Emile Cioran - El parásito de los poetas

I. No puede haber desenlace para la vida de un poeta. Todo lo que no ha emprendido, todos los instantes alimentados con lo inaccesible, le dan su poder. ¿Experimenta el inconveniente de existir? Entonces su facultad de expresión se reafirma, su aliento se dilata.

Una biografía solo es legítima si hace evidente la elasticidad de un destino, la suma de variantes que comporta. Pero el poeta sigue una línea de fatalidad cuyo rigor nada flexibiliza. La vida les toca en suerte a los filisteos; y para suplir lo que no han tenido se han inventado las biografías de los poetas...

La poesía expresa la esencia de lo que no podríamos poseer; su significación última: la imposibilidad de toda "actualidad". La alegría no es un sentimiento poético. (Proviene, sin embargo, de un sector del universo lírico donde el azar reúne, en un mismo haz, las llamas y las estupideces.) ¿Se ha visto alguna vez un canto de esperanza que no inspirase una sensación de malestar, incluso de repulsión? Y ¿cómo cantar una presencia cuando incluso lo posible está manchado por una sombra de vulgaridad? Entre la poesía y la esperanza, la incompatibilidad es completa; de este modo el poeta es víctima de una ardiente descomposición. ¿Quién se atrevería a preguntarle como ha experimentado la vida, cuando ha vivido gracias a la muerte? Cuando sucumbe a la tentación, pertenece a la comedia... Pero si, por el contrario, de sus llagas brotan llamaradas, y canta a la felicidad - esa incandescencia voluptuosa de la desdicha - se sustrae al matiz de vulgaridad inherente a todo acento positivo. Es Hölderlin refugiándose en una Grecia soñada y transfigurando el amor en embriagueces más puras, en las de la irrealidad...

El poeta sería un tránsfuga odioso de la realidad si en su huida no llevase consigo su desdicha. Al contrario del místico o el sabio, no sabría escapar a sí mismo ni evadirse del centro de su propia obsesión: incluso sus éxtasis son incurables, y signos premonitorios de desastres. Inepto para salvarse, para él todo es posible, salvo su vida...

II. En esto reconozco a un verdadero poeta: frecuentándole, viviendo largo tiempo en la intimidad de su obra, algo se modifica en mí: no tanto mis inclinaciones o mis gustos como mi propia sangre, como si una dolencia sutil se hubiera introducido en ella para alterar su curso, su espesor, su calidad. Valéry o Stefan George nos dejan allí donde les abordamos, o nos vuelven más exigentes en el plano formal del espíritu: son genios de los que no sentimos necesidad, solo son artistas. Pero un Shelley, pero un Baudelaire, pero un Rilke intervienen en lo más profundo de nuestro organismo, que se los apropia como lo haría con su vicio. En su proximidad, un cuerpo se fortifica, y luego se ablanda y se desagrega. Pues el poeta es un agente de destrucción, un virus, una enfermedad disfrazada y el peligro más grave, aunque maravillosamente impreciso, para nuestros glóbulos rojos. ¿Vivir en su territorio? Es sentir adelgazarse la sangre, es soñar un paraíso de la anemia, y oír, en las venas, el fluir de las lágrimas...

III. Mientras que el verso lo permite todo, y en él podéis verter lagrimas, vergüenzas, éxtasis y sobre todo quejas, la prosa os prohíbe expansionaros o lamentaros: repugna a su abstracción convencional. Exige otras verdades controlables, deducidas, mesuradas. Pero, ¿y si se robasen las de la poesía, si se saquease su tema, y si uno se atreviese a tanto como los poetas? ¿Por qué no insinuar en el discurso nuestras indecencias, nuestras humillaciones, nuestras muecas y nuestros suspiros? ¿Por qué no estar descompuesto, podrido, ser cadáver, ángel o Satán en el lenguaje de lo vulgar, y traicionar patéticamente tantos aéreos y siniestros vuelos? Mucho mejor que en la escuela de los filósofos, es en la de los poetas en la que se aprende el valor de la inteligencia y la audacia de ser uno mismo. Sus "afirmaciones" hacen palidecer los apotegmas más extrañamente impertinentes de los antiguos sofistas. Nadie las adopta: ¿hubo jamás un solo pensador que fuese tan lejos como Baudelaire o que se atreviese a transformar en sistema una fulguración de Lear o un monologo de Hamlet? Quizá Nietzsche antes de su fin, pero, ay, se obstinaba aún en sus estribillos de profeta... Buscaremos del lado de los santos? Ciertos frenesíes de Teresa de Ávila o Ángeles de Foligno...Pero se encuentra demasiado a menudo a Dios, ese sinsentido consolador que, apuntando su valor disminuye su calidad. Pasearse sin convicciones y solo no es propio de un hombre, ni siquiera de un santo; a veces, sin embargo, lo es de un poeta...
Imagino a un pensador exclamando en un movimiento de orgullo: "Me gustaría que un poeta se fabricase un destino con mis pensamientos!". Pero para que su aspiración fuese legítima, haría falta que él mismo frecuentase largo tiempo a los poetas, que sacase de ellos delicias de maldición, y que les devolviese, abstracta y acabada, la imagen de sus propias caídas o de sus propios delirios; haría falta sobretodo que sucumbiese en el umbral del canto, e, himno vivo más allá de la inspiración, que conociese el pesar de no ser poeta, de no estar iniciado en la "ciencia de las lágrimas", en los azotes del corazón, en las orgías formales, en las inmortalidades del instante...

