UNA FUERZA ÚNICA: WILLIAM STYRON

Una fuerza única
Con una obra escasa pero poderosa, William Styron fue considerado durante toda su vida un descendiente literario directo de ese otro William sureño: Faulkner. Y aunque le molestaba la etiqueta, lo cierto es que su obra, obsesionada por la lucha entre el Bien y el Mal, era una de las últimas cuyas raíces se hundían en la tradición de los clásicos norteamericanos. William Styron murió a los 81 años la semana pasada. Y aunque sus libros son hoy prácticamente inconseguibles en castellano, Guerra 33 le rinde homenaje, y publica la crónica que el mismo Styron escribió en 1962 del entierro de Faulkner.
La etiqueta de faulkneriano siempre le molestó. Styron prefería pensarse como escritor enrolado no en un determinado territorio, sino en un Gran Tema: el eterno combate entre el Bien frente al Mal.
En julio de 1989, el mensuario Esquire tuvo la audacia y la graciosa incorrección política de –con el título de Oh, My God, What’s This?– publicar “la polaroid tomada a escondidas” de una suerte de organigrama/power-play del establishment literario norteamericano. Un esquema con forma de pirámide construida a base de post-its. Este “objeto tan desagradablemente feo” –reían con malicia los redactores del mensuario– había sido una leyenda urbana desde hacía años y, ahora, finalmente era descubierto dentro de un trastero de “una pequeña firma consultora de Madison Avenue”. Allí, en cada uno de sus aproximadamente doscientos papelitos autoadhesivos de color amarillo, ordenados, de arriba hacia abajo y de mayor a menor, en hileras cada vez más anchas, se leía el nombre de un escritor Made in USA. La soledad en la cumbre era para Saul Bellow. Bajo él se ubicaban John Updike y Norman Mailer. Y en la tercera fila descendente, aparecían Eudora Welty, Philip Roth y William Styron.
Los tiempos han cambiado: Bellow ya no está, cabe pensar que el trono es hoy ocupado por Roth, Welty también se ha ido, Updike mantiene su puesto, Mailer ha perdido unos cuantos puntos, Cormac McCarthy (por entonces a mitad de pirámide,) ha ascendido varias posicione), J. D. Salinger continúa siendo un sólido fantasma embrujando la cuarta hilera (entonces habitada por Tom Wolfe, John Irving e Isaac Bashevis Singer) y, desde los cimientos, trepa lento pero sin pausa toda una nueva generación por entonces inédita y más que dispuesta a reclamar su sitio lo más cerca posible del sol.
Y la pregunta es cuándo muere realmente un escritor: cuando deja este mundo, cuando deja de publicar, cuando deja de escribir o cuando deja de ser leído.
William Styron (1925-2006) murió hace poco más de una semana en su casa de Martha’s Vineyard, no publicaba un libro desde 1993, y difícilmente podía ser considerado, aquí y ahora, un escritor canónico y reverenciado (tal vez pueda entenderse a Richard Ford, otro sureño “raro”, como su único pero muy lateral sucesor, quizá Pat Conroy sea un Styron más que bastardo) y mucho menos un autor al que demasiados recién llegados o próximos a arribar quieran emular o tal vez vencer (no está de más apuntar que todos sus libros fueron traducidos a nuestro idioma pero que hoy todos, menos uno, están descatalogados en castellano). Y, aún así, a la hora de las elegías, la obra no muy amplia pero sí poderosa de Styron parece agrandarse no por su modernidad sino por todo lo contrario: por un vigor resistente que alude a lo ancestral, a tiempos en que las tierras de las letras estadounidenses estaban habitadas por unos pocos pero auténticos e indiscutibles titanes. Así, Styron desciende directamente del –luego del fundante y conformado por Melville, Hawthorne y Twain– segundo Triple Big Bang: de Ernest Hemingway, de Francis Scott Fitzgerald y, especialmente, de William Faulkner. Y Styron ocupó, a regañadientes, el sitio de “narrador del Sur” dentro de una notable generación en la