tiempo, Samuel Eichelbaum entre tantos otros.
Raúl González Tuñón escribió:
“Tanto en su prosa como en su poesía, Portogalo tiene algo luminoso. Casi todos los poetas tienen una palabra que los define y los distingue, Portogalo es el poeta de la luz en todas variaciones y manifestaciones.//…// Portogalo cantó a las usinas, a las fábricas sórdidas, a los suburbios grises, a todos esos lugares donde la luz está encerrada como los inquilinatos o las viejas casas que los pobres tienen en los suburbios.//.. // Él liberó una luz recóndita, escondida en todos esos lugares pobres, feos y chatos, aparentemente nada poéticos, y a esos aspectos sombríos los llenos de una luminosidad que, por otra parte, está en su interior, en su espíritu, en su manera de ser”
Sus obras son: Tregua, 1933; Tumulto, 1935; Centinela de sangre, 1937; Canción para el día sin miedo, 1939; Destino del canto, 1942; Luz liberada, 1947; Mundo del acordeón, 1949; Sal de la tierra, 1949; Perduración de la fábula, 1952; Poemas
Pablo Ananía comenta sobre sus últimos tiempos: “A veces, precisamente poco antes de morir, hacia mediados de 1973, alguien bien podía verlo, solitario, menudito, perdido en su mundo y al borde de la desmemoria, envuelto en su sobretodo negro y con el funyi ladeado, caminando la madrugada porteña, merodeando por el puerto o las estaciones ferroviarias, atraído seguramente por el banderín de algún mástil o las estridentes locomotoras que se tragaban el horizonte.”

Un poema a las 6 de la mañana
Podría cantar la desalquilada vigilia de las prostitutas,
el motín callejero de los gorriones en la urbe.
de mis manos inválidas, de mis pies doloridos,
Pero el canto de un gallo
que abre la mañana con los dedos de un ángel sin aureola,
suena en mi corazón -íntimamente-
y en mi sangre
alza su tono de armónica meridional
para recordarme que soy un hombre huérfano en mi ciudad.
Mi ciudad: La de las grandes riquezas y las grandes miserias.
La de los grandes chantajistas de guantes color patito:
Gerentes de banco. Presidentes de asociaciones patrióticas:
Directores de grandes rotativos. Críticos de Arte. Periodistas.
Urruchúa los pintaría con una ganzúa en los labios
y el alma junto a tu voz que enrula un tango de Filiberto.
Sé que me querrías si te hablara de amor,
aunque te desangres diez horas en una fábrica de tejidos
y sufres el asedio de un gerente mulato
-oblicuo como la sombra de una pared a media noche-
Porque tú necesitas un hombre, amiga, y yo necesito una mujer.

Asaltamos el alba a tiro limpio
Ramón Sender

Me trepan los insultos -mareas numerosas-
como trepan los hijos al cariño de un hombre.
Tengo las ansias llenas de ganarme en un grito.
Grito: ¡La vida es nuestra! y abro los horizontes.
Puertas de bronce viejo, de hierro remachado,
caerán cuando se agrupen las voces en un puño.
Hombres desvencijados, de espaldas a la vida:
así dancen las balas no serán de este mundo.
A los calvos de ideas, con sangre de pantano,
a los viejos que ensucian las palabras más altas,
les hago una advertencia: conmigo están los brazos
de aquellos que arrancaron de sus ojos las lágrimas.
La humildad -ese viejo mascarón- no hará suya
nuestra carne que es nudo de un clamor que echa ramas
y en sus climas oscuros, como a un árbol raíces,
nutren de savia pura los cuencos de su entraña.
Y ¡guay! del que esté en contra de nosotros, los pobres,
esos ríos de sangre, silenciosos y lentos,
que bajan hasta el pozo más hondo de la tierra,
que suben hasta el límite más alto de los cielos.
La vida es de nosotros los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza
y que jamás o nunca tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.
Nos vejan, nos explotan, nos reducen a cero,
si agitamos un grito de protesta nos castran.
Nos orinan la baba de un exiguo salario
y nos cuadran en leyes como a burros de carga.
Y hablan de La Piedad, de La Bondad, del Arte,
sacerdotes, artistas, profesores, poetas,
los que en nombre del pueblo se erigen en vigías,
¡esos hijos de puta con almuerzo y con cena!
Ah señor Jesucristo: no queremos tus frases
-panes sin levadura-, magníficas, humanas,
que no son más que frases pero que nos inhiben
y destapan, astutas, nuestros poros de lágrimas.
No queremos tus frases. Yo que vengo de abajo
y que anduve entre obreros con hambre y manos sucias,
que sé lo que es el mundo, este mundo de mierda,
te lo digo derecho: tus palabras son putas.
Al carajo con todas las parábolas bellas.
Al carajo con todos los escrúpulos sordos.
Presentemos las armas proletarios del mundo
y a tiro limpio, firmes, vaciémosles los ojos.
La vida es de nosotros, los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza,
y que jamás o nunca tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.
de “Tumulto”.

