Desde las sombras me estaban mirando
tras una luz distinta, - esa que ardió cuatro años-
es la hora que mi corazón aprieta su piel de animal
cansado, y cae hincado en los recuerdos.

Hay distancia ya de los pezones nutricios, endulzadores,
mientras se alejan dos mundos incomunicables que giran
en espaciosos vendavales. Mas, una cascabel silba.

Manos mías arañando abismos donde el “yo”
como maniquí hace piruetas en escaparates
tintos de insomnios, van cubriendo el paisaje verde malva, bramando la música de mis vísceras corroídas.

Son bosques éstas, que amparan una flor de sangre.

Huele todo a muerto.

Erizan los alaridos desgajados, tornándose la voz
Sonido gutural, dos garzas ciegas chocando las plumas de su vejez.

Ese espantoso lenguaje atormentado.

Sucio aliento de botella envejecida define de modo paulatino
soltar sus espinas en la hora que arde el sagrario.

El monstruoso aroma penetra hasta los poros
y cruza con tal crueldad el territorio de mi cuerpo.

Dios se me escapó de las manos en la rifa aquella,
se fue a un valle de emisarios
donde los sueños son pedazos de brillantes grasas negras.