que primaban lo judío (Roth y Malamud y Salinger) o lo wasp (Cheever y Updike y Shaw) o un puñado de inasibles francotiradores (Mailer y Vonnegut y los experimentales comandados por Barthelme). Una época en la que las invocaciones a los pantanos del “más abajo” estaban, por lo general, ahogadas en cierto elemento freak-folk más que bien representado por Flannery O’Connor, Carson McCullers y el primer Truman Capote. En cualquier caso, a Styron (más allá de la transparente evidencia de su primera novela publicada a los 26 años: la en su momento muy celebrada y ganadora del prestigioso Prix de Roma Tendidos en la oscuridad, de 1951 narrando la decadencia de una familia disfuncional de su Virginia natal y, monólogo interior mediante, el posterior suicidio con salto desde un rascacielos de Manhattan de Peyton Loftis, una joven caída en desgracia) la etiqueta de faulkneriano siempre le molestó. Styron prefería pensarse como escritor enrolado no en un determinado territorio sino en un Gran Tema: el eterno combate entre el Bien frente al Mal. Toda su obra se compone, en buena parte, de variaciones sobre este asunto que, en su caso, no buscaba la Gran Novela Americana sino el hallazgo de la Gran Novela a Secas creciendo, según sus propias palabras, sobre “la catastrófica propensión de los humanos a dominarse los unos a los otros”. Lo que no impidió, claro, que ese programa vital se correspondiera con el de sus mayores: fue un alumno difícil (pasó por demasiadas academias del tipo disciplinante), se alistó en el ejército llegando a teniente (aunque la Segunda Guerra Mundial terminó antes de que él zarpara desde San Francisco hacia Japón), se lanzó a la conquista de la gran ciudad (New York, donde trabajó como aprendiz de escritor en la editorial McGraw-Hill, experiencia que recordaría, con acentos tragicómicos, en los tramos más logrados de La decisión de Sophie), volvió a enrolarse para el combate (en Corea, la baja fue por problemas en la vista) y marchó a París (donde formó parte, en 1953, del grupo fundador de la mítica The Paris Review).
Fue entre Francia e Italia –luego de la perfecta nouvelle “de ejército” La larga marcha, serializada en revista en 1952 y editada como libro en 1956 y de un tan sonado como absurdo pleito de machos cabríos con el siempre dispuesto a la lucha Mailer que los mantuvo enemistados por casi un cuarto de siglo– que Styron escribió su incomprendida por la crítica pero alabada por el difícil Capote Esta casa en llamas (1960). Tumultuosa novela sobre la experiencia del expatriado en cuyo centro arde, mefistofélico, el duelo mítico-existencial, con reminiscencias de Dostoievski y Mann, entre un cínico y joven millonario que intenta poseer a un idealista pintor y donde destacan (en lo personal, lo primero que recuerdo y lo que más admiro cuando pienso en Styron) las deslumbrantes páginas de apertura narrando un casi infernal viaje en automóvil desde Salerno a Sambuco.
Su proyecto siguiente –previa documentación de largos años– fue polémico: Las confesiones de Nat Turner (1967). Allí, con modales muy a la moda de fiction non-fiction, Styron investigaba e imaginaba la gran rebelión de esclavos acontecida en Virginia, en 1831, protagonizada por el carismático rebelde del título y en la que murieron cincuenta y cinco blancos. Los negros lo acusaron de racista estereotipador (en especial por pasajes en los que Turner se imaginaba violando a una joven blanca; ver el libro William Styron’s Nat Turner: Ten Black Writers Respond) y los retógrados sureños lo condenaron por traicionar a su linaje (al enaltecer la figura de un predicador rebelde y proclive a visiones apocalípticas). Ni unos ni otros impidieron que la novela se llevara el Pulitzer de 1968 y Styron se limitó a argumentar que para él “la esclavitud constituía algo que había aniquilado a negros y blancos, a toda un sociedad”.
