Rumiarán negros penachos los grandes viudos. Desfilan en el recuerdo infernal los sátrapas de este continente y el acierto de memorizar ese poema de Jorge Zalamea: “El Gran Burundún Burundá ha Muerto”.

Embebidos en un balance de ganancias quedan los que ayer le juraron en Chacarillas y hoy tienen al vicioso tirano cargado con el polvo del olvido, y cuando pase por las calles la charanga militar entonando marchas, nosotros, cantaremos alegres esos cantos de otros tiempos.

Nos obliga a odiar , ese grito infame de la mujer aquella: “Igual son huachos…anda a buscar a tu papá a Pisagua”, el rostro poseído del diputado Moreira y de otra gentuza de su calaña que como buitres esperan la muerte del error de la naturaleza llamado Augusto Pinochet.

Nos impulsan a odiar,el recuerdo de ese profesor de Biología, director del matadero municipal llamado Juan Lucero Panadés, que la mañana del 11 de septiembre ingresó con uniforme de mayor de ejército con metralleta en mano al mando de un grupo de milicos en la Universidad de Chile sede Antofagasta.

Ellos quemaron la mitad de la biblioteca universitaria, una pinacoteca completa y un incontable número de ejemplares de publicaciones periódicas ante los funcionarios universitarios maniatados y mudos de terror, en ese momento fuimos separados una cincuentena de universitarios. Llevados a una base aérea y más tarde a la cárcel.

Por eso y mucho más odiamos y odiamos odiar, pero a diario nos están removiendo la llaga del odio.

Pide que lo quemen, teme el juicio del pueblo, mientras el cardenal de Chile pide que Dios lo reciba, como si fuera un buen cristiano le otorgan la unción. Hipócritas fariseos esos sacerdotes que olvidan la muerte de Llidó, Jarlán, sacerdotes, monjas y pastores evangélicos, presos, asesinados o desaparecidos.

“Adiós Pequeño y Venenoso Buitre” nos dice el querido Aristóteles España que siendo un muchachos de 16 años fue confinado en ese infierno llamado isla Dawson.

“Criaturas de un zoológico espantable” dijo el poeta detenido desaparecido Ariel Santibáñez, tenía 24 años, como ambos no sumaban 50 Elizabet Cabrera y Nenad Teodorovic asesinados camino a cerro Moreno (base aérea) “mi Dios como dejaron a esos niños, quedaron irreconocibles” dijo el padre José Donoso sin contener las lágrimas, tantos sacerdotes como Donoso o como don Francisco de Borja Valenzuela hicieron falta. Esos jóvenes fueron asesinados sin piedad.

Y uno que nunca olvidaré,fue aquel que nos permitió desde su pequeña iglesia organizar la resistencia en la ciudad. ¡Cuánto aprendimos de él! De su experiencia en la revolución española.

Mientras el administrador del odio ordenaba la muerte de miles de chilenos.

El nos enseñó a odiar. Hoy los acólitos del silencio quieren que olvidemos. Olvidar al poeta Carrizo golpeado tan brutalmente que a medida que caminaba por el pasillo de la cárcel de Antofagasta iba dejando un reguero de sangre. Olvidar a Norman Garín golpeado con extrema crueldad que lo veíamos como una masa sanguinolienta arrastrándose.

A Iván y su espalda quemada por cigarrillos, a Willy Deisler o Juan León, a Osvaldo Silva. Olvidar, nunca.

Olvidar al sargento ese que nos golpeaba para que no durmieramos, "están de pie chuchas de su madre, no duerman", o al capitan de aviación que en sus “interrogatorios” nos amenazaba: “con sus cadáveres levantaremos este país marxistas hijos de puta”, con su cara de odio y rubiecito como un oficial de la Gestapo.

Olvidar a Silva Iriarte tan brutalmente golpeado al momento en que enfrentó el pelotón del fusilamiento, como ocurrió también con el martirio que sufrió antes de enfrentar el pelotón Eugenio Ruiz-Tagle, Marcos de la Vega, o el chico Leiva Jiménez al que acribillado tiraron como un perro en la calle.

No se puede olvidar. Y condenamos ya que la justicia no lo hace a este despreciable dictador, que en algún lugar se reunirá con sus predecesores como Jorge Ubico, Rafael Leonidas Trujillo, el Dr. Francia, Castillo Armas y tantos otros malditos a los que por respeto a las puta no digo que sea hijo de una de éstas.

Recibirá la hostia negra de la condena, la humanidad lo ha juzgado.

Eduardo Díaz Espinoza