El velorio

Gladys Dávalos Arze

Bien joven me he juntado con un minero. De ahí como palliri he trabajado ayudándole. Desde chiquita he vivido en la mina y como mujer de minero, estoy acostumbrada a que cada día pase algo malo en la mina. Los socavones son túneles oscuros y fríos, mal construidos, que cualquier rato se vienen abajo y si el minero tiene la mala suerte de estar justo ese ratito ahí, no lo salvan ni los cigarrillos diarios que se le encienden al Tío. Al Tío lo conozco desde chica. Mi abuelo me hizo entrar a interior mina, aunque era prohibido para las mujeres, pero él me ha dicho ese día: "¿Acaso ya eres mujer?" Y se ha reído de mí. Dentro del túnel he visto dos altares juntitos. Al Tío en un altar y a la Virgencita del Socavón en el otro. A los dos había que rezarles. "¡Hincáte!", me ha dicho mi abuelo y yo le he hecho caso, pero yo me he quedado mirando su pipilo del Tío. Bien grande siempre era. "¡Qué estás mirando!", me ha dicho mi abuelo, "ven, mejor vamos donde la Virgencita, tienes que rezarle!" Luego hemos ido al altar de la Virgencita del Socavón. "¡Hincáte!", me ha dicho otra vez mi abuelo y yo le he hecho caso. "¡Rezá un Ave María y un Padre Nuestro! ¡Es para que no nos pase nada!". Y un Ave María y un Padre Nuestro he rezado y me he quedado contemplando las lindas joyas que estaban prendidas en la manta de la Virgencita. "¡Ahora sí, podemos entrar!", me ha dicho mi abuelo y hemos entrado a varios niveles de la mina. Frío hacía y mojado estaba por todas partes, pero sabíamos que no nos pasaría nada. La Virgen y el Tío nos estaban protegiendo de cualquier desgracia en la mina...