Styron escribió y estrenó entonces la casi obligatoria obra de teatro con la que fracasa todo grande desde Henry James (In the Clap Shack, 1973) y demoró casi diez años en terminar su siguiente novela que se convertiría en su éxito más grande: La decisión de Sophie (1979) se proponía –y en buena parte conseguía– ser la gran novela sobre la imposibilidad de escapar a la onda expansiva del Holocausto. Otra vez polémico –los judíos le recriminaron que su heroína fuera católica–, lo que buscaba y encontraba aquí Styron en realidad trascendía a un determinado momento histórico y crecía como desesperada historia de amor loco entre la sufrida polaca Sophie y el brillante y demencial judío Nathan desenvolviéndose y enredándose ante los ojos atribulados de Stingo, joven alter-ego de Styron quien, al final, descubría que sólo quería salir vivo de allí para poder ponerlo todo por escrito lo más rápidamente posible. La exitosa adaptación cinematográfica de 1982, escrita y dirigida por Alan J. Pakula, consagró a Meryl Streep como nueva gran dama del celuloide, descubrió al actor Kevin Kline, y elevó a la novela a la categoría de clásico moderno y best-seller rampante.
Styron hizo tiempo –antes de retornar a su proyecto de toda la vida, una gran novela sobre los marines a titularse The Way of the Warrior– publicando un volumen de ensayos titulada This Quiet Dust and Other Writings (1982) donde destacaban su apreciaciones del Sur, sus recuerdos de juventud, su defensa de Nat Turner y sus encendidos tributos a Francis Scott Fitzgerald y Robert Penn Warren entre otros, y una deslumbrante crónica de los funerales de William Faulkner escrita para Life –que se traducen en estas páginas–.
Entonces ocurrió lo imprevisible pero de ningún modo inesperado: Styron –al igual que su padre años antes– se hundió, en 1985, en las aguas oscuras de una depresión crónica que resultó casi terminal y lo arrancó para siempre de una rutina de trabajo hasta entonces felizmente invulnerable: dormir hasta el mediodía, almorzar con su mujer, recados varios por la tarde, escribir cuatro horas hasta la hora del cocktail con amigos, cena y, después, leer y escuchar música hasta el amanecer. Recuperado pero herido de por vida, Styron publicó un estremecedor testimonio sobre la experiencia en Vanity Fair en 1989 que ampliaría a libro al año siguiente y que alcanzaría grandes ventas convirtiendo a su autor en habitual y resignado panelista sobre el tema. Entonces, Styron afirmaría que “ya no contemplo mi carrera de escritor como una sucesión de grandes cimas” sino como un “paisaje sucediéndose en una serie de vistas menos espectaculares pero igual de resonantes que aquellas dramáticas y wagnerianas cumbres que alguna vez escalé”. De ahí que abandonara definitivamente The Way of the Warrior rescatando varios fragmentos introductorios para convertirlos en los tres magistrales cuentos publicados primero en Esquire y luego reunidos en Una mañana en la costa: Tres relatos de juventud (1993) a los que definió como “reescrituras ideales de mi pasado”.
Una exhaustiva biografía –William Styron: A Life, firmada por James. L. W. West III– apareció en 1998 y cerraba con una breve nota donde se afirmaba que “Styron continúa dando sus paseos diarios con paso firme y, a los 72 años, sigue siendo innovador y productivo”. Pero nada nuevo subió a la superficie o escaló las montañas y, días atrás, su rival y amigo Mailer declaró a pie de féretro que “Ningún otro escritor de mi generación tuvo un sentido tan omnisciente y exquisito de lo elegíaco. En los años por venir su obra se recordará como dueña de una fuerza única”. Habrá que esperar a ver y leer qué ocurre con –a menos que haya dejado instrucciones y prohibiciones explícitas– la vida post-mortem de Willian Styron que ahora comienza y que, quién sabe, tal vez, vaciando cajones, lo devuelva a las planos más altos de esa pirámide inexistente pero cierta, “desagradablemente fea”, en la que habitan, juntos, faraones y albañiles iluminados por los rayos de divinidades invisibles pero implacables que finalmente son, desde el principio de los tiempos, los todopoderosos lectores.
