PABLO NERUDA EN EL JUICIO DE LOS INTELECTUALES CUBANOS

Pedazos de un leopardo
[semblanzas]
Roberto Fernández Retamar
[…] En 1960, en París, conocí personalmente a Pablo Neruda. Dada la naturaleza cordial de las relaciones que establecimos, me pidió leer en público por vez primera su libro Canción de gesta en mi pequeño apartamento de Passy (recuerdo entre los asistentes a Mariano Picón Salas y a varios cubanos becados en Francia), hecho que conté en un artículo publicado en Lunes de Revolución, y me pidió que trajera conmigo a Cuba los originales del libro, lo que hice. Además no enseño a Adelaida y a mí el difícil arte de lidiar con una concierge francesa. Sobre esas relaciones de entonces con Matilde y pablo Neruda escribí “Para llegar a Cuba”, versos humorísticos que les di en paría, el 5 de noviembre de ese año (y recogí en “Cortesía, como Reyes”, de mi libro Poesía reunida, aparecido al romper 1966). A ambos los volví a encontrar en Cuba a finales de 1960 y principios de 1961, cuando acompañé a Pablo en visita al Che a la cual me referí en artículo de la revista Cuba, y viajé junto con Adelaida, Matilde y Pablo a Pinar del Río: Manuel Rivero de la Calle dejó testimonio de esto último en reportaje aparecido en el número de mayo-agosto de 1961 de la revista Islas e ilustrado con fotos tomadas por él. Después Pablo diría de mí y de otros, en su póstumo Confieso que he vivido, libro hermoso a ratos y a ratos deplorable, versiones impropias de su condición de hombre grande. Espero tener ocasión de volver sobre este punto.
En aquel París anudé estrecha amistad con Octavio Paz, a la sazón encargado de negocios de México, quien me presentó a escritores como el encantador André Pierre de Mandiarges, y me invitó al homenaje que se le rindió a Ungaretti en Cerisy-la-Fôret. El propio Octavio nos llevó en su auto, y al llegar supimos, con sonreída alarma,. que era la primera vez que conducía tan largo trecho. De allí le enviamos a Lezama una tarjeta firmada por varios de los asistentes. Octavio escogió después un poema mío para el número de julio de 1961 de Lettres Nouvelles, encabezado por su ensayo “Litteratura de fundación”. Aunque yo había colaborado ya en otras revistas francesas, la entrega de Lettres Nouvelles tuvo particular importancia, porque fue una de las primeras presentaciones de conjunto de la entonces nueva literatura latinoamericana de que tanto se iba a hablar en la recién inaugurada década de los 60. En general, Octavio me apoyó mucho en momentos difíciles para Cuba, cuya revolución cambiaba dramáticamente de signo ese año 1960, y provocaba cada día más conmociones. Una noche dio cita a Cortázar en un café de Trocadero para que entre ambos lo convenciéramos de las bondades de la revolución de Cuba, pero Julio, que después estaría tan con las revoluciones, no fue a la cita. Por cierto que Pablo y Octavio no se hablaban. Cuando los invité a la recepción que dio la Embajada de Cuba el 26 de julio, llegaron casi a la par y quedaron juntos, pero de espaldas. En un momento Octavio se volvió, miró a Matilde, y con referencia a la anterior mujer de Pablo, La Hormiguita, que le llevaba a aquél muchos años, me comentó travieso: “De Macchu Picchu a Hollywood.” Guardo muchos recuerdos cariñosos de la amistad que iniciamos en aquel París de 1960. Por ejemplo, los “Dípticos sobre aluminio” que le entregué el 31 de julio (y que también recogí en “Cortesía, como Reyes”), la dedicatoria con que el 23 de noviembre nos diera la segunda edición de un libro que ya yo había leído con admiración diez años antes: “El laberinto de la soledad, ya no tan ‘soledad’ (todavía ‘laberinto’), gracias a Adelaida y Roberto”, nuestra afectuosa correspondencia que él hizo cesar a finales de la década. Buena muestra de ella es la carta que me enviara desde Nueva Delhi, donde era embajador, el 5 de junio de 1964, y publiqué en la sección “Páginas salvadas” del número 195 de Casa. Elasunto central de la carta es la relación de Octavio con el surrealismo, pero aborda también otro tema:
La política: no creo en lo que tú crees pero mi disidencia y aun mi oposición no me convierten en un enemigo de Cuba…[…]Creo en la pluralidad. En el diálogo. A condición de que sea verdadero, sin reservas mentales y fundado en el reconocimiento de las diferencias de cada uno. Y en el caso de Cuba ¿cómo voy a olvidar que se trata de gente de mi lengua y de historia? ¿No son tú y Lezama y Cintio Vitier y tantos otros mis amigos? No sigo el camino de ustedes pero en algo siquiera coincido con ustedes: un día América Latina se recobrará a sí misma y recobrará la parte de realidad que le toca.
