POEMAS DE EDUARDO DIAZ ESPINOZA

MÁS LEJOS
Esa línea que no traspasa
vuela en algodones de nada
se asienta en la amnesia,
difusa como pena de atardecer
exilio del cual, cada vez,
encuentra infranqueable muro del no retorno.
Quiero reír como Casal
total he empezado a ser
ayer en tus mañanas.

CENIZAS

Ha golpeado la garganta de la madrugada
las cenizas de un viento plomizo
cargando en su morral frutos de angustias.

Hoy, el sol me es extraño
está cubierto por musgos de tristezas
y un bronce de penas tañe en su campana de oro

Avanzan los arrecifes del murmullo, una mirada
gotea las lluvias de su soledad
entonces gira la sangre con el miedo de sus historias.

JUGUETE

Un punto suave tiembla en el horizonte

abre alas especiales donde vuela el rosa

un tapiz verde ondea hasta ser espuma

en la orilla

en el ardor de su embestida

la piedra se abre como mariposa

donde bebe la noche su eterna y

brillante cristalería

y el lobo de la soledad hunde sus dientes.

en las carnes del silencio.

ESTIO

Invierno, ya ves, obscurísimo, soy,
plaza fría de árboles mutilados,
fondo que cobija soledad, esa llama fría,
seda de helada espesura volcando su aire
corrosivo arrastrado por mis huesos
su aliento lacerante. Ella impregna las palabras
de un vidrio barroso que alguna vez fue polvo
tocado por aguas canoras.

Se desfoga agudeza y fantasía,
anunciando la hora nona de las fábulas
donde laten los ojos de Dios, la boca de Luzbel
vomita maravillas; y, un perro arestiniento
lame piadosamente, la lápida con mi nombre,
ya pasarás, por allí, un día de estos,
como esas ventoleras arrasantes
borrando mis vestigios.

MADERAS

Es siesta todo el día en ese río seco
de tiempo llagado de sol,
el puertecito embancado,
el viejo olvido se pasea
por los intersticios de sus calles.
Leños carcomidos, guardadores de
de esperanzas, de años,
todo hecho oscuridad y ausencia.
Sola letra, ardida madera
por el fuego, el polvo mineral,
el deterioro.
Abandonados tablones,
un día verdearon de hojas,
hoy, desmenuzados, desnudos
mueren matados,
solitarios, petrificaron las voces
que fueron bandadas
de vida, aves de vuelo lingual.
Temblamos, la emoción
nos aconseja más amor.

POEMAS DE LA NOCHE

La sombra corrió como agua negra
en el espejo, allí se quebraron los
caminos que anduve tantas veces,
el andurrial negro en esos confines
donde el infierno es un paraíso,
pues, al menos, los niños abrigarían
su cuerpecitos y pudo hacerse una sopa
con callampas y un puñado de pan.
Los recuerdos del mañana que me
contó Guillermo Ross-Murray,
son la tragedia testimonial que aún
se muere de hambre, y el arcoiris
es la caricatura de las más sangrientas
burla de los que aún esperamos la alegría.
Qué haremos nosotros, huérfanos separados,
languideciendo de amor y soledad,
aunque somos muchos más en la suma,
somos el íntimo rincón que deshoja la pena,
somos la república traicionada...

éste, fue el día en que la muralla de la
incomunicación creció hasta sofocarnos...

MIEDO

Sólo muro, que tanto decir tiene,
hubo una entrada y salidas de tantos mundos,
sus piezas interiores, me lo dice el muro,
fueron todo un frenético ir y venir de vida,
primeros llantos, y todo el mundo preocupado
luego, en esa pieza extraña, oscurecida
por los designios el amor, volcó sus aguas y,
la muerte llegó envuelta en su ropaje de asesina
esperando el último suspiro del moribundo.
Siento que la madrastra, es esa siniestra
bruja perversa que me encanta con sus perfumes,
la atractiva, la blanca Violeta Elena,
despierta mis sueños de hombre,
despierta mis miedos de niño.
Ay, que de tormentos el patio torvo,
que lleno de paisajes y espectros por las noches,
esos ruidos metálicos, ese chirrido especial
de lo que arrastra el miedo por las puertas
misteriosas, yo el niño de ojos desorbitados,
muelo mi miedo, y caigo en llanto.

