Ramón López Velarde
La conciencia sacrílega

Por Óscar Wong
Si la escritura es una vía de conocimiento y representa una concepción de vida, puesto que nombrar significa llenar el vacío, ordenar lo informe, Ramón López Velarde ejerce una acción constante sobre el mundo al volcar su expresión sensible en ese espacio privilegiado de la voz. Sonoridad, brillantez y contundencia en las imágenes, adjetivos reveladores, así como marcado equilibrio entre la emoción y el ejercicio de la inteligencia caracterizan a su obra lírica. Desde sus primeros poemas, el poeta de Jerez, Zacatecas, buscó el desplazamiento de la métrica y la rima apoyándose en la acentuación y en el alargamiento del verso, en los encabalgamientos y en otros recursos que posteriormente determinarían su peculiar, y particular, estilo. Sensualmente sacro, eróticamente profano, López Velarde buscó dar cauce a su propuesta estética a través de un esquema sonoro de primer orden.
Atmósferas taciturnas, sonido y ritmo, percepción y concepto, no el simple ordenamiento de palabras apoyándose en la dinámica interna provocada por la emoción, sino la revelación espiritual, esa profunda serie de símbolos que el corazón reconoce como memoria y que condensa la esencia de la vida misma, sirven de apoyo para integrar esa expresión inconfundible que lo distingue. Por supuesto que vida y poesía se vinculan para manifestar los signos que traducen a la realidad. Se ha dicho que el poeta, hacedor de signos, no es un simple emisor de elevadas notas líricas, sino que también es un narrador de historias donde se desplazan las voces de la humanidad, las “diez mil cosas” de que hablan los chinos para referirse al mundo circundante. Por eso las palabras cotidianas se trastocan y se vuelven inusuales. Tal el sentido de los adjetivos utilizados por el autor que me ocupa.
Pero, ¿qué hay detrás del verso lopervelardiano? No el sometimiento a la métrica y a la rima, puesto que desde sus inicios procuró dilatar el ritmo utilizando alejandrinos, versos pareados, epítetos insólitos, voces esdrújulas, para significar una dimensión única, estética, donde el orden sonoro de la imagen alcanza el ámbito de la Revelación. Porque después de todo, las palabras son símbolos, recuerdos compartidos. En terrenos de lo poético, la acertada combinación de sílabas largas y breves, los silencios, la asonancia así como la aliteración, van más allá de la simple magnitud, y condición, significativa. Hay, ciertamente, una ampliación del horizonte sonoro-semántico, una necesidad de convocar emociones y percepciones, experiencia y conocimiento.
Más allá del primer nivel literal, significativo, las palabras abren su expresividad a otras esferas más plenas, independientemente del sentido original, histórico, psicológico, simbólico, perceptivo, etc. El auténtico poeta, según Robert Louis Stevenson, convierte las palabras en algo mágico, las vuelve útiles más allá de su finalidad y uso, puesto que la poesía devuelve al lenguaje a su fuente primigenia . Por eso la peculiar manera de adjetivar en López Velarde, que va más allá del aspecto sensorial de las cosas, busca de manera consciente la perceptibilidad, el significado sensible de las palabras. Y es que, como sugiere Francis Ponge en El silencio de las cosas , la palabra adquiere un sentido oracular, representa además un enigma que debe ser develado.
Sonido, representación gráfica y significado constituyen un vínculo único, ciertamente, modificado por la percepción emotiva. La palabra no designa simplemente al objeto, sino que previamente se llega al concepto o idea. Y aquí no hablo sólo de la representación gráfica o escritural: la resonancia sonora, la manera de expresar las cosas, modifica el significativamente el sentido. Borges es muy claro al respecto: “la perfección en poesía no parece extraña: parece inevitable” . El poeta entabla esta relación acaso lúdica. Sonoridad, resonancia equilibrada con los necesarios silencios, que de alguna manera también representan imágenes sonoras.
Lo que Ezra Pound determina como logopea es de capital importancia para entender el fenómeno poético .. López Velarde consigue vincular la combinación silábica con los acentos esdrújulos; los silencios con los encabalgamientos; las aliteraciones y reiteraciones con los versos pareados. Y sobre los adjetivos, que W. Phillips denominada “metafóricos”; el poeta de Jerez no pretende “calificar” al objeto (sustantivo) sino de otorgarle una cualidad sensitiva y visual, potencializándolo para ampliar su contenido semántico y estético. Temáticamente hablando busca expresar sus peculiares atmósferas ocres, taciturnas –la “íntima tristeza reaccionaria”- con el sentido sacro del mundo, sobre todo cuando pretende reflejar el amor. Un equilibrio espléndido entre contenido y expresión, a pesar de su singular tono y que a la vista de una rápida lectura puede inquietar. No el texto que busca ciertos niveles de retórica, sino la profunda intención de conseguir otras vertientes estéticas, otras sonoridades. Más que forma, investidura, aunque Xavier Villaurrutia califica a esta cualidad lopezvelardeana como “poesía poliédrica, irregular y compleja” . Sin embargo, la acentuación esdrújula, la combinación silábica predeterminada, así como la isorrima aconsonantada (similar a los versos pareados), son fundamentales para provocar esa contundente atmósfera sonora característica en el poeta de Jerez:

Yo tuve en tierra adentro, una novia muy pobre:
ojos inusitados de sulfato de cobre.

(No me condenes...)

Es decir, si el metro representa el orden sonoro de la imagen e introduce en el espacio de la voz unidades temporales cuantificadas -donde se combinan la cadencia y el sonido, el espacio y el tiempo poéticos-, entonces el poeta trasciende al lenguaje por medio del ritmo. López Velarde da una clara muestra de ello. Así, una imagen suscita a otra, puesto que la función predominante del acento distingue a la composición poética de las otras formas literarias.
El poema, advierte Octavio Paz en El arco y la lira, es un conjunto de frases, un orden verbal, fundado en el ritmo y en la acentuación equilibrada, correcta. En la eufonía de este poeta zacatecano se advierte la ejecución y la estructura. Hay un rasgo pertinente distintivo en López Velarde: por su misma naturaleza fónica, atributos que se encuentran en los sonidos (la carga esdrújula, por ejemplo, o los pares mínimos de versos) y que conforman esa atmósfera de sonoridad cuasi abstracta en el plano del contenido. Al igual que el metro, las imágenes son estructuras fundamentales de un poema, puesto que integran el estrato sintáctico o estilístico y determinan el significado. López Velarde se apoya en ello, además utiliza la metáfora de manera adecuada, no como un simple artificio estético. Tampoco constituye un recurso decorativo o un aspecto sonoro-semántico. Además, las consonancias, el apareamiento, la combinación silábica, develan con vigorosa lucidez expresiones inevitablemente imprevistas:
Prolóngase tu doncellez
como una vacua intriga de ajedrez.

Torneada como una reina
de cedro, ningún jaque te despeina.

Mis peones tantálicos
al rondarte a deshora,
fracasan en sus ímpetus vandálicos.

La lámpara sonroja tu balcón;
despilfarras el tiempo y la emoción.


Yo despilfarro, en una absurda espera,
fantasía y hoguera.