También en la capital francesa inicié profunda amistad, no interrumpida, con el espumeante Matta y con Édouard Glissant, auténtico poeta cuya novela La lézarde había obtenido en 1958 el codiciado Premio Renaudot (la traducción en español sería publicada en Cuba en 1980). Matta acababa de pintar un cuadro sobre la torturada Djamila Boupacha, que en un ruidoso proceso había tenido como abogada a la combativa Gisèle Halimi. En casa de ésta y de su compañero Claude Faux, secretario de Sastre, conocimos una noche, rodeados de policías, a Ben Barka. La guerra de Argelia, que casi vimos comenzar cuando estudiantes, estaba en su apogeo, y era grande la conmoción entre intelectuales franceses, especialmente los firmantes del que se conocería como Manifiesto de los 121. Matta me ofreció hacer otro cuadro similar sobre Cuba. Semanas después recibí un cable que decía:”Cuba aparece. las armas de la aurora”, y la firma “Mamma”. Por un momento creí que mi imaginativa madre, ante las amenazas tan violentas que empezaba a recibir Cuba, se había vuelto medio loca. Sólo al volver a encontrarme con Matta, y preguntarme él qué pensaba del título de su cuadro, me di cuenta de que el cable era de él (donde decía ”Mamma”, debía ser “Matta”); y las palabras, alusivas a otras de Canción de gesta. Como se sabe, un extraordinario mural que Matta haría en 1963, está en la entrada de la Casa de las Américas. Con Glissant (que en su Martinico había sido alumno de Césaire y condiscípulo de Fanon, y ese año incrementó fraternalmente la conciencia de mi caribeñidad) proyectamos una revista latinoamericana y caribeña con sede en París, y de ello escribí a Alejo, a quien ambos admirábamos mucho, pero por distintas causas, de las cuales la habitual falta de fondos no era la menor pero tampoco la única, el proyecto no cuajó. En una cena a que Toño Salazar nos invitó a Adelaida y a mí, se nos acercó Carlos Quijano para hablarnos de Mella, a quien había conocido en el congreso Antiimperialista de Bruselas. Poco después hizo traducir, para enviar a su histórica Marcha, una mesa redonda en que yo había participado y apareció en France Observateur, como se llamaba el sobrio tabloide que luego fue el llamativo Nouvel Observateur. (Significativamente, a la figura señera que fue Quijano enviaría el Che en 1965 la carta conocida como “El socialismo y el hombre en Cuba”.) […]
En el largo período del que soy responsable mayor, se sabe que hubo tres discusiones particularmente rudas: la polémica con Mundo Nuevo, la carta abierta a Neruda y el llamado “caso Padilla”. Ninguna de las tres nació en Casa
hecho que se olvida o se tergiversa a menudo, pero no voy a dejar de comentarlas, lo que sería una cobardía, ya que repercutieron como no podía menos de ser en la revista. Y aunque guardan cierta relación entre sí, también difieren lo bastante como para no confundirlas. Especialmente con referencia a las dos primeras, creo que a nuestra actitud sobre ellas le son aplicables las palabras de Ortega y Gasset: “No comprendo cómo se puede combatir lo que no se estima. Sólo los grandes errores incitan a ser debelados”.