La casa de calle Aconcagua 135 (1947)

EL DESIERTO CUANDO AMANECE

Sentí la noche tan breve
pensando en ti.
Palidecí temblando de emoción
tan profunda esa mirada tuya que no tengo,
pero, si siento.
La fruta dulce de tus labios
derramándose dadivosa entre los míos,
hice un ademán en la sombra,
yo: taumaturgo,
saqué del curioso sombrero de los ensueños,
las suaves fragancias de la mirra
que cogí como si fueran tus manos.
Apasionado y tierno te canto
en estos versos míos,
va ágil, como esas enredaderas trepadoras
la tropilla de mis dedos a apacentarse
en la tersura de tu piel y,
recorrer todos los espacios de tu geografía,
voy haciendo en la memoria
la cartografía de tus especiales cordilleras,
el oleaje de tu brisa que cuida la bajada
de tu monte de Venus, allí
ese Eros que vive al interior del cubículo celoso
de mi alma, se desplaza.
Me deshago en besos sorteando tu cabellera
que me cubre con su seda este cansado rostro mío.
Me has devuelto, un viejo cuaderno ya perdido,
el del optimismo que hoy te entrego a vos.

SABOR

La vieja tarde de velas encendidas
el pasado invierno, vuelve
polvo a los años, flores resecas
olores idos y el mantel bordado,
las frivolidades veleidosas del encanto
pasado, abonado de venerables recuerdos.
Sabor agua bendita tus labios, esa calle
un paso al fermento volcánico del lecho,
los suntuosos corriendo como liebres
estrépito, luces y visiones, agazapados gritos,
hierro y miel el movimiento de los cuerpos.
El delirio alza su ola de bestial nube,
aterciopelando pétalos la vertiginosa flor
que fluye mientras la boca entreabierta
ilumina la sal de la embriaguez diciendo: ¡Amor!

UN DIA VOLVEREMOS A ENCONTRARNOS

Estoy en el punto de partida, o en el de llegada,
más bien; te observo, vas disolviendo imagen
que mágicamente el vapor de los sueños
estampó al espejo.
Tristemente se deshacen estas unidas manos nuestras,
la gente va indiferente colgando su drama en la
despreocupación de los demás un bullicio vacío.
Absorto tras cada paso, la mujer tiene un ritmo
que desencadena como aleteo de ave, el hombre sus
ojos marchitos, secos ya, de la lluvia del alma.
Puente, me conduce a otras tardes con sus chasquidos
y olores intermitentes de luces,
nos hace señas la voz del río, caminamos,
errante candelilla, estrella hundida
en la madera inútil de la noche.
Ya no estabas.

Soy una simple lectora cotidiana, que llena sus sentidos con la poesía y disfruta los misterios de imágenes y metáforas. Lejos estoy de ser una experta en crítica literaria, pero puedo distinguir lenguaje, contenido, carga emotiva y vivencias de un buen escritor. El ejercicio diario de la lectura me ha provisto de herramientas para entregar esta apreciación.

Eduardo Díaz tiene maestría en el manejo del lenguaje, porque es un creador auténtico. Su lírica es profunda y sutil; lo se un hombre consagrado a la escritura porque de ella ha hecho un postulado. Los recursos, la armonía, el brillo y la música me hablan de su trabajo de largos años, de su creatividad y esmero. Constante buscador de la belleza literaria y la palabra justa. En síntesis, creo, sin lugar a dudas, que cada texto suyo es una joya trabajada con refinada precisión.