...Muchas veces he soñado con un monstruo melancólico y erudito, versado en todos los idiomas, íntimo de todos los versos y de todas las almas, y que errase por el mundo para nutrirse de venenos, de fervores, de éxtasis, a través de las Persias, las Chinas, las Indias muertas, y las Europas moribundas, muchas veces he soñado con un amigo de los poetas que los hubiese conocido a todos por desesperación de no ser de los suyos.

En Breviario de podredumbre

Trad. de Fernando Savater
Buenos Aires, Taurus, 1991

Madrid, Editorial Debate, 1992
Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto florentino Vincenzo Galilei, de setenta años de edad, compareciendo personalmente en el juicio y arrodillado ante Vosotros, Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, Inquisidores generales contra la perversidad herética en toda la República Cristiana, teniendo ante mis ojos los Sacrosantos Evangelios que toco con mis propias manos, juro que siempre he creído, creo ahora y con la ayuda de Dios creeré en el futuro, todo aquello que considera, predica y enseña la Santa, Católica y Apostólica Iglesia. Mas como por este Santo Oficio, tras haber sido jurídicamente intimado mediante precepto a que de cualquier modo debía abandonar totalmente la falsa opinión de que el Sol es el centro del Universo y que no se mueve, y que la Tierra no es el centro del Universo y que se mueve, y que no podía sostener, defender ni enseñar en modo alguno, ni de palabra ni por escrito, la mencionada falsa doctrina, y después de haberme sido notificado que la citada doctrina es contraria a las Sagradas Escrituras, por haber yo escrito y publicado un libro en el cual trato de dicha doctrina y aporto razones muy eficaces en favor suyo sin aportar solución alguna, he sido juzgado vehementemente como sospechoso de herejía, esto es, de haber creído y sostenido que el Sol es el centro del Universo y que es inmóvil, y que la Tierra no es el centro y que se mueve. Por ello, queriendo apartar de la mente de Vuestras Eminencias y de todo fiel cristiano esta vehemente sospecha, justamente concebida a propósito mío, con sinceridad de corazón y no fingida fe abjuro, maldigo y aborrezco los mencionados errores y herejías, y en general cualquier otro error, herejía o secta contraria a la Santa Iglesia; y juro que en el futuro no oiré nunca más ni afirmaré, por escrito o de palabra, cosas por las cuales pueda ser objeto de semejantes sospechas; y si conociera algún hereje o alguno que fuera sospechoso de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o ante el Inquisidor u Ordinario del lugar donde me halle.
Juro también y prometo cumplir y observar enteramente todas las penitencias que me han sido o me serán impuestas por este Santo Oficio, y si contravengo alguna de estas promesas y juramentos, cosa que no quiera Dios, me someto a todas las penas y castigos que los sagrados cánones y otras constituciones generales y particulares imponen y promulgan contra semejantes delitos. Que Dios me ayude, y estos sus Santos Evangelios que toco con mis propias manos.
Yo, Galileo Galilei, he abjurado, jurado, prometido y me he obligado del modo que figura más arriba. En testimonio de la verdad he escrito la presente cédula de abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de Minerva, este 22 de junio de 1633.

Yo, Galileo Galilei, he abjurado y firmado con mi puño y letra.