En lo que toca a Mundo Nuevo, aporté en mi mentado texto sobre Rama datos que no es necesario repetir en detalle, pues pueden encontrarse allí. Fue Angel (que durante años había polemizado con su compatriota el destacado crítico Emir Rodríguez Monegal) quien nos alertó primero a Cintio y a mí durante el congreso genovés, y luego sólo a mí por carta, sobre el proyecto de una revista que tendría a Emir a su frente, y , con patrocinio de la CIA al cabo reconocido por la prensa anglo-norteamericana, no podía sino entrar en colisión con Casa de las Américas. (Un confiable estudio del organismo patrocinador y sus vínculos con la CIA es el de Christopher Lash “The Cultural Cold War. A short history of the Congres for Cultural Freedom”, en el libro Towards a new past: Dissenting Essays in American History, editado por Barton J. Bernstein, 1967.)
Por lo demás, es claro que Mundo Nuevo contó con colaboraciones de calidad, varias de ellas debidas a amigos, lo que nunca negué e incluso me había atrevido a anunciarlo en el cruce público de cartas que tuve con Rodríguez Monegal antes de que apareciera su revista, quizá el ejemplo mejor de esto fue el de César Fernández Moreno, quien colaboró a la vez en Mundo Nuevo y en Casa de las Américas y fue un buen amigo tanto de Rodríguez Monegal como mío. Una noche, de paso por París, donde César vivía, tuve que dormir en su casa. A la mañana siguiente me dijo que yo había dormido en la cama donde hacía poco lo había hecho Emir. Decididamente además de ser poeta y crítico admirado y persona muy querida, César había nacido para ser diplomático. Su gran faena en la UNESCO lo probó.
La carta abierta a Neruda, republicada en el número 38 de Casa, formó parte de una vasta y agria polémica en el seno de la izquierda entre quienes creían en la viabilidad de la lucha guerrillera como nuevo capítulo del proyecto bolivariano y quienes se acogían a la prudencia aconsejada por los soviéticos.
Recuérdense hechos como la Conferencia Tricontinental y la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), celebradas ambas en La Habana, en enero de 1966 y entre julio y agosto de 1967, respectivamente, para tener ante los ojos ejemplos resonantes de los proyectos diseñados por Cuba en aquellos años. Recuérdese también que el último texto público del Che fue su Mensaje a la Tricontinental, editado por esta organización el 16 de abril de 1967, que la presidencia del congreso de OLAS recayó en Haydée Santamaría, y que al iniciarse aquél, lo hizo con una gran efigie de Bolívar al fondo, y al clausurarse, con otra del Che. Fue en esa atmósfera que la dirección de la revolución cubana estimó que la carta a Neruda, la razón de cuya existencia no fue el viaje de él a los Estados Unidos, podría ser un canal adecuado para la polémica, dado que a su altísimo rango como poeta, Neruda añadía su también alto rango político. (Además, la carta abierta, como género, había vuelto a cobrar relevancia). Según he comprobado, muchos jóvenes hablan de esa carta, de Julio de 1966, no sólo desconociendo su encendido contexto, sino sin haberla leído siquiera, y por ello ignoran el respeto con que allí se trata a Neruda como poeta superior, y los planteos políticos concretos del texto. Este fue hecho en un momento en que, a la vez que el imperio llevaba adelante una hábil campaña de penetración, reblandecimiento y supuesta ahistorización en el campo cultural, campaña de la que Mundo Nuevo fue sólo un ejemplo flagrante entre otros, persistían en sus fechorías habituales, como lo probaban la bárbara agresión a Vietnam y la permanente amenaza a Cuba; en un momento