Pero de grande, más fe siempre le tenía a la mamita del Socavón. Yo le rezaba. Iba casi todos los días a la iglesia y encendía por lo menos una vez a la semana una vela, para que ella me lo proteja a mi marido, al José. José Wuarachi. José, porque había nacido ahí mismo, en la mina de San José. No podíamos decirle "Pepe", no le gustaba. "¡Soy José como San José, pues!", decía. Sus padres fueron mineros y él siguió la tradición. No conocía otra cosa ni otro trabajo que el de interior mina. Creo que el José más fe le tenía al Tío. Le encendía al Tío sus kuyunas y se las metía con cuidado a su boca para que fume, y mi José akullicaba coquita para que todo salga bien. Le dejaba su chuspa llena de hojas de coca en el altar. A mí no me gustaba mucho el sabor amargo de las hojas de coca, pero qué iba a hacer..., yo también se lo akullicaba. La vida de mi marido se merecía eso y mucho más. Aún no teníamos hijos, así es que yo se lo cocinaba y le llevaba su vianda de comida todos los días a las doce en punto. Las mujeres poníamos la comida, cada ollita bien envuelta en secadores, para que no se enfríe, en uno de los carritos que entraban a la mina. Sentadas mirando sabíamos quedarnos hasta que el carrito desaparecía en las sombras del túnel. Yo también me iba a almorzar y de ahí toda la tarde me iba al desmonte, a buscar más mineral. Para el José se lo lavaba y planchaba su ropita también y así nomás vivíamos. Un día, el José ha llegado temblando a la casa: "¡Tres de mis compañeros han muerto aplastados por unas rocas inmensas. Me salvé por un pelo!", me ha contado mi marido. "¡Ay, Virgencita del Socavón!", he dicho y el José me ha seguido contando: "Yo también estaba ahí cerquita, un nivel más arriba nomás. ¡No sé cuál de los dos ha sido: la Virgencita del Socavón o el Tío, pero uno de los dos me ha salvado la vida!", ha dicho bien fuerte. "Yo creo que los dos", le he contestado, "porque a los dos los atiendo por igual. Aunque a la Virgencita florcitas también le he llevado la otra vez. Nardos bien olorosos...". "Ah, eso ha debido ser. Porque de un buen accidente me he librado", me ha dicho el José y nos hemos abrazado agradecidos. Él se ha puesto a llorar.
Por la noche hemos ido pues al velorio. Bien triste era. Las viudas lloraban y gritaban harto y sus wawas también. Sus narices chorreaban y sus mocos colgaban. No se daban cuenta pues, bien mal siempre estaban. También yo me he puesto a llorar. El José se ha acercado a los ataúdes a decir el último adiós a sus compañeros, mientras una de las suegras hacía pasar unos quemapechos, kuyunas y hojas de coca. Yo me he sentado en una esquina, mientras mi marido se ha ido a conversar con los otros mineros. Despacio he empezado a akullicar las hojas de coca y mis ojos clavados se han quedado en el ataúd. "¡No sé qué haría si le pasara algo al José!", estaba pensando, "creo que no podría quedarme solita. ¿Qué haría? ¿Qué sería de mi vida?".
Yo era huérfana. Muy temprano mis papás se han muerto en un accidente. Demasiado cargado dice que estaba el camión y se había volcado cuando estaban llevando contrabando a Iquique. Con mi abuelita después en la mina me he quedado a vivir porque mi abuelo era minero, pero ella rapidito también se ha muerto. A mis 14 años tenía que lavar ropa para otros. Tempranito salía a lavar. Un día así lo he conocido a mi José. El también tempranito estaba yendo a la mina. De ahí nos hemos juntado.
"No, no quiero ni pensar, qué sería de mi vida, si pierdo al José...", así seguía pensando en el velorio, cuando de repente he visto nomasiá al Tío parado detrás del cajón del muerto que estaba al medio de los otros. "Ay", he dicho de susto, pero parece que nadie me ha oído. He mirado a mi alrededor y todos seguían tranquilos, akullicando su coquita y fumando sus kuyunas. Muy tranquilo siempre estaba todo. Yo he vuelto a mirar al ataúd del medio y ahí estaba él, no lo podía creer..., pero él siempre era: tenía el pecho desnudo. K'achamozo se veía. Sus ojos brillaban de viveza y alegría y, al verme, me ha sonreído y sus ojos harto han brillado. A mí calor me ha hecho. ¡No sabía dónde mirar! ¡Otra clase siempre me he puesto! ¡Quería mirar a otro lado y no podía! Me he dado cuenta entonces que su ullu ha empezado a hincharse; bien grande lo he visto... él lo ha agarrado con la mano izquierda (claro, el Tío zurdo es pues, ¿no ve?) y ha comenzado a moverlo de un lado a otro. Seguía mirándome bien raro. "Virgencita del Socavón", he dicho para mis adentros, "esto no puede estar pasando aquí, en el velorio de los compañeros mineros de mi marido". Desesperada he mirado hacia el lugar donde estaba el José, pero él seguía bien Pancho conversando con sus otros compañeros. He vuelto a mirar al Tío y opa me he quedado... con ese su enorme yana ullu seguía jugando. "No seas tonta", me ha dicho, "si no quieres que le pase a tu marido una desgracia, vas a tener que serle infiel". "¿Qué cosas estás diciendo...? ¿Cómo pues? ¡Atrevido! Voy a llamar a la Virgencita del Socavón", le he dicho. ¡Muerta de miedo estaba! Todas las mujeres se han dado la vuelta y me han mirado feo. Yo he repetido, asustada: "...Virgencita del Socavón". "Sí, sí, claro", me ha dicho una de las señoras. "A la Virgencita del Socavón hay que rezarle. Es la única que va a proteger a nuestros maridos". Pero el Tío se reía. Me ha mirado como si hubiera querido comerme viva y me ha dicho: "Andá al otro zaguán detrás del patio. Ahí te voy a esperar". "Virgencita del Socavón...", he vuelto a decir bien bajito, pero tenía tanto miedo por mi marido, que he pensado en mis adentros: "La Virgen no ha respondido a mis rezos. Tanto le he rezado, tantas Ave Marías, tantos Credos, tantos rosarios y... nada, sólo con silencio me ha respondido. En cambio el Tío me está hablando, me está llamando, a mí..., a mí". Y al patio caminando nomasiá he aparecido... Apenas he llegado al oscuro del zaguán, cuando he sentido del Tío sus manos sobre mis hombros. "Tranquila", me ha dicho, "puedes estar segura que vos nunca vas a enviudar". Después de mis pechos me ha agarrado y me ha empezado a besar. Ha metido sus manos grandes bajo mi pollera y de mi trasero me ha agarrado, me ha subido la pollera hasta arriba, mi cara siempre me ha tapado. Su ullu desnudo jugando estaba con mi vientre, desnudo, caliente como hierro ardiendo siempre... he sentido... dentro de mí. Bien fuerte había sido, parecía que iba a abrir un nuevo socavón en mis entrañas.

El Tío me lo ha protegido al José siempre. Tantos años ya nos vivimos y no he enviudado, ¿ya ve?, pero todas las veces he tenido que ir pues al velorio de los compañeros mineros de mi marido...

Gladys Dávalos Arze (Oruro, Bolivia, 1950). Escritora, pedagoga y lingüista. Licenciada en anglística y germanística. Fue co-editora del Boletín de la Asociación Boliviana para el Avance de la Ciencia. Su obra mereció distinciones nacionales e internacionales. Ejerce la docencia universitaria, es miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, Presidenta del P.E.N.-Club en La Paz y Vicepresidenta de la Asociación Boliviana de Traductores. Ha publicado: "Corazones de arroz" (1989), "Helado de chocolate" (1990), "La muela del diablo" (1990), "Piel de Bruma" (1995), "Ururi y los sin chapa" (1998), "El rincón del tigre azul" (2003) y "El paraíso de los Qala Pago" (2003). Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías. Es pionera en el campo de la Ingeniería del Lenguaje (lingüística informática) en Bolivia, habiendo colaborado en el desarrollo de un traductor automático multilingüe que usa el aymara como metalenguaje.