Por Rodrigo Fresán en: Página 12
EL ENTIERRO DE WILLIAM FAULKNER POR STYRON
Muerto el 7 de julio
Una fuerza única
Por WILLIAM STYRON
Más que nada, detestaba que invadieran su privacidad. Aunque me hacen sentir bienvenido en casa de la señora Faulkner y su hija Jill, y aunque sé que la bienvenida es sincera, me siento un intruso. El duelo es una de las pocas cosas privadas. Más que nada, Faulkner odiaba a aquellos (y había muchos) que se metían en su vida privada –chismosos y curiosos literarios ansiosos de proximidad con la grandeza y una pizca de fama reflejada–. El mismo había dicho más de una vez, y con razón, que lo único que debía importarle a la gente sobre un escritor son sus libros. Ahora que está muerto y desamparado en el ataúd de madera gris, me siento como un entrometido más que nunca, husmeando en un lugar donde no debería estar.
Pero el primer hecho del día, además del hecho final de una muerte que nos disminuye, es el calor, un calor que es como una pequeña muerte en sí misma, como si uno se estuviera extinguiendo en un sobretodo de lana húmeda. Incluso los diarios de Memphis, 95 kilómetros al norte, han comentado el feroz clima. Oxford se ahoga en el calor, y lo que se siente alrededor de la plaza principal este sábado, poco antes del mediodía, es una languidez caliente y sudorosa que limita con la desesperación. Estacionados oblicuamente en la esquina, Fords y Chevrolets y camiones se cocinan bajo la impiadosa luz del sol. La gente de Mississippi ha aprendido a moverse gradualmente, casi con timidez, en este clima. Caminan con precaución y deliberación. Bajo el pórtico del First National Bank y junto a los sombreados paseos alrededor de los Tribunales, el tráfico de granjeros en camisa y húmedas amas de casa y negros se mueve lentamente y no tiene fin. Pintado alto y al costado de un edificio al oeste de los Tribunales, y coronado por una bandera confederada, hay un gran cartel de al menos seis metros que dice “Colegio de Cosmetología Rebelde”. El cartel, la bandera y la pared, que dominan un ángulo caldeado de la plaza, están atrapados en una luz abrasadora y parecen cerca de la combustión. Es un calor monumental, tan desolador para el cuerpo, la mente y el espíritu que tiene la cualidad de una pesadilla apenas recordada, hasta que uno se da cuenta de que se ha encontrado con este calor antes, en todas esas novelas y cuentos de Faulkner donde este clima profano –y otro clima más benigno– se mueve con un realidad casi palpable.
En la oficina de planta baja del diario de Oxford, Eagle, la editora y dueña, la señora Nina Goolsby, va y viene bajo un rugiente aire acondicionado. Es una mujer gorda, alegre y voluble y revela con gran orgullo que el Eagle recientemente ha ganado el primer lugar por “excelencia general” entre los periódicos semanales, en premios entregados por la Mississippi Press Association. Acaba de llegar. Estuvo distribuyendo por el pueblo volantes que dicen: “En memoria de William Faulkner, este negocio permanecerá cerrado de 2 a 2.15 PM hoy, 7 de julio, 1962”.