en que vivía el Che (quien me consta que admiraba la poesía del ilustre chileno no menos que yo), dispuesto a llevar la revolución a todos los países oprimidos, y las esperanzas de liberación cercana en esos países eran grandes, pero el bate de Residencia en la Tierra y Canto General, acostumbrado a las discusiones políticas no lo estaba menos a las querellas literarias, y pretendió darle a esa carta el carácter de una de estas últimas, como las feroces que mantuviera con poetas de la envergadura de sus compatriotas Pablo de Rokha y Vicente Huidobro. Si se ve cómo los vapuleó verbalmente (la palabra fue su fuerte) en Confieso que he vivido, aun tratándose de muertos (Pablo de Rokha se había suicidado) no es extraño cómo nos puso a cubanos como Nicolás, Alejo y yo. Eso no tiene mucha importancia: revela rasgos de Pablo, no de nosotros, y no revela nada nuevo. Lo que tiene importancia es la esencia de la carta, estrictamente política. Hoy el Che, visible de la lucha guerrillera, y el socialista Salvador Allende, tenaz paladín de la vía electoral como medio para realizar transformaciones de fondo en nuestros países, no existen ya. Uno y otro, que se admiraban mutuamente y se proponían por caminos distintos metas semejantes, perecieron defendiendo con las armas sus ideales. Hasta su heroica muerte en 1967, el Che fue plenamente respaldado por la dirigencia de la revolución de Cuba; y hasta también su heroica muerte en 1973, Allende lo fue por el partido en el que militaba Neruda. Por añadidura, éste no publicó Confieso que he vivido: el libro, dado a la imprenta por otros, fue editado póstumamente. Nunca podrá saberse pues, si derrocado el gobierno de la Unidad Popular y asesinado Allende, el comunista Pablo Neruda, de no haber muerto, hubiera publicado este libro tal como apareció. En consecuencia con todo lo anterior, reabrir aquella polémica es una locura, o muestra del interés enemigo.
En cuanto al “caso Padilla”, casi todo me parece lamentable. Nos costó amarguras innecesarias. Ejemplo suficiente de ellas lo dio el magnífico Julio Cortázar. En el número doble 145- 146 de Casa que le dedicamos a su muerte, publicamos sus cartas a nosotros, peleadoras, honradas, bellas. A todos los que nos consideramos de buena voluntad, deben ayudarnos a ser mejores. Ahora bien: hubo gentes que, a diferencia de Julio, aprovecharon una u otra coyuntura para desvincularse de cualquier proyecto renovador, inevitablemente imperfecto, y hasta para pasarse con armas y bagaje a los opresores, dentro de la gran honda derechista que recomenzó a finales de los años sesenta, cuando tantas cosas infaustas ocurrieron (a varias de ellas me referí en mi mentado trabajo sobre Angel Rama). A pesar de lo cual no renunciaremos a lo que pueda haber de valioso en sus obras. […]
Fragmentos de la entrevista que le hiciera a Fernández Retamar, Jaime Sarusky para el número 200 de la revista de Casa de las Américas en 1995 titulada “Fernández Retamar: desde el 200, con amor, en un leopardo.

Carta abierta a Pablo Neruda
Por considerarla de interés para nuestros lectores publicamos la carta abierta de los intelectuales cubanos a Pablo Neruda a que hace referencia Fernández Retamar en su artículo.
La Habana, 25 de julio de 1966
Año de la Solidaridad
Compañero Pablo:
Creemos deber nuestro darte a conocer la inquietud que ha causado en Cuba el uso que nuestros enemigos han hecho de recientes actividades tuyas. Insistiremos también en determinados aspectos de la política norteamericana que debemos combatir, para lo cual necesitamos contar con tu colaboración de gran poeta y revolucionario.