Los Pájaros Ciegos

2

Fermín Aguirre, hermano del jilguero.

Desde gurí, descalzo, sin letras, con un silbo
soñé junto a la orilla del río con el cielo.

Fui tropero después. Bajo la Cruz del Sur
arrimé mi cansancio a la vigilia del sueño.
Y fui además galope, temblor de brisa suelta,
incendiado de parras y eucaliptus
con los cantos del gallo sobre el hombro.

Los pájaros venían de las nubes
—calandrias que orquestaban todo el rumor del alba,
y estaba el colibrí como un relámpago
y el zorzal con su cofre de cristal y rocío,
también estaba el mirlo con su carbón de plumas
y el cardenal, arisco, de púrpura y ceniza—

La tarde, mi hermanita desnuda entre los cardos,
traía el corazón de las cigarras,
el sauce su pobreza
de pescador confiado en el milagro
la noche sus harapos de vieja en los caminos.

Mi voz era la brasa de una copla
con desvelo de pueblo en la guitarra
y un saludo efusivo de boliche y galpones.

Chingolito celeste latía mi palabra.

Un día dije: —Amigos, el trigo está en mis manos,
es mío y me lo roban con sus dientes la máquina,
los silos, las planillas, las bolsas, los anteojos
y aquel “Private”, espeso cubil de oro podrido.

(Entonces eran míos tan sólo la distancia,
el aire, el mate amargo, la hermosura del cielo;
tenía por almohada las ortigas,
por sábana los trapos de la noche al sereno
y por amor la copla de mis penas)

Cuando dije”la tierra es mía, es tuya”,
alguien quebró mi voz. Ya no estaba en el día
chingolito celeste mi palabra.

Unas gotas de sangre, amontonada,
mojaban mi cabeza entre los yuyos.

Mi epitafio es un trébol que sonríe en el campo.

6

Ni siquiera recuerdo soy ahora,
sino resaca, corcho en la bahía
del último recodo.

Sin embargo, mujer de todos, tuve
mi pequeña alegría, mi dicha silenciosa;
fui la amiga ignorada de los adolescentes
que estrujaban, vehementes, la hoguera de mi cuerpo.

(Ella, la tibia ráfaga, el agua del milagro,
a media luz y el cáliz de una rosa,
los veía llegar
súbitos abejorros anhelantes
—delirio, llama, fiebre— desplegando sus alas,
abriéndose a la vida como finas corolas
o beso alucinante del amor inocente,
árboles musicales de rocío y luceros,
llovizna, espuma, pájaros de su cielo perdido)

No fui mala.
Yo caí como todas en esa telaraña
de engaños, esa urdimbre
de zapatos, de medias, de risa y automóviles;
alegre, linda, frívola, secretaria
de un jefe de oficina, me perdieron las joyas
y el temor a ser trapo de fábrica y miseria,
resignas volcada sobre un catre,
desgarrando mis manos, mi vientre en una tina.

Ni siquiera recuerdo soy ahora,
sino resaca, corcho en la bahía
del último recodo.

Sin embargo, conservo la imagen de mis noches
de oscura prostituta que amó las mariposas
de aquel cielo de trenzas y pobreza, caído
en una callecita de mi barrio.

Una colcha embarrada, de seda, es mi epitafio.

de “Poemas con habitantes”

Fuentes:

Revista “El Jabalí”, Nº13.
Ananía, Pedro- 1999-.www.laideafija.com.ar
Portogalo, José-1992-“Los pájaros ciegos y otros poemas”.CEAL.
V.Barbieri, M. Etchebarne y otros-1993-“la poesía de los cuarenta”.CEAL.