(Despilfarras el tiempo)
Es evidente que estos recursos no corresponden a simples esquemas fonéticos o de ornamentación acústica, sino que llegan a lo que Welleck y Warren determinan como vínculo significativo o cópula semántica . López Velarde, aparentemente, busca sorprender con una novedosa forma de expresión, pero Independientemente de la sonoridad, se advierte que la metáfora (metáphoré, transferir), traslada lo material en cosa nombrada; esta conversión (trans-formación, metamórfosis) atañe a la forma, ciertamente, pero involucra al contenido. La relación es profunda, íntima, tanto en el orden sonoro del verso como en el ámbito conceptual-significativo, por eso se fortalece el impacto estético en el lector proyectando más intencionalidad emotiva. Lo que el poeta refiere no ocurre, de ninguna manera, en la realidad real, sino lingüística. Es una imagen nueva. Y aquí conviene resaltar que por esos años, Vicente Huidobro reflexiona ya sobre el poema creado, buscando revelar, y revolucionar, la metáfora como expresión sensitiva-conceptual, a través de versos contundentes que resumen cadencia, metonimia y simultaneidad de planos de significados, sin soslayar la capacidad estética en el lenguaje . El acierto de Velarde: la peculiar sonoridad que apunta al versolibrismo al privilegiar el acento encabalgado, apoyándose en la cesura y no en la pausa, sus imágenes “creadas”, sus adjetivos reveladores que marcan sensaciones, percepciones emocionales -no situaciones de contenidos o conceptos-, así como su intencionalidad reveladoramente expresiva. “Si la forma de ser es la de una cosa física. Su metábolé es literalmente meta-física. Sobre todo es meta-física la metábolé que efectúa la palabra”, acota Nicol . Octavio Paz precisa: “López Velarde es un poeta difícil y proclama una estética difícil. Su odio a ´la crasa dicción de la ralea´ es el reverso de su amor por la expresión que ciega a fuerza de evidencia. Así, no busca tanto la sorpresa como lo genuino. Su originalidad es un ir hacia el origen, hacia lo más antiguo: descubrir la raíz. El poema no es un objeto recién manufacturado sino un talismán recién desenterrado. La novedad y la sorpresa son las dos alas del poema y sin ellas no hay poesía; pero el cuerpo del poema es el descubrimiento de una realidad sin fecha.
Para López Velarde expresión es sinónimo de exploración interior y ambas de creación de sí mismo” . Pero, ¿cómo consigue esta peculiaridad estilística? Pedro Henríquez Ureña, nos recuerda que la versificación castellana es, en general, silábica, o, con más exactitud, isosilábica puesto que cada forma de verso tiene un número fijo de sílabas. Por supuesto que no toda la versificación castellana es silábica: existió, desde el siglo XII al XIV, la amétrica, enteramente irregular, como en el Cantar de Mio Cid; y luego, de fines del XIV a principios del XCIII, existió la rítmica, en la cual los versos no tienen número fijo de sílabas, pero sí tienen acentuación marcada, debido a la influencia de la música con que se cantaban .. El poeta de Jerez busca el desplazamiento acentual, apoyándose en los encabalgamientos, en los esdrújulos y adjetivos inusuales, provocando incluso el rompimiento analógico en la sinécdoque y la metonimia, pese a su visualización, aunque parezca un contrasentido:
Si el sol inexorable, alegre y tónico,
hace hervir a las fuentes catecúmenas
en que báñase mi sueño crónico;
si se afana la hormiga;
si en los techos resuena y se fatiga
de los buches de tórtola el reclamo
que entre las telarañas zumba y zumba:
mi sed de amar será como una argolla
empotrada en la losa de una tumba.

(El retorno maléfico)
La lectura crítica que nos ofrecen Villaurrutia y Paz, determina que López Velarde sabe aprovechar los hallazgos de Lugones y de Herrera y Reissig en cuanto a las imágenes inesperadas, sonoridad, aciertos de expresión y adjetivos insólitos, y de Laforgue el prosaísmo y adecuado desdoblamiento del yo.
Sus intenciones son del orden de la visualización y conformación estética para provocar el estremecimiento a que aludía en lengua francesa el autor de Las flores del mal.“De buena gana –dice Xavier Villaurrutia- habría creado todo un lenguaje para su uso personal, como dicen que parece haber sido el propósito de Góngora, a quien amaban con pasión. Pero dar nuevos nombres a las cosas lo habría confinado en el círculo de la razón perfecta, es decir, en el círculo de la locura. Como a todo buen poeta, le quedaba el recurso de hacer pasar los nombres por la prueba del adjetivo: de ella salían vueltos a crear, con la forma inusitada, diferente, que pretendía y muy a menudo alcanzaba a darles”. Por supuesto que López Velarde busca privilegiar la sonoridad de la imagen para exaltar el sentido. Por lo mismo, desde sus primeros poemas (1905-1912) utiliza versos de 14 sílabas, con algunos pareados que establecen la resonancia y algunas comparaciones similares a la de la poesía hebrea .