|No se nos ocurriría censurar mecánicamente tu participación en el Congreso del Pen Club, del que podían derivarse conclusiones positivas; ni siquiera tu visita a los Estados Unidos, porque también de esa visita podían derivarse resultados positivos para muestras causas. Pero ¿ha sido así? Antes de responder, convendría interrogarse sobre las razones que pueden haber movido a los Estados Unidos, tras veinte años de rechazo, a concederte visa. Algunos afirman que ello se debe a que se ha iniciado el fin de la llamada «Guerra fría». Sin embargo, ¿en qué otro momento de estos años, desde la guerra de Corea, un país socialista ha estado recibiendo la agresión física sistemática que padece hoy Viet Nam? Los últimos golpes de Estado organizados con participación norteamericana en Indonesia. Ghana, Nigeria, Brasil, Argentina, ¿son la prueba de que hemos entrado en un período de armoniosa convivencia en el planeta? Nadie con decoro puede sostener este criterio. Si a pesar de esa situación los Estados Unidos otorgan ahora visas a determinados izquierdistas, ello tiene, pues, otras explicaciones: en unos casos, porque tales izquierdistas han dejado de serlo, y se han convertido, por el contrario, en diligentes colaboradores de la política norteamericana; en otros, en que sí se trata de hombres de izquierda (como es el caso tuyo, y el de algunos participantes más del congreso), porque los Estados Unidos esperan obtener beneficios de su presencia: por ejemplo, hacer creer, con ella. que la tensión ha aflojado; hacer olvidar los crímenes que perpetran en los tres continentes subdesarrollados (y los que están planeando cometer, como en Cuba) ; y sobre todo, neutralizar la oposición creciente a su política entre estudiantes e intelectuales no sólo latinoamericanos, sino de su propio país. Jean Paul Sartre rechazó, hace algún tiempo, una invitación a visitar los Estados Unidos, para impedir ser utilizado, y dar además una forma concreta a su repudio a la agresión norteamericana a Viet Nam. Aunque sabemos de tus declaraciones políticamente justas y de otras actividades positivas tuyas, existen razones para creer, Pablo, que eso es lo que ha querido hacerse, y se ha hecho, con tu reciente visita a Estados Unidos: utilizarla en favor de su política.
En ese órgano de propaganda imperialista que es Life en Español (título que es toda una definición: un verdadero programa), su colaborador Carlos Fuentes, cuya firma nos ha sorprendido allí, reseña el congreso a que asististe, bajo el título: «EL PEN: entierro de la guerra fría en literatura» (Agosto 1, 1966). Una de las figuras más destacadas de ese supuesto entierro, se dice, eres tú. De paso, nos enteramos también, gracias a ese artículo, de que la mesa redonda del grupo latinoamericano fue presidida por Emir Rodríguez Monegal, a quien Fuentes llama impertérrito «U Thant de la literatura hispanoamericana» y a quien con igual chatura metafórica, pero con más precisión, cabría llamar «Quisling de la literatura hispanoamericana». Como sabes, a Rodríguez Monegal le ha encomendado dirigir su nueva revista en español (después de fallecido Cuadernos) el Congreso por la libertad de la cultura, organismo financiado por la CIA, según informó el propio New York Times (edición internacional, 28 de abril de 1966).
Es inaceptable que entonemos loas a una supuesta coexistencia pacífica y hablemos del fin de la guerra fría en cualquier campo, en el mismo momento en que tropas norteamericanas, que acaban de agredir al Congo y a Santo Domingo, atacan salvajemente a Viet Nam y se preparan para hacerlo de nuevo en Cuba (directamente a través de sus cipayos latinoamericanos). Para nosotros, los latinoamericanos; para nosotros, los hombres del tercer mundo, el camino hacia la verdadera coexistencia y la verdadera liquidación de la guerra (fría y caliente), pasa por las luchas de liberación nacional, pasa por las guerrillas, no por la imposible conciliación. Como la condición primera para coexistir es existir, la única coexistencia pacífica en la que podemos creer es la integral, de que habló en El Cairo el presidente Dorticós: la que garantizara no sólo que no cayeran bombas en New York y Moscú, sino tampoco en Hanoi ni en La Habana; la que permitiera la absoluta liberación de todos nuestros pueblos, los más pobres y numerosos de la tierra. «Aspiramos», como ha dicho Fidel, «a un mundo donde la igualdad de derechos prevalezca lo mismo para los grandes que para los pequeños». No somos demócratas cristianos, no somos reformistas, no somos avestruces. Somos revolucionarios. Creemos, con la Segunda Declaración de La Habana, que «el deber de un revolucionario es hacer la revolución», y que cumpliendo ese deber, y sólo así, nos será dable existir -y coexistir-, dar fin a todas las guerras.
