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La Guerra 33

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13 Diciembre 2006

SÍ, ¿QUIEN MANDA AL EJÉRCITO EN CHILE?


Enviado por: "Germán F. Westphal" westphal@umbc.edu gfwestphal

por Germán F. Westphal, Editor de PCS (10/XII/06)

Hace pocos días, en un artículo difundido a través de Internet y
varios medios progresistas de comunicación, la periodista Patricia
Verdugo preguntaba "¿Quién manda al Ejército?"

La temida respuesta nos la ha dado hoy el Gobierno: el Ejército de
Chile se manda solo y le hará funerales de honor a Augusto Pinochet
Ugarte en su calidad de ex Comandante en Jefe, aunque es quien
traicionó la doctrina constiucionalista de la Institución, indultó a
los asesinos de otro ex Comandante en Jefe, el General René
Schneider, y dispuso el asesinato de otro más, el General Carlos
Prats González, su antecesor y ex superior jerárquico.

¿Qué racionalidad tiene esto para el Ejército?

Algunos, en su ánimo de defender al Ejército o la aquiescencia del
Gobierno, dirán que el Ejército se debe a su ex Comandante en Jefe y
punto.

Su ex Comandante en Jefe, ¿o sus ex Comandantes en Jefe?

Por lo visto, sólo se debe a Pinochet, pues de lo contrario debería
haber puesto en la balanza institucional los nombres de los ex
Comandantes asesinados, pero no lo ha hecho. Y si se debe sólo a
Pinochet, la temible gran pregunta es ¿por qué?

La única respuesta posible, tan temible como la pregunta misma y la
respuesta que nos ha dado hoy el Gobierno, es que el Ejército es una
institución ideológicamente controlada por el fascismo miliquista que
Pinochet representa y simboliza. De lo contrario, no le estaría
rindiendo los honores que le rinde.

A esto cabe agregar que, en términos prácticos, como dice un muy
respetable jurista amigo, "un Jefe del Estado no está realmente en
condiciones de remover a un Comandante en Jefe en quien no tenga
confianza. Esta imposibilidad está reforzada --aunque hipócritamente
maquillada-- en la tal llamada "Constitución de Ricardo Lagos", la
cual establece que una eventual decisión del Jefe de Estado de
relevar a un mando desleal debe ser aprobada por el Senado en una
especie de "juicio político". Esta es una vía necesariamente
impracticable pues ningún Jefe de Estado sensato en el mundo
cometería la irresponsabilidad de abrir un "juicio político" a quien
tiene el dedo en el gatillo ante senadores amedrentados,
amedrentables o cómplices del centurión."

En síntesis, el Ejército de Chile, más propiamente las FF.AA. de
Chile, se mandan solas y la capacidad del Ejecutivo para someterlas a
su voluntad es prácticamente nula, un poder que las FF.AA. sí que
tienen de hecho respecto al Ejecutivo y demás poderes del Estado --el
poder de veto (y acción violenta, si lo estiman necesario) que les da
el monopolio único y exclusivo de las armas.

Que los funerales de honor por Pinochet, que deshonran y rebajan
moralmente al país ante las naciones del mundo, sirvan de aviso de
que el fascismo está vivo y latente en los mandos del Ejército y
demás ramas de las FF.AA. chilenas que también le rendirán honores.

Sí, murió Pinochet, pero Pinochet sigue vivo en "el alma" de las
FF.AA. chilenas. Por esto, hoy no ha sido un día de desahogo, sino
que de profunda preocupación para mí, como también lo será en los
días que vienen y debería serlo para todos los que hoy celebran su
muerte física. ¡La bestia del fascismo sigue viva en Chile!

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Mensajes con este tema (1)
2. CHILE: NADA HA CAMBIADO. NADA.
Enviado por: "Juan Carlos García" jcgarciavera@hotmail.com pim_pin_serafin
Lun, 11 de Dic, 2006 6:35 am (PST)
El velorio de Augusto Pinochet

Se informa que Augusto Pinochet, el feroz dictador chileno, está siendo velado en la
Escuela Militar de Santiago de Chile.