Fue su idea, dice, y agrega: “La gente dice que a Oxford no le importa nada sobre Bill Faulkner, y eso no es cierto. Estamos orgullosos de él. Mire aquí”. Despliega un archivo de números atrasados del Eagle, y el título de tapa es: “El premio Nobel de Literatura para un nativo de Oxford”. Hay una página de otro número, una página completa pagada por, entre otros, la tintorería Ole Miss, la compañía farmacéutica Gathright-Reed, el café Miller, el gin A. H. Avent, y la compañía Warehouse. El mensaje dice: “Bienvenido a casa, Bill Faulkner. Le queremos decir a la gente de todas partes que Oxford y todos nosotros estamos muy orgullosos de William Faulkner, el ganador del Premio Nobel”. La página está repleta de fotos de Faulkner en Estocolmo: recibiendo el Premio Nobel de manos del rey de Suecia, caminando sobre la nieve con su hija, agazapado junto a un trineo donde se lo ve charlando con un “niñito sueco”.
“Aquí puede ver lo orgulloso que estamos de él. Siempre lo hemos estado”, dice la señora Goolsby. “Conozco a Bill Faulkner de toda la vida. Vivo a dos cuadras de su casa. Solía charlar con él todo el tiempo cuando salía a hacer sus caminatas. Dios, usaba ese saco de tweed con pitucones de cuero en los codos, un saco realmente elegante, y ese bastón bajo el brazo. Siempre dije que cuando entierren a Bill Faulkner deberían hacerlo con ese saco de tweed puesto, de lo contrario sencillamente no estaría bien.”
De vuelta en la casa de Faulkner, la sombra de los viejos cedros que se arquean sobre el camino de entrada y el pórtico con columnas ofrece un mezquino alivio al calor del mediodía. Es un clima que sólo se soporta en camisa, y de hecho muchos hombres se han desprendido de los sacos cerca de la puerta principal donde ya está reunida parte de la familia: John Faulkner, él mismo un escritor y casi una réplica, un fantasma de su hermano, incluso en sus inquisitivas cejas levantadas y en su torcido bigote; los hijos crecidos de John; otro hermano, Murry, de ojos tristes y voz suave, agente del FBI en Mobile; el esposo de Jill, Paul Summers, de Charlottesville, Virginia, abogado: como Jill, llama a Faulkner “Pappy”. La conversación es general: el calor, las ventajas de viajar en jet, las complejidades de la antediluviana ley sobre el alcohol de Mississippi. El grupo se corre a un costado para permitirle el paso a una dama que carga con una enorme torta con cobertura de helado color frambuesa; es una de las muchas que llegarán este día.
Adentro está un poco más fresco, y aquí en la biblioteca, al costado de la puerta –justo frente al living sin muebles donde reposa el ataúd–, parece más sencillo pasar el tiempo. Es un cuarto espacioso, lleno de cosas, cómodo. Un retrato de Faulkner con marco de oro en ropa de caza donde se lo ve muy garboso en su abrigo negro, domina una pared; a su lado, en una mesa, hay una escultura de madera de un enjuto Don Quijote. Hay gentiles y afectuosos retratos de dos sirvientes negros pintados por “Miss Maud” Falkner (a diferencia de su hijo, deletreaba el apellido sin la “u”, como lo hace la mayoría de la familia). En la otras paredes hay libros y libros, en yuxtaposición arbitraria, con y sin sobrecubiertas, algunos ubicados al revés: The Golden Asse, In Sicily de Vittorini, Los hermanos Karamazov, Geraldine Bradshaw de Calder Willingham, Cuentos de Ernest Hemingway, De aquí a la eternidad, las Comedias de Shakespeare, Act of Love de Ira Wolfert, Lo mejor de S. J. Perelman y muchos otros, imposibles de contar.
Aquí en la biblioteca conozco a Shelby Foote, historiador de la Guerra Civil y uno de los pocos amigos literatos de Faulkner. Un agradable nativo de Mississippi de cabello oscuro, de poco más de cuarenta años –está vestido con un traje de lino y parece extremadamente fresco–, observa que un mero nativo de Virginia como yo no está capacitado para soportar este calor. “Hay que moverse a través de él con gentileza”, me aconseja; “no haga ningún movimiento superfluo”. Y agrega, deprimido: “Esto apenas empieza a juntar presión. Debería estar aquí a mediados de agosto”.