Samuel Beckett – Mal visto mal dicho

Desde su jergón ve alzarse Venus. Una vez más. Desde su jergón con tiempo claro ve alzarse Venus seguida del sol. Se desata entonces en im­properios contra el origen de toda vida. Una vez más. A la tarde con tiempo claro goza con su revancha. Sobre Venus. Ante la otra ventana. Sentada rígida en su vieja silla espía a la radiante. Su vieja silla de abeto con barras y sin brazos. Emerge de los últimos rayos y cada vez más brillante decae y se abisma a su vez. Venus. Una vez más. Erguida y rígida permanece allí en la sombra creciente. Toda vestida de negro. Mantener esa posición es más fuerte que ella. Dirigiéndose de pie hacia un punto preciso a menudo se detiene súbitamente. No pudiendo continuar hasta mucho más tarde. Sin saber ya hacia dónde ni con qué motivo. De rodillas sobre todo le duele no permanecer así para siempre. Las manos una encima de la otra sobre un apoyo cualquiera. Como el pie sobre el jergón. Y su cabeza sobre ellas. Hela ahí pues como convertida en piedra de cara a la noche. Solos el blanco de los cabellos y el blanco ligeramente azulado del rostro y las manos huellan la oscuridad. Para un ojo que no tuviese necesidad de luz para ver. Todo esto en presente. Como si tuviese la desgracia de estar aún con vida.