Mi esposa, mi hijo de un año y yo estuvimos detenidos cuatro días en ese recinto
desde el cual fui enviado al Campo de Concentración de Tejas Verdes, en el año 1974. La
Escuela Militar se había convertido en un recinto de tortura y de muerte. Augusto
Pinochet, su jefe máximo, se paseaba por los pasillos del recinto imitando a los jefes nazis
que sólo treinta años antes habían asesinado a miles de comunistas, francmasones,
homosexuales, y a millones de judíos. Allí también se paseaban otros generales,
coroneles y capitanes que compartían los sangrientos puntos de vista de este feroz
general.

En uno de los días de nuestra detención se me llevó a una pequeña oficina donde
había solamente un escritorio, tres sillas, unos banderines con la bandera chilena y unos
guardias que me apuntaban con sus amenazantes metralletas. Entraron dos oficiales. Me
informaron que me harían preguntas y que cada vez que yo mintiera un yatagán que
habían puesto bajo las uñas de mis dedos se iría levantando hasta arrancármelas una por
una. Comenzaron un interrogatorio absurdo. Querían saber cuántas armas habían
ingresado los rusos al país. Dónde estaba el senador Carlos Altamirano. En qué lugar se
encontraba Miguel Enríquez, y si este apellido se escribía Enríquez o Henríquez. Eran dos
jóvenes oficiales (en ese tiempo éramos todos muy jóvenes) que a medida que avanzaban
con el interrogatorio se iban aburriendo y comenzaban a hacerse bromas entre ellos
aludiendo a muchachas de sus amores y volviendo a mí con mayor torpeza y mayor
brusquedad. El cuchillo me lo fueron levantando paulatinamente y cuando aparecieron las
primeras gotas de sangre se detuvieron a conversar entre ellos.

En ese tiempo en la Escuela Militar había un constante ajetreo. Se escuchaban voces
de mando desde todas partes pero lo que más se escuchaban eran los gritos enormes,
profundos, dolorosos, de gente que estaba siendo torturada en otros rincones. El
interrogatorio era interrumpido por estos llantos, por estos ruegos de que no me peguen
más si yo nada sé, qué quieren que yo les diga.

Cuando mi ignorancia no me permitió decir lo que estos oficiales esperaban que yo
dijese se levantó uno de ellos y regresó a los pocos minutos. Cuchichearon por un
momento y cuando el oficial se sentó, escuchamos nítidamente el llanto de un niño, llanto
que se filtraba por una de las paredes colindantes a nuestra salita.

El oficial que había salido me dijo:

-¿Reconoces el llanto?

Yo había creído reconocer el llanto de mi hijo de un año que había sido sacado junto
a su madre y a mí de la casa del señor Obispo de la Iglesia Luterana, don Helmuth Frenz, y
trasladado, junto a nosotros, hasta la Escuela Militar. Pero pensé que me estaba
imaginando una situación. Y me asusté porque muchos de mis amigos habían entrado en
momentos de trastornos tristes cuando se enfrentaban a las realidades inimaginables de
la prisión bajo el régimen de Pinochet. Dije que no. Que no reconocía a nadie.

-¿Qué clase de padre eres?- me dijo el otro oficial.

El niño siguió llorando. Ahora tuve la certeza que era realmente mi hijo. Que lo habían
llevado a la oficina próxima para presionarme el alma. Una dulce voz de madre
desesperada pudo decir dos palabras que yo no pude entender. Era mi esposa. Sin duda
que era ella. Los militares, los valientes soldados de la patria, los aguerridos uniformados
de la Escuela Militar de Santiago de Chile, utilizaban a una mujer y a un niño para que el
padre-esposo, sino sabía, si se hacía el tonto, si pretendía ser más avispados que ellos, al
menos inventara una historia para que no quedaran ante sus jefes como unos perfectos
idiotas.