La preponderancia de alejandrinos, combinados con un endecasílabo y un tetrasílabo provocan la dinámica interna del verso. La adjetivación empieza a ser reveladora: “ostracismo acerbo”, “infantil asedio”, “musicales nidos”, “tristeza extática”, etc. La acentuación esdrújula empieza a ser primordial. En La sangre devota (1916) la dimensión taciturna prevalece. El volumen es, de hecho, “una suma/ de nostalgias y arraigos” en virtud de ese hálito ocre, contrito, y a esa “inestable eternidad de espuma” de sus atmósferas espirituales, reveladoras. Endecasílabos y heptasílabos marchan sin el apoyo de la rima. En apariencia los versos son libres, precisamente por la acentuación y la peculiar manera de adjetivar. De esta manera, las manos se vuelven adictas y la novedad es bárbara. El poema “Mi prima Águeda” destaca por los encabalgamientos y la alternancia de versos blancos (11 y 7 sílabas), así como ese singular manejo de sonoridades y cadencias:
Mi madrina invitaba a mi prima Águeda
a que pasara el día con nosotros,
y mi prima llegaba
con un contradictorio
prestigio de almidón y de temible
luto ceremonioso”.

En Zozobra (1919), la singular resonancia lopezvelardeana se desborda. El ritmo es más ágil y su sentido acústico y visual provoca desasosiegos y una dinámica interna que repercute en la acentuación, como de encrespamiento cadencioso; la función adjetival llega hasta sus últimas consecuencias, modificando la substancia lingüística, semántica: corazón retrógrado, lúgubres arreos, licor letárgico, acucioso espíritu, fulmíneas paradojas, falda lúgubre, condensan y compactan la substancia verbal. Sin embargo, en el poema “No me condenes...” la rima es capital, aunque por la combinación silábica, por la peculiar acentuación se consigue un efecto de oleaje rítmico, donde los pareados insisten y persisten en revelar, de manera incisiva, el orden acústico del verso. Otro poema fundamental en esta etapa es “Despilfarras el tiempo...” donde la consonancia, el apareamiento, la combinación acentual asumen capital importancia. También la visualización de las imágenes revela la exploración interior, la conciencia crítica, el instinto creador (Paz dixit), que repercute en el signo representado por la sensación gozosa del sonido:
... seré impasible por el este y el oeste,
asistiré con una sonrisa depravada
a las ineptitudes de la inepta cultura,
y habrá en mi corazón la llama que le preste
el incendio sinfónico de la esfera celeste.