La cabaña. Su emplazamiento. Cuidado. Ir. La cabaña. Hacia el inexistente centro de un espacio sin forma. Más bien circular que otra cosa finalmente. Llano claro está. Salir de él en línea recta le lleva de cinco a diez minutos. Según la velocidad y el radio. A ella le gusta -a ella que no sabe más que errar no erra nunca aquí. Abundan los guijarros cada vez más abundantes. La cizaña es cada vez más rara. Un enclave en mitad de una campiña rala el que ella conquista lentamente. Sin que nadie se oponga. Sin que se haya opuesto nunca. Como si se tratase de una fatalidad. ¿Qué hace una cabaña en semejante sitio? ¿ Qué puede haber venido a hacer allí? Cuidado. Antes de responder que en la época lejana de su erección el trébol llegaba hasta sus muros. Sobreentendiendo quien más lo es que él es el defectuoso. Y a partir de él como de un foco maléfico que el cómo decido mal que el mal se ha extendido. Sin que nadie haya preconizado nunca su demolición. Como si una fatalidad lo protegiese. Eso es. Guijarros calizos con un efecto extraño bajo la luna. Supuesto que con tiempo claro ella antagonice. Rápidamente entonces la anciana apenas recuperada de la puesta de Venus rápidamente a la otra ventana para ver surgir la otra maravilla. Como cada vez más blanca a medida que se eleva blanquea los guijarros cada vez más. Rígida en pie rostro y manos apoyados contra el cristal ella se maravilla durante largo tiempo.
Las dos zonas forman un contorno vagamente circular. Como esbozado por una mano temblorosa. ¿Diámetro? Cuidado. Mil metros. Menos. De media. Más allá lo desconocido. Felizmente. Impresión a menudo de estar bajo el nivel del mar. Sobre todo durante la noche con tiempo claro. Mar invisible aunque próximo. Inaudible. Bajo la hierba toda la superficie. Una vez sobrepasada la zona de guijarros. Salvo allí donde ella se ha retirado del suelo calizo. Mil manchas blancuzcas de importancia desigual. Espectáculo sobrecogedor bajo la luna. De hecho unas bestias solas unos ovinos. Luego de muchas vacilaciones. Son blancos y se contentan con poco. ¿De dónde venidos de repente? misterio y ¿adónde igualmente vueltos a ir? Sin pastos divagan a su manera. ¿Flores? Cuidado. Sólo algunos azafranes aún. En temporada de corderos. ¿Y el hombre? ¿Quitado de encima al fin completamente? Ah no. Pues ¿no se sorprenderá ella un día de no ver ninguno más? Sorprendida no ella no puede estar sorprendida. ¿Cuántos? Una cifra adviene que podría. Doce. Con los que llenar el pequeño círculo del horizonte. Alza los ojos del suelo a sus pies y ve uno. Se gira y ve otro. Así sucesivamente. Siempre a lo lejos. Inmóviles o alejándose. Nunca los vio venir hacia ella. O lo olvida. Ella olvida. ¿Son siempre los mismos? ¿La ven? Basta.
Un páramo habría solucionado mejor la cuestión. Pero no se trata de solucionarla mejor. Hacían falta corderos. Con razón o sin ella. Un páramo los habría permitido. Corderos para la blancura. Y por otras razones todavía oscuras. Otra razón. Y para que pudiese de repente no haber ninguna más. En temporada de corderos. Que de pronto ella pudiese alzar los ojos y no ver ninguno. Un páramo no los habría excluido. En fin lo hecho hecho está. Y qué corderos. Sin vivacidad alguna. Manchas blancas en la hierba. Apartados de madres indiferentes. Estáticos. Luego un momento de extravío. Luego estáticos de nuevo. Así sucesivamente. Decir que aún hay quien vive en estos tiempos. Tranquilidad.
Un lugar la atrae. Por momentos. En él se yergue una piedra. Blanca desde lejos. Ella es lo que la atrae. Rectángulo curvado tres veces más alto que ancho. Cuatro veces. Su estatura ahora. Su pequeña estatura. Cuando le sucede esto debe ir allí. No la ve desde el refugio. Sabría ir hasta allí con los ojos cerrados. Ya no se habla. Nunca se ha hablado mucho. Ahora nada en absoluto. Como si tuviese la desgracia de estar aún con vida. Pero en esos momentos a sus pies la plegaria. LIeváosla. Sobre todo por la noche con tiempo claro. Con o sin luna. La llevan y la detienen delante. Allí ella también como de piedra. Pero negra. Bajo la luna a veces. Las estréllas a menudo. ¿Le tiene envidia?
Para el imaginario profano la casucha parece deshabitada. Vigilada sin cesar no traiciona ninguna presencia. El ojo pegado a una u otra ventana no ve más que cortinas negras. Mucho tiempo inmóvil contra la puerta él escucha. Nada. Golpea. Nadie. Espía en vano por la noche el mínimo resplandor. Regresa de nuevo a su lugar y confiesa, Nadie. Ella no se muestra más que a los suyos. Pero no tiene suyos. Sí sí tiene uno. Que la tiene a ella.
Hubo un tiempo en que ella no aparecía sobre los pedregales. Mucho tiempo. No se dejaba pues ver salir ni regresar. En el que ella no aparecía más que en los campos. No se dejaba ver pues al abandonarIos. Sino como por encantamiento.
Pero poco a poco empezó a aparecer. Sobre los pedregales. Al principio oscuramente. Luego cada vez más nítidamente. Hasta dejarse ver en detalle franquear el umbral en ambas direcciones y volver a cerrar la puerta tras ella. Más tarde un tiempo en que no aparecía dentro de sus muros. Mucho tiempo. Pero poco a poco empezó a aparecer. Oscuramente. A decir verdad ese tiempo aún dura. Pese a que ella ya no esté allí. Desde hace mucho.
Sí dentro de su casa hasta aquí solamente en la ventana. En una u otra ventana. Absorta ante el cielo. Y sólo mal entrevistos hasta aquí un lecho en la noche y una silla espectral. Y en sus menudas idas y venidas esta forma repentina de plantarse allí. Y sus interminables genuflexiones. Pero poco a poco empieza a aparecer allí más nítidamente. Al mismo tiempo que otros objetos. Como bajo la almohada -como al fondo de un cajón cualquiera ese álbum que sale de la sombra. Que alguna vez él podrá quizás hojear con ella. Ver los viejos dedos pasar las hojas como puedan. Y cuáles podrán ser las imágenes que hacen inclinarse aún más la cabeza y dejada así mucho tiempo. Entretanto quién sabe no son más que flores desechadas. Aplastadas. Nada más.