-Tienes que decirnos algo- dijo el más joven.

Entonces yo les conté que nos vinimos del sur porque nos habían echado de nuestros
trabajos y que la Embajada del Canadá tenía toda nuestra documentación pues viajaríamos
muy pronto a aquel país. Se movieron de sus asientos. Se miraron fijos. Incrédulos, me
exigieron que les entregara mayores antecedentes y noté que se preocuparon que hubiese
extranjeros involucrados en nuestras vidas.

Dos días más tarde mi esposa y mi hijo fueron dejados en libertad y a mí se me envió al
Campo de Concentración de Tejas Verdes (*). Pero durante todas las otras horas que
estuvimos en ese lugar fuimos testigos de las torturas de cientos de personas, del llanto
de niños, de jóvenes, de mujeres, de adultos, que eran introducidos en celdas, golpeados
con laques, lazos, palos, fierros; que eran colgados contra paredes; que eran amarrados
fuertemente de manos y de pies con alambres con púas. Fuimos testigos del paseo de los
oficiales del ejército de Chile que verdaderamente imitaban a los nazis en cada gesto, en
cada paso, en cada palabra, en cada comportamiento. Fuimos testigos de la deformación
humana, de la inhumanidad que produce sentirse protegidos por un líder, que era el tal
Pinochet, al que creían el imbatible, el todopoderoso, el modelo de militar dispuesto al
mandato total y al crimen. Esto es parte de lo que vimos y lo que vivimos la Escuela
Militar de Santiago de Chile.

Esta institución fue vilipendiada, ultrajada, ofendida, por esas fuerzas militares
asombrosamente criminales. Es, pues, el lugar perfecto para velar los restos de Pinochet
porque realmente de eso, en los diecisiete años de presunta democracia, nada ha
cambiado. Observen cómo se comportan en el velorio y el funeral y verán que se parecen
mucho a los de aquel entonces. Nada ha cambiado. Nada.

------------
(*) Nota de PCS: Después que la Presidenta Bachelet, entonces Ministra de Defensa, visitó
Tejas Verdes por primera vez escoltada y guiada por el Ejército, afirmó --incrédula-- no
saber que tal recinto hubiera servido como campo de concentraciónb y exterminio alguna
vez...

