Emile Cioran - El parásito de los poetas
Una biografía solo es legítima si hace evidente la elasticidad de un destino, la suma de variantes que comporta. Pero el poeta sigue una línea de fatalidad cuyo rigor nada flexibiliza. La vida les toca en suerte a los filisteos; y para suplir lo que no han tenido se han inventado las biografías de los poetas...
El poeta sería un tránsfuga odioso de la realidad si en su huida no llevase consigo su desdicha. Al contrario del místico o el sabio, no sabría escapar a sí mismo ni evadirse del centro de su propia obsesión: incluso sus éxtasis son incurables, y signos premonitorios de desastres. Inepto para salvarse, para él todo es posible, salvo su vida...
II. En esto reconozco a un verdadero poeta: frecuentándole, viviendo largo tiempo en la intimidad de su obra, algo se modifica en mí: no tanto mis inclinaciones o mis gustos como mi propia sangre, como si una dolencia sutil se hubiera introducido en ella para alterar su curso, su espesor, su calidad. Valéry o Stefan George nos dejan allí donde les abordamos, o nos vuelven más exigentes en el plano formal del espíritu: son genios de los que no sentimos necesidad, solo son artistas. Pero un Shelley, pero un Baudelaire, pero un Rilke intervienen en lo más profundo de nuestro organismo, que se los apropia como lo haría con su vicio. En su proximidad, un cuerpo se fortifica, y luego se ablanda y se desagrega. Pues el poeta es un agente de destrucción, un virus, una enfermedad disfrazada y el peligro más grave, aunque maravillosamente impreciso, para nuestros glóbulos rojos. ¿Vivir en su territorio? Es sentir adelgazarse la sangre, es soñar un paraíso de la anemia, y oír, en las venas, el fluir de las lágrimas...
III. Mientras que el verso lo permite todo, y en él podéis verter lagrimas, vergüenzas, éxtasis y sobre todo quejas, la prosa os prohíbe expansionaros o lamentaros: repugna a su abstracción convencional. Exige otras verdades controlables, deducidas, mesuradas. Pero, ¿y si se robasen las de la poesía, si se saquease su tema, y si uno se atreviese a tanto como los poetas? ¿Por qué no insinuar en el discurso nuestras indecencias, nuestras humillaciones, nuestras muecas y nuestros suspiros? ¿Por qué no estar descompuesto, podrido, ser cadáver, ángel o Satán en el lenguaje de lo vulgar, y traicionar patéticamente tantos aéreos y siniestros vuelos? Mucho mejor que en la escuela de los filósofos, es en la de los poetas en la que se aprende el valor de la inteligencia y la audacia de ser uno mismo. Sus "afirmaciones" hacen palidecer los apotegmas más extrañamente impertinentes de los antiguos sofistas. Nadie las adopta: ¿hubo jamás un solo pensador que fuese tan lejos como Baudelaire o que se atreviese a transformar en sistema una fulguración de Lear o un monologo de Hamlet? Quizá Nietzsche antes de su fin, pero, ay, se obstinaba aún en sus estribillos de profeta... Buscaremos del lado de los santos? Ciertos frenesíes de Teresa de Ávila o Ángeles de Foligno...Pero se encuentra demasiado a menudo a Dios, ese sinsentido consolador que, apuntando su valor disminuye su calidad. Pasearse sin convicciones y solo no es propio de un hombre, ni siquiera de un santo; a veces, sin embargo, lo es de un poeta...
Imagino a un pensador exclamando en un movimiento de orgullo: "Me gustaría que un poeta se fabricase un destino con mis pensamientos!". Pero para que su aspiración fuese legítima, haría falta que él mismo frecuentase largo tiempo a los poetas, que sacase de ellos delicias de maldición, y que les devolviese, abstracta y acabada, la imagen de sus propias caídas o de sus propios delirios; haría falta sobretodo que sucumbiese en el umbral del canto, e, himno vivo más allá de la inspiración, que conociese el pesar de no ser poeta, de no estar iniciado en la "ciencia de las lágrimas", en los azotes del corazón, en las orgías formales, en las inmortalidades del instante...
...Muchas veces he soñado con un monstruo melancólico y erudito, versado en todos los idiomas, íntimo de todos los versos y de todas las almas, y que errase por el mundo para nutrirse de venenos, de fervores, de éxtasis, a través de las Persias, las Chinas, las Indias muertas, y las Europas moribundas, muchas veces he soñado con un amigo de los poetas que los hubiese conocido a todos por desesperación de no ser de los suyos.
En Breviario de podredumbre
Yo, Galileo Galilei, he abjurado y firmado con mi puño y letra.
Samuel Beckett – Mal visto mal dicho
Desde su jergón ve alzarse Venus. Una vez más. Desde su jergón con tiempo claro ve alzarse Venus seguida del sol. Se desata entonces en improperios contra el origen de toda vida. Una vez más. A la tarde con tiempo claro goza con su revancha. Sobre Venus. Ante la otra ventana. Sentada rígida en su vieja silla espía a la radiante. Su vieja silla de abeto con barras y sin brazos. Emerge de los últimos rayos y cada vez más brillante decae y se abisma a su vez. Venus. Una vez más. Erguida y rígida permanece allí en la sombra creciente. Toda vestida de negro. Mantener esa posición es más fuerte que ella. Dirigiéndose de pie hacia un punto preciso a menudo se detiene súbitamente. No pudiendo continuar hasta mucho más tarde. Sin saber ya hacia dónde ni con qué motivo. De rodillas sobre todo le duele no permanecer así para siempre. Las manos una encima de la otra sobre un apoyo cualquiera. Como el pie sobre el jergón. Y su cabeza sobre ellas. Hela ahí pues como convertida en piedra de cara a la noche. Solos el blanco de los cabellos y el blanco ligeramente azulado del rostro y las manos huellan la oscuridad. Para un ojo que no tuviese necesidad de luz para ver. Todo esto en presente. Como si tuviese la desgracia de estar aún con vida.
Maldición contra Spinoza
Acta de excomunión de Spinoza
Amsterdam, 27 de julio de 1656




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