Foote está buscando un libro, una antología que incluye uno de los primeros poemas de Faulkner –un poema corto escrito hace más de treinta años y llamado “Mi epitafio”–. Me uno a la búsqueda, que nos lleva al cuarto de trabajo de Faulkner, al fondo de la casa. Hay más cosas aquí, más libros: Doctor Zhivago, Midcentury de Dos Passos, I Rode With Stonewall de H. K. Douglas (uno de los libros que Faulkner estaba leyendo antes de morir), cientos de otros apretados en un estante bajo, varios estantes que contienen encomiendas de ejemplares enviados a Faulkner para autografiar: todas los paquetes están polvorientos y sin abrir. La pesada máquina de escribir antigua en la que Faulkner escribía ha sido retirada, y en su lugar descansa, de forma inexplicable, una botella medio llena de Old Crow. Detrás de esta mesa, sobre un mantel cubierto de ceniceros, botellas ornamentales, una bolsa de tabaco húmeda, se erige una pequeña y graciosa pintura de una mula con los dientes desnudos en una risa maníaca. “Creo que Faulkner amaba a las mulas tanto como a la gente”, reflexiona Foote. “Quizá más.” Ha encontrado el libro y el poema.
Ahora varios ventiladores eléctricos están zumbando en las habitaciones de abajo y en los pasillos, y el almuerzo está servido. La comida en un funeral sureño suele ser buena, pero ésta es espléndida: pavo y jamón de campo y tomates rellenos, cantidades de pan casero delicioso y galones de fuerte té helado. Nos sentamos informalmente alrededor de la mesa del comedor. La hora del servicio se aproxima y afuera, a través de la ventana, la luz de la tarde proyecta sombras negras de las temblorosas hojas de los robles y las ramas de los cedros contra el frondoso y ardiente césped.
Desde lejos llega el quejumbroso canto de un ruiseñor. Súbitamente alguien de la familia recuerda que justo la noche anterior se encontraron con algo que debía haber sido una de las últimas cosas escritas por Faulkner, pero estaba en francés y no habían podido leerlo. Traen el texto, y mientras algunos de nosotros tratamos de descrifrarlo, vemos que está escrito con lápiz en un sobre: el ensayo de una respuesta, en la caligrafía mínima, vertical, abigarrada y casi ilegible de Faulkner, a una invitación para visitar Francia –una nota cortés, ingeniosa y sencilla en francés–. Decía que no podía ir.
A las dos de la tarde un susurro pidiendo silencio se apodera de la casa mientras comienzan los preparativos del servicio fúnebre. Nos volvemos a poner los sacos. Somos varias docenas, incluyendo a sus editores Bennett Cerf y Donald Klopfer, y miembros de la familia reunidos aquí y venidos desde todas partes del sur, de Mississippi y Alabama y Louisiana y Virginia y Tennessee, y estamos en dos habitaciones, el comedor –de donde se ha quitado la mesa– y el living, donde descansa el ataúd. El ministro episcopal en traje blanco, reverendo Duncan Gray Jr., lleva anteojos y es calvo, y su voz, aunque fuerte, apenas se escucha sobre la vibración de las quejas y la charla de los ventiladores eléctricos: “El Señor es mi luz y mi salvación. ¿A quién debo temerle? El Señor es la fuerza de mi vida; ¿de quién debo tener miedo?”. El ruiseñor canta afuera otra vez, ahora más cerca. A través del murmullo de los ventiladores, el ministro lee el Salmo 46: “Dios es nuestro refugio y fuerza, la ayuda siempre presente en los problemas. Por eso no temeremos aunque la tierra desaparezca y aunque las montañas se hundan en el mar...”