QUIEN MANDA AL EJÉRCITO

El gobierno nos ha dicho que es de "mal gusto" hablar del funeral de Augusto Pinochet mientras esté vivo. Pero me temo que, cuando muera, será tarde. Y haremos -como país- algo que no podremos explicar ante la historia. Y cuando digo historia, hablo de nuestros hijos y nietos y todos los que vengan por delante.Ya parece claro que si el deceso ocurre durante el gobierno de Bachelet, no habrá "funeral de Estado" encabezado por nuestra Presidenta. Pero todo indica que el Ejército le rendirá "honores militares" a quien fuera su comandante en jefe por veinticinco años. Así lo informó la ministra de Defensa, ratificando lo antes dicho por el actual jefe del Ejército.Primera pregunta: ¿Es el Ejército un organismo privado que puede decidir por su cuenta y riesgo lo que le venga en gana? La respuesta: no, se trata de un organismo estatal y, por ende, pertenece a todos los chilenos. Es uno de los cuatro organismos de la defensa nacional, cuyos salarios, armas, pertrechos y costoso entrenamiento son pagados con los impuestos de todos los chilenos. A ellos les damos -por ley- el "monopolio en el uso de las armas" justamente porque nos pertenecen a todos. Segunda pregunta: ¿Quién manda al Ejército? Como ocurre en toda democracia, el poder militar está bajo el mando del poder civil. Hasta hace muy poco no era así, ya que la negociación que dio paso a la transición dejó "enclaves autoritarios" que impedían al Presidente de la República cambiar a los jefes del ejército, la armada, la aviación y la policía en caso de ser necesario. Además, les confería un rol clave en el Consejo de Seguridad Nacional que coartaba al Jefe de Estado. El cambio se logró durante la administració n del Presidente Lagos.Tercera pregunta: Si el ejército es obediente al poder civil, expresión de la soberanía popular, ¿quién realmente rendiría honores a Pinochet al momento de su funeral? Respuesta: todos los chilenos.Cuarta pregunta: ¿Amerita el general Pinochet recibir honores militares? Respuesta: no, porque él mismo es el mejor ejemplo de quien transgrede gravemente el honor militar.Vamos por puntos. Rendir honores al general Pinochet es homenajear a quien indultó a los asesinos del comandante en jefe, general René Schneider. Rendir honores a Pinochet es olvidar que su policía secreta asesinó, en Buenos Aires, al ex comandante en jefe Carlos Prats, su antecesor en el cargo. Y con él a su esposa.Eso para empezar a hablar.Sigamos con lo que dijo el general Joaquín Lagos Osorio durante la dictadura, evocando las masacres ocurridas en 1973, mientras era comandante en jefe de la Primera División del Ejército: "Fue y es un dolor tan enorme, un dolor indescriptible. Ver frustrado lo que se ha venerado por toda una vida: el concepto de mando, el cumplimiento del deber, el respeto a los subalternos y el respeto a los ciudadanos que nos entregan las armas para defenderlos y no para matarlos" (1).El general Pinochet violó todas las leyes nacionales e internacionales, incluyendo la Convención de Ginebra, para perseguir a los disidentes a su dictadura. Ordenó asesinatos, desaparición de prisioneros, torturas. Todo ello está debidamente acreditado en los informes oficiales de las comisiones Rettig y Valech. Con aprobación del Congreso y con cargo a fondos del Estado, se han pagado y se pagan indemnizaciones a las víctimas y sus familias.Quinta pregunta: Si el Estado ha reconocido las graves y sistemáticas violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura de Pinochet, ¿cómo es que el Estado va a rendir homenaje, a través del Ejército, a quien fue el jefe máximo de los agentes del Estado que cometieron tales crímenes? Respuesta: no puede hacerlo.No vamos a agregar el fraude al Fisco que investiga la justicia tras descubrirse la red de cuentas secretas y millonarias del general Pinochet. Alguien podría decir que mientras no haya sentencia hay que darle el beneficio de la duda o la presunción de inocencia.Pero tenemos que anotar, finalmente, que rendir honores militares al general Pinochet constituye un acto deleznable en el marco de lo que la propia justicia ya ha establecido. Y constituye un acto que atenta gravemente contra la misma democracia que nuestros legítimos representantes -en La Moneda y el Congreso- han jurado defender.Última pregunta: ¿Qué cree usted que van a pensar los jóvenes cadetes de la Escuela Militar si participan en honores militares para el general Pinochet? Respuesta: que todo lo que hizo quien está en el féretro estuvo bien hecho. Y mañana, siendo generales, pueden repetir esas acciones. Si todos los políticos -desde el oficialismo y la oposición- nos repiten "nunca más", si hasta el ex comandante en jefe Emilio Cheyre pronunció ese "nunca más" con solemnidad, ¿en qué quedamos? Muchos ciudadanos creemos que esto pone en jaque nuestra futura "seguridad" como nación y tenemos derecho a sentirnos desconcertados.
(1) Los Zarpazos del Puma

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Sobre mí

Escritor, n. Antofagasta, 1937... artecorreista. Publicado: Los Mitos derrotados (poemas); Elegía al Chango López (poemas);Pequeña Guía Literaria; Aquelarre (alquelagarre) y figuro en algunas antologías. Se que me llamo Eduardo Díaz Espinoza. Moriré leyendo y escribiendo, como lo sé hacer, a mi manera.

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