Pero asirla vivamente allí donde se presta mejor. En los campos lejos de su casa. Franquear el pedregal y allí está. Siempre más nítida a medida que. Vivamente visto que ella sale cada vez menos. Por así decido únicamente durante el invierno. Invierno ella vaga por su casa durante el invierno. Lejos de su casa. Cabeza baja recorre la nieve a paso lento cambiando de sentido sin cesar. Es de noche. Aún hay una. Su larga sombra sobre la nieve la acompaña. Los demás están ahí. Todos alrededor. Los doce. A lo lejos. Inmóviles o alejándose. Alza los ojos y ve uno. Se gira y ve otro. Y de pronto se queda estática. Ahora es el momento o nunca. Pero algo se lo impide. Justo el tiempo de creer entrever el comienzo de una franja negra. Más tarde el rostro. Justo antes de que el ojo baje. Luego no ver en el sol rasante más que la nieve. Y corno todo alrededor las huellas de sus pasos se borran poco a poco.
¿Qué es lo que la protege? Incluso del suyo. Hace bajar la mirada en el acto de aprehender. Incrimina lo adquirido. Se impide adivinar. Ella sin defensa. Es la vida lo que acaba. La suya. La del otro. Pero tan diferentemente. Ella no necesita nada. De decible. Pero ¿y el otro? ¿Cómo tener necesidad al fin? ¿Cómo? ¿Cómo tener necesidad al fin?
Períodos en los que ella desaparece. Largos períodos. En época de azafranes sería en dirección a la tumba lejana. Tener aún eso en la imaginación. Sosteniendo por la rama inferior o sobre el brazo la cruz o la corona. Pero sus eclipses no tienen estación. De no importa qué momento del año a otro ella puede no estar ya allí. De repente ningún otro sitio que ver. Ni con el ojo de la carne ni con el otro. Luego de repente todo también allí de nuevo. Mucho tiempo después. Así sucesivamente. Cualquier otro renunciaría. Confesaría, Nadie. Nadie más. Cualquier otro que no fuese el otro. El otro espera que ella reaparezca. Para poder seguir. Seguir él -¿cómo decirlo? ¿Cómo decirlo mal?
El ojo mirando fijamente con dureza un detalle del desierto se llena de lágrimas. La loca de la casa se abandona a penas del corazón. Llega una noche en que la ausente oye el mar. Se recoge la falda para ir más deprisa y deja al descubierto sus botas y sus medias hasta la pantorrilla. Lágrimas. Ultimo ejemplo ante su puerta la baldosa que a fuerza de pisar su pequeño peso ha hollado. Lágrimas.
Antes de ser dejadas por las medias las botas tienen tiempo de ser mal abrochadas. Agotadas las lágrimas como así ocurre he aquí una hebilla más grande de lo normal. De plata deslustrada cuelga pisciforme de un clavo por el broche. Oscila apenas sin cesar. Como si la tierra temblase sin cesar en este sitio. Apenas. Una manija ovalada la abolladura evoca unas escamas. El ojo seco siempre remonta por la espinilla hasta el broche o gancho. De tanto estirar ha perdido su curvatura. Hasta el punto de parecer por momentos en desuso. Deformación fácil de corregir con unas tenazas. ¿Se habrá ocupado de eso alguna vez? Cuidado. Cada vez más lejos. Hasta ya no poder. No poder ya pesar sobre las ramas. Oh no por debilidad. Desde que cuelga inútilmente de un clavo. Vacilando insensiblemente sin cesar. Reflejos plateados ciertas tardes con tiempo claro. En ese momento primer plano. En el que contra toda razón domina el clavo. Mucho tiempo esta imagen hasta que bruscamente se difumina.
Ella está ahí. De nuevo ahí. Que el ojo fuera se deje distraer un momento. Al alba o durante el crepúsculo. Distraer por el cielo. Por algo en el cielo. Para que cuando se recobre la cortina ya no esté echada. Vuelta a abrir por ella para que pueda ver el cielo. Pero incluso sin eso ella está allí. De nuevo allí. Sin que la cortina se abra. De pronto está abierta. Un flash. ¡Lo repentino de todo! Ella rígida sin detenerse. En marcha sin arrancar. De ida sin irse. Sin regresar regresada. De pronto es de noche. O aurora. El ojo mira fijamente la ventana desguarnecida. Nada en el cielo la volverá a distraer. Mientras el suyo se queda en su cubil. ¡Crac! obturada. Nada se ha movido.
Ya todo se mezcla. Cosas y quimeras. Como en todas las épocas. Se mezcla y se anula. Pese a las precauciones. Si ella pudiese al menos no ser más que sombra. Sombra sin mezcla.
Traducción de Jenaro Talens
Manchas en el silencio
Tusquets Marginales 106


Smokey Bacon

Francis Bacon por Francis Giacobetti, Madrid, 1992


Abrazo metafísico


Maldición contra Spinoza

Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch de Espinoza con el consentimiento de Dios bendito y con el de toda esta comunidad, delante de estos libros de la Ley, que contienen trescientos trece preceptos; la excomunión que Josué lanzó sobre Jericó, la maldición que Elías profirió contra los niños y todas las maldiciones escritas en el libro de la ley; maldito sea de día y maldito sea de noche, maldito al acostarse y maldito al levantarse, maldito sea al entrar y al salir; no quiera el Altísimo perdonarle, hasta que su furor y su celo abracen a este hombre; lance sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de esta Ley, borre su nombre de bajo los cielos y sepárelo, para su desgracia de todas las tribus de Israel, con todas las maldiciones del firmamento, escritas en el Libro de la Ley..., advirtiendo que nadie puede hablarle oralmente ni por escrito, ni hacerle ningún favor ni estar con él bajo el mismo techo ni a menos de cuatro codos de él, ni leer papel hecho o escrito por él.

Acta de excomunión de Spinoza
Amsterdam, 27 de julio de 1656