Repetimos la plegaria del Señor en voz alta, y pronto todo termina. Hay una especie de apuro por dejar la casa. La procesión hacia el cementerio marcha por la Avenida South Lamar hacia el centro del pueblo. Mientras la línea de autos se extiende detrás del coche fúnebre negro y nos acercamos a los Tribunales, se vuelve claro que la campaña de la señora Goolsby para cerrar los negocios ha hecho efecto. Aunque ahora ya pasaron las dos y cuarto, los negocios siguen cerrados y las veredas están cubiertas de gente. Negros y blancos ven pasar la procesión bajo el calor abrasador, en filas y grupos, a todos lados de los Tribunales y en todas las veredas frente al Café Grundy y el almacén Earl Fudge y el comedor Rebel. Me conmueve esta demostración y la comento, pero alguien nativo de la región está mucho menos impresionado: “No es que no respeten a Bill. La mayoría lo hace, realmente. Aunque ninguno de ellos haya leído una palabra de su trabajo. Pero los funerales aquí son algo importante. Si un diácono bautista muere, entonces sí habría una concurrencia importante”.
Nuestro auto llega a los Tribunales, y gira suavemente hacia la derecha, bordeando la plaza. Aquí la estatua al Soldado Confederado (“Erigida en 1907”, dice la leyenda debajo) se eleva valiente y enhiesta sobre su delgado pedestal blanco; parece un soldado de juguete vagamente desdichado. Tanto los tribunales como la estatua sugieren tanto acerca del trabajo de Faulkner que ahora, por primera vez este día, me impacta darme cuenta de que Faulkner realmente se ha ido. Y estoy hundido en el recuerdo, como si me hubiera convocado allí el llamado de una trompeta.
Dilsey y Benjy y Luster y todos los Compsons, Hightower y Byron Bunch y Flem Snopes y la gentil Lena Grove –toda esta gente y varios otros trepan cómicamente, vilmente y trágicamente a mi mente, como recuerdos de sobresaliente realismo, junto con el paisaje tumultuoso y el clima tierno y feroz, y la enloquecida y milagrosa visión de la vida arrancada, como todo el arte es arrancado, de la nada–. De repente, mientras los atentos y circunspectos rostros de la gente del pueblo pasan rápidamente bajo mi mirada, me colma una pena amarga. Pasamos al lado de un joven policía de camisa azul, con marcas de sudor bajo los brazos, que está parado en posición de firmes, con la cabeza descubierta y la gorra apretada contra el pecho. La procesión sigue hacia North Lamar y luego hacia el este por Jeffereson.
El viejo cementerio está lleno, así que su tumba yace en la parte “nueva”, y es uno de los primeros habitantes de esta zona. No hay mucho que decir sobre este espacio, realmente. Es un campo bastante virgen, me parece, que da a un complejo habitacional; pero él yace en un área gentil, entre dos robles, que crecerán más aún para cobijarlo. Así se lo entrega al reposo. La multitud se dispersa en el sol ardiente, y desaparece.
Al final de Las palmeras salvajes, una temprana novela de Faulkner, el héroe condenado, especulando sobre una posible elección entre la nada y la pena, dice que él elegiría la pena. Y ciertamente incluso la pena debe ser mejor que nada. Y acerca de la tristeza y la pérdida que se siente hoy sobre este campo seco y cálido, quizá haga falta expresarse en palabras del propio Faulkner, en el joven poema que llamó Mi epitafio:
Si ha de haber pena, dejen que sea la lluvia
Y ésta sólo una pena plateada, para que valga la pena,
Y que estos bosques verdes sueñen aquí para despertar
En mi corazón, si yo hubiese de volver.
Pero he de dormir, pues ¿dónde hay muerte
Mientras en estas tristes colinas adormecidas sobre mi cabeza
Me arraigo como un árbol? Aunque muerto
Este suelo que me abraza encontrará mi aliento.
