Cualquiera lector podría pensar que el poder es algo lejano a los objetivos de los escritores, incluso que luchan contra él y su mal uso. Pero la realidad nos da muchas sorpresas, muchas desilusiones. Durante la tiranía militar los escritores lucharon contra el poder de los opresores, algunos más algunos menos, pero lo hicieron. Lo mismo sucedió en el inicio de la transición, hasta que no pocos probaron el sabor del poder ligado al gremio de los escritores y a los fondos concursables creados por la Concertación (que se ganan en un 70% con un intenso lobby). Poderes mínimos, en todo caso, al lado del poder del Estado, los empresarios y los partidos políticos, pero poder al fin y al cabo, aunque sea éste una parcela miserable para sustentar egos, dar cobijo a la envidia y hacer zancadillas a quienes no se venden por un plato de lentejas ni aceptan las prebendas de los autócratas.
El ambiente literario en Chile, funciona con parcelas de poder y tráfico de influencias, menos con literatura. A los jóvenes se les permite participar en eventos pero no opinar en los estamentos que deciden las políticas culturales y del fomento del libro. A los adultos que critican los acusan de alborotadores o resentidos. Se conforman distintas instancias de gestión literaria y cada una lleva agua para su molino, sin considerar a las otras. Y si bien esto es legítimo, desde el punto de vista de los valores de la libertad, pienso que una confederación de ellas sería más productiva, pero lamentablemente el poder no es generoso ni solidario cuando de intereses de figuración se trata; entonces se abusa de ese poder, marginando, minimizando o desprestigiando a quienes los dirigentes de ocasión consideran les pueden hacer sombra. La Sech, con todo lo rescatable que le podemos encontrar durante su trayectoria, es un ejemplo más de la situación que hoy viven los gremios de nuestro país. Una instancia que debería ser el baluarte en la defensa de derechos de los escritores y su integración colectiva, no cumple esa función. Cualquiera puede hacer un evento en la Sech, pero eso no lo es todo. Se requiere democracia real en la toma de decisiones, proyectos y rendición de gestión de sus representantes ante el Consejo Nacional del Libro, por poner un caso. Cuando no se da cuentas, cuando se margina, cuando se personaliza, cuando se le falta el respeto a un escritor por ignorancia o mediocridad, se está abusando del poder.
Ante este panorama, surgen las siguientes interrogantes: ¿Para qué sirve realmente hoy la Sech en cuanto a la literatura y lo gremial? ¿Será necesario refundarla o simplemente está caduca y su ocaso se acerca? ¿Son verdaderamente escritores todos los socios de Sech? Y esto último lo digo sin pretender insultar a nadie, pues soy el primero en defender el albedrío de las personas de dedicarse a cualquier oficio. Pero hay que hacerlo bien, ser responsables con el oficio. Ser escritor significa estudiar, leer mucho, intentar saber siempre qué se está escribiendo en estos momentos a lo largo del país y el mundo. Y por supuesto tratar de escribir bien, lo mejor que se pueda. Un escritor lo es por lo que escribe, no porque sea dirigente de un gremio o recorra el país dando discursos empalagosos e interesados para obtener un plato de curanto, papayas o longanizas gratis. Y más encima ofendiendo el talento de jóvenes poetas, y de esa categoría existen muchos. Tampoco ser buena persona es sinónimo de ser escritor, aunque se tenga carné de la Sech, allí hay un concepto mal entendido. Para ser escritor hay que tener algo que mostrar literariamente, ser constante. Ser escritor es serlo todos los días del año, e insisto, leer mucho. Quizá alguno o más de alguno se molestará con mis palabras, pero son una constatación de algo que ocurre objetivamente, además me importa un pendejo lo que se diga de mí, sobre todo por parte de quienes la mala leche les brota por los poros y ya bastante me han denostado con sus sofismas. Personalmente, en estos momentos, no me representa ni la Sech, ni las estúpidas separaciones en generaciones, y menos los megalómanos o aspirantes a poetas malditos que la circundan. Cuando digo Sech, me refiero a su dirigencia nacional como ente colegiado y a sus aliados u operadores de oportunidad. Respecto a la mayoría de los socios, son como unos fantasmas de la omisión que mantienen una acentuada actitud de rebaño, siendo acólitos de un destino que nada tiene que ver con la literatura. ¿Hay excepciones? Por supuesto, hay alguna gente valiosa, generosa, honesta y sin cálculos mezquinos en sus expectativas, y por eso la esperanza se mantiene. No hay que perderla.
Por ahora, llego hasta aquí, el resto lo dejo a la reflexión de los lectores. Debo seguir escribiendo sobre otras cosas de este mundo que se avizoran más interesantes…

Alejandro Lavquén