No hasta con denunciar verbalmente las agresiones más obvias: no basta con deplorar, por ejemplo, la criminal guerra de Viet Nam: ésta es sólo una forma, particularmente horrible, de la política yanqui. Otros pasos, previos, la han hecho posible. Hay que negarse también a respaldar esos pasos; y llegado el caso, apoyar a quienes, frente a la violencia opresora, desencadenan la violencia revolucionaria.
La prueba de que los imperialistas norteamericanos entienden que tu viaje les ha sido ampliamente favorable, es el júbilo manifestado en torno a la visita por voceros norteamericanos como Life en Español y La Voz de los Estados Unidos de América. Si ellos sospecharan que tú habías servido con tu visita a la causa de los pueblos, ¿se hubieran regocijado igualmente? Por eso nos preocupa que hayan podido utilizarla de este modo. Que algunos calculadores se presten a ese papel, mediante prebendas directas o indirectas, es entristecedor, pero nada más. Pero que tú, grande de veras en la profunda y original tarea literaria, y grande en la postura política; que un hombre insospechable de cortejar tales prebendas, pueda ser utilizado para esos fines, lo creemos más que entristecedor: lo creemos grave, y consideramos nuestro deber de compañeros el señalártelo.
Pero si tu visita a los Estados Unidos fue utilizada en ese sentido, aunque cabría haber obtenido con ella otros resultados, ¿qué interpretación positiva puede dársele a tu aceptación de una condecoración impuesta por el gobierno peruano, y tu cordial almuerzo con el presidente Belaúnde?
¿Qué habrías pensado tú, Pablo, del escritor de nuestra América, de la figura política de nuestra América, que se hubiera prestado a que Gabriel González Videla lo condecorara, y que departiera cordialmente con él, mientras tú estabas en el exilio? ¿Hubieras creído que ello fortalecía los nexos entre Chile y el país de ese escritor? ¿Le hubieras concedido a Gabriel González Videla el honor de representar a Chile, mientras tú, por ser auténtico representante de tu pueblo, estabas desterrado? Por eso no te costará trabajo imaginar lo qué en estos momentos piensan y sienten no sólo los desterrados, sino los guerrilleros que, en las montañas del Perú, luchan valientemente por la liberación de su país; los numerosos presos políticos que, por pensar como aquéllos, yacen en cárceles peruanas -algunos, como Héctor Béjar, muriendo lentamente; los que viven bajo la amenaza de la pena de muerte impuesta en su tierra a 1os que auxilien a los nuevos libertadores; los seguidores de Javier Heraud, Luis de la Puente, Guillermo Lobatón, cuya sangre se ha sumado a la de los mártires que tú cantaste en grandiosos poemas. ¿Aceptarán ellos que el gobierno de Belaúnde, al imponerte la medalla (a sugerencia de la organización que sea), ha podido hacerlo a nombre del Perú? No son esos gobernantes, con quienes almorzaste amigablemente, sino ellos, quienes ostentan la verdadera representación de Perú. Así como a Chile la representan los mineros asesinados, Recabarren, el Neruda que en el destierro nos dio el admirable Canto General, los grandes líderes populares de ese gran pueblo tuyo y no González Videla y Frei. Este último ha sido escogido por los yanquis como cabeza del reformismo (hasta le dejan mantener relaciones con la URSS), del mismo modo que los gorilas del Brasil, y últimamente de Argentina son cabeza del militarismo: pero unos y otros, con distintos métodos, tienen un mismo fin: frenar o aplastar la lucha de liberación. No son Perú y Chile quienes fortalecen sus vínculos gracias a esos actos tuyos, sino Belaúnde y Frei: el imperialismo yanqui.
Porque es evidente, Pablo, que quienes se benefician con estas últimas actividades tuyas, no son los revolucionarios latinoamericanos; ni tampoco los negros norteamericanos, por ejemplo: sino quienes propugnan la más singular coexistencia, a espaldas de las masas de desposeídos, a espaldas de los luchadores. Es una coexistencia que se reserva para la pequeña burguesía reformista, los que quieren marxismo sin revolución, y los intelectuales y escritores latinoamericanos, negados hasta ahora, humillados, desconocidos y estafados. Los imperialistas han ideado una nueva manera de comprar esa materia prima de nuestro continente que es el intelectual. Transportada espléndidamente a los Estados Unidos, es devuelta a nuestros pueblos en forma de «intelectual-que-cree-en-la-revolución hecha-con-la-buena-voluntad y-el-estímulo-del-State Departrnent». La situación real de su país no ha cambiado: lo que ha cambiado es la ubicación del intelectual en la sociedad, o más bien su ubicación con respecto a la metrópoli.