(Mi corazón se amerita...)
Paz ha señalado su parentesco con Baudelaire, su erotismo que va de la rebeldía a la sumisión, la ambigua e interminable despedida que la figura de Fuensanta le provocaba. El rango ideológico no es propiamente el reaccionario catolicismo que han señalado algunos lectores torpes, puesto que en el zacatecano subyace un sentido herético, agnóstico, precisa nuestro Premio Nobel de Literatura.
Con la ignorancia de la nieve/ y la sabiduría del jacinto, López Velarde va de la contemplación reflexiva del amor a la búsqueda gozosa de la entrega no consumada , visión espiritual que acepta con resignación la pasión de la carne, sacralizada por la unión dilecta, contrapuesta, del vacío como presencia enigmática y la completud por la amada. Un sentido evocativo imposible de llenar. Conviene resaltar que en El son del corazón (1932), publicado de manera póstuma, el poeta empieza a prescindir de los epítetos reveladores, privilegiándola substancia. Los 17 poemas demuestran que el ritmo es ágil y preciso, más natural; paulatinamente se va fortaleciendo la acción del sustantivo y ya no prevalece “el artificio pérfido del adjetivo”, para usar los términos pacianos. “Anna Pavlova”, “Gavota” y “Si soltera agonizas”, por ejemplo, demuestran mi aserto. Y aunque López Velarde es un creyente apasionado, cuya fe se erige en contemplación activa; una conciencia sacrílega que visualiza con pesimismo la incompatibilidad del mundo, en este volumen póstumo se revela más con un sentido épico, casi cívico: “Suave patria” es un canto que oscila entre la expresión intimista y la visión cívica que el poeta tiene del país; ahí se advierte a López Velarde como un genuino orfebre, un alquimista del lenguaje cuya sonoridad expresiva es sinónimo de exploración interior. El impacto sonoro, la persistencia en abordar imágenes reveladoras y contundentes va en detrimento de la emotividad necesaria. En ocasiones se advierte demasiada escenografía verbal, que minimiza el efecto sagrado del acto de nombrar. Paz reconoce la condición eufuista del autor: “La maestría vence con frecuencia a la inspiración, la receta suplanta a la invención y el hallazgo al verdadero descubrimiento. La mirada del poeta no penetra en la realidad de sí mismo ni en la de su pueblo” . Su riqueza léxica, las atmósferas logradas en virtud de la imagen forjada por los adjetivos reveladores, las reiteraciones sonoras, aliteraciones y encabalgamientos cuya forma acentual descansa en la cesura y no precisamente en la pausa, son los rasgos pertinentes para considerar que López Velarde seguramente hubiese forjado una obra más profunda y rica, conceptual y expresivamente hablando. Su visión e intencionalidad lírica se agilizaban y profundizaban en virtud a esas relaciones insólitas y sutiles que establecía entre las cosas y su reconcentrado modo de ser. La bronconeumonía truncó ese futuro ahora prefigurado.
Notas
Jerez, Zacatecas, 1888- Ciudad de México, junio 21 de 1921. Todas las citas de sus poemas pertenecen l libro Poesías completas y El minutero (Edic. y Pról.. de Antonio Castro Leal), Edit. Porrúa, Colec. de Escritores Mexicanos, Méx., 1983, 366 pp.

Ya Allen W. Phillips se ha ocupado brillantemente de la obra lopezvelardeana en Ramón López Velarde, el poeta y el prosista, INBA, Depto. de Lit., Méx., 1962, 351 pp.

Apud Jorge Luis Borges, Arte y poética, Edit. Crítica, Barcelona, 2001

U. Iberoamericana, Méx., 2000, trad. de Silvia Pratt

Op. cit., p. 10

Véase El arte de la poesía, Edit. Joaquín Mortiz, Méx., 1983, 131 pp. Antiguamente le denominaban estilo, aunque desde mi particular concepción involucra la malicia, la necesaria experiencia, la sabia intencionalidad para combinar las herramientas que conforman el entramado del verso.

Cfr. el prólogo a El león y la virgen, UNAM, Méx., 1942

Cfr. Teoría literaria, Edit. Gredos, Madrid, 1966

Octavio Paz, en un prólogo determinante, es el único crítico que se atreve a señalar en dirección al Creacionismo en la obra lírica del poeta jerezano, aunque como expresión de búsqueda y no como yo lo preciso: la imagen como manifestación lingüística que muestra un nivel de realidad más profunda, cuasi creacionista; por algo también Pound señala a esta cualidad en tanto fanopea (de phainos, muestro)

Cfr., Formas sublimes de hablar. Poesía y filosofía, UNAM, Méx., 1990, 182 pp.

Véase el prólogo a La suave patria y otros poemas, FCE, Colec. Breviarios, Méx., 1987

Véase Antología de la versificación rítmica, FCE, México, 1999

“El piano de Genoveva”, por ejemplo, en Ramón López Velarde. La suave patria y otros poemas, ibid.

Véase el estudio de Octavio Paz, op. cit., ibid. Gabriel Zaid coincide con Paz al señalar que el tema del amor imposible deviene de los cátaros y de los trovadores provenzales del siglo XIII, Cfr. Un amor imposible de López Velarde, Deslinde No. 167, UNAM, Méx., 1986, 33 pp. (publicado originalmente en la Revista Vuelta, No. 110)

Cfr. el prólogo a La suave patria y otros poemas, FCE, Colec. Breviarios, Méx., 1987