Existe en América Latina un estado de violencia permanente que se manifiesta en constantes gorilazos, el más reciente de los cuales es el de Argentina, represión en Guatemala y Perú, carnicería sistemática en Colombia, masacre de manifestaciones obreras en Chile, «suicidios» de dirigentes guerrilleros en Venezuela, intervención armada en Santo Domingo, constante estado de amenaza a Cuba.
El intelectual latinoamericano regresa a su tierra y declara engolando la voz: «Ha comenzado la etapa de la coexistencia» ... i No! Lo que ha comenzado es la etapa de la violencia, social y literaria, entre los pueblos y el imperio.
El pueblo sigue hambriento, asfixiado, aspirando a una igualdad social, a una educación, a un bienestar material y a una dignidad que no le dará ninguna declaración en Life. Se puede ir a Nueva York, desde luego, a Washington si es necesario, pero a luchar, a plantear las cosas en nuestros propios términos, porque ésta es nuestra hora y no podemos de ninguna manera renunciar a ella; no hablamos en nombre de un país ni de un círculo literario, hablamos en nombre de todos los pueblos de nuestra América, de todos los pueblos hambreados y humillados del mundo, en nombre de las dos terceras partes de la humanidad. La «nueya izquierda» la «coexistencia literaria» -términos que inventan ahora los imperialistas y reformistas para sus propios intereses, como antes inventaron elde guerra fría para sus campañas de guerra no declarada contra las fuerzas del progreso- son nuevos instrumentos de dominación de nuestros pueblos.
De la misma manera que la Alianza para el Progreso no es más que el intento de neutralizar la revolución latinoamericana, la «nueva política cultural» de Estados Unidos hacia América Latina no es mas que una forma de neutralizar a nuestros estudiantes, profesionales, escritores y artistas en nuestras luchas de liberación. Robert Kennedy lo admitió claramente en su discurso televisado el 12 de mayo pasado: «Se aproxima una revolución (en América Latina)... Se trata de una revolución que vendrá, querámoslo o no. Podemos afectar su carácter, pero no podemos alterar su condición de inevitable». ¿Qué lugar van a tomar nuestros estudiantes, profesionales, escritores y artistas en esa revolución cuya inevitabilidad subraya incluso el propio Kennedy? ¿El lugar de freno, de retaguardia acobardada y sumisa? ¿Está eso en la línea de Martí y Mariátegui, Mella y Ponce, Vallejo y Neruda? Kennedy propone, como primer «contraveneno» a esa revolución, a la revolución real y revolucionaria –y citamos textualmente–: «El intercambio de intelectuales y estudiantes entre los Estados Unidos y América Latina».
Es un evidente programa de castración, que ha comenzado ya a realizarse. Pero ese «veneno» nuestro, esa violencia, es una violencia sagrada: tiene una justificación de siglos, la reclaman millones de muertos, de condenados y de desesperados, la amparan la furia y la esperanza de tres continentes; han sabido encarnarla entre nosotros Tupac Amaru y Toussaint Louverture, Bolívar y San Martín, O'Higgins y Sucre, Juárez y Maceo, Zapata y Sandino, Fidel Castro y Che Guevara, Camilo Torres y Fabricio Ojeda, Turcios y los numerosos guerrilleros esparcidos por América cuyos nombres aún no conocemos.
Queremos la revolución total: la que dé el poder al pueblo; la que modifique la estructura económica de nuestros países; la que los haga políticamente soberanos, la que signifique instrucción, alimento y justicia para todos; la que restaure nuestro orgullo de indios, negros y mestizos; la que se exprese en una cultura antiacadémica y perpétuamente inquieta: para realizar esa revolución total, contamos con nuestros mejores hombres de pensamiento y creación, desde México en el norte hasta Chile y Argentina en el sur.
Después de la Revolución cubana, los Estados Unidos comprenden que no se enfrentan a un continente de «latinos» ni de infrahombres: que se enfrentan a un continente que reclama su lugar con violencia y para ahora, como sus propios negros, los negros norteamericanos. Después de la Revolución cubana, los Estados Unidos, de la misma manera que «descubrieron» que a nuestro continente le hacía falta la reforma agraria, «descubrieron» también que teníamos una literatura de verdad. El último paso a ese descubrimiento lo han dado al proponer comprar (o al menos, neutralizar) a nuestros intelectuales, para que nuestros pueblos se queden, una vez más, sin voz. Y ya eso no se trata de servirse de personajes desacreditados, como Arciniegas y compañía. Quemaron a los liberales-conservadores, a los reaccionarios, a los agentes de la primera hornada. Ahora tienen que hablar en términos de «izquierda» con hombres de «izquierda», porque si no fuera así no serían escuchados más que por los peores círculos reaccionarios. Están a la búsqueda de quienes, pretendiendo hablar a nombre nuestro, presenten la revolución y la violencia como cosa de mal gusto. Y encuentran, pagando su precio, a esos sensatos, a esos colaboracionistas, a esos traidores.
Nuestra misión, Pablo, no puede ser, de ninguna manera, prestarnos a hacerles el juego, sino desenmascararlos y atacarlos.
Tenemos que declarar en todo el continente un estado de alerta: alerta contra la nueva penetración imperialista en el campo de la cultura, contra los planes «Camelot», contra las becas que convierten a nuestros estudiantes en asalariados o simples agentes del imperialismo, contra ciertas tenebrosas «ayudas» a nuestras universidades, contra los ropajes que asuma el Congreso por la libertad de la cultura, contra revistas pagadas por la CIA, contra 134 la conversión de nuestros escritores en simios de salón y comparsas de coloquios yanquis, contra las traducciones que, si pueden garantizar un lugar en los catálogos de las grandes editoriales, no puedan garantizar un lugar en la historia de nuestros pueblos ni en la historia de la humanidad.
Algunos de nosotros compartimos contigo los años hermosos y ásperos de España, otros, aprendimos en tus páginas cómo la mejor poesía puede servir a las mejores causas. Todos admiramos tu obra grande, orgullo de nuestra América. Necesitamos saberte inequívocamente a nuestro lado en esta larga batalla que no concluirá sino con la liberación definitiva, con lo que nuestro Che Guevara llamó «la victoria siempre». Fraternalmente;
Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Juan Marinello Félix Pita Rodríguez, Roberto Fernández Retamar, Lisandro Otero, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet, José Antonio Portuondo, Alfredo Guevara, Onelio Jorge Cardoso, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Samuel Feijoo, Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, Fayad Jamis, Jaime Sarusky, José Soler Puig, Dora Alonso, Regino Pedroso, José Zacarías Tallet, Angel Augier, Carlos Felipe, Abelardo Estorino, José Triana, Mirta Aguirre, Miguel Barnet, Jesús Díaz, Nicolás Dorr, César Leante, Antón Arrufat, Graziella Pogolotti, Rine Leal, José R. Brene, José Rodríguez Feo, Humberto Arenal, Salvador Bueno, Roberto Branly, Luis Suardíaz, César López, Raúl Aparicio, Euclides Vázquez Candela, Luis Marré, Ezequiel Vieta, Rafael Suárez Solís, Loló de la Torriente, Gumersindo Martínez Amengual, Aldo Menéndez, David Fernández, Manuel Díaz Martínez, Armando Álvarez Bravo, Renée Méndez Capote, Jesús Abascal, Gustavo Eguren, Víctor Agostini, Jesús Orta (Naborí), Francisco de Oraá, Noel Navarro, Oscar Hurtado, José Lorenzo Fuentes, Reynaldo González, Joaquín Santana, José Manuel Otero, Rafael Alcides Pérez, Alcides Iznaga, Mariano Rodríguez Herrera.
