por Luis Sepúlveda*

Una tarde invernal de 1986 cuando Bonn
era todavía la capital de la República Federal Alemana y todo el mundo
coincidía en que lo mejor de aquella ciudad-ministerio era el tren que
llevaba a Colonia, entré a una “Brauerei” para combatir el frío entre
la cálida camaradería que siempre se da en las cervecerías alemanas, y
para leer el atado de prensa latinoamericana que llevaba conmigo.

Así, entre sorbo y sorbo a una
estupenda cerveza rubia, revisaba el último número de “Veja”, la mítica
revista brasileña, y no presté atención al recién llegado que formuló
el muy cortés “Darf ich bitte…?” para sentarse también a la mesa para
diez o más personas y que ocupábamos tres tipos, todos con olor a
tinta, pues en Bonn de cada diez personas siete eran periodistas y los
otros tres estaban ahí por error.
El recién llegado se sentó, ordenó una cerveza y de pronto, indicando
mi atado de periódicos y revistas, preguntó en español si le permitía
echar un vistazo al último número de “Análisis”. Entonces me fijé en
ese hombre alto, corpulento, de ojos casi transparentes y una cabellera
cana que le daba un aire de profesor.

Le pasé la revista chilena y cumplí con la regla de cortesía
alemana de darle la mano, decir mi apellido y preguntarle cómo estaba.

-Kapuscinki, muy bien, gracias, ¿y usted?- contestó.

-¿Ryszard
Kapuscinski?- supongo que debo haber balbuceado, pues no todos los días
se conoce a un escritor y periodista al que se admira a ultranza.

De él he leído “Ebano”, esa
recopilación de artículos magistrales, le debo el haber entendido
medianamente Angola, Mozambique y Cabo Verde, parte del dolido y
sufrido corazón de África, “La guerra del fútbol”, y otros muchos
textos que seguía con pasión en el Frankfurter Allegemeine Zeitung, el
legendario FAZ , un periódico conservador de un respeto por la
información que ya quisieran muchos medios autodenominados
“progresistas”.
Lo que más admiraba de sus trabajos era su tomar partido, porque en el
periodismo la neutralidad no existe, y a partir de ahí su insistente
ética que nunca consideró “carne de noticia” a los protagonistas de
todas las guerras civiles, guerras inducidas por el primer mundo, y
revoluciones que le tocó cubrir como corresponsal de la PAP, la agencia
polaca de noticias. Con su esfuerzo que siempre fue una pedagogía de la
información, Ryszard Kapuscinski escribió día a día la historia de los
de abajo, la historia de la carne de cañón condenada a no tener memoria
pues todas las tragedias serían descafeinadas por la historia oficial.

Aquella tarde, me hizo muchas preguntas
sobre Chile, se interesó por el esfuerzo que significaba sostener una
revista como “Análisis”, y nos despedimos tras darnos las direcciones y
los números de fax.

En los años siguientes nos escribimos
dos o tres veces, el fax fue un invento perverso que no conserva los
textos, se van borrando desde los márgenes hacia el centro, pero
siempre guardé en mi memoria con orgullo esa conversación en una
cervecería de Bonn.

Volvimos a encontrarnos en el años
2002, ambos como miembros del jurado internacional del Premio Grinzane
Cavour, en Turín, Italia. En cuanto nos fue posible escapamos de la
parte oficial y para nosotros excesivamente académica del Premio, y nos
echamos a andar por Turín, en medio de la neblina de enero, buscando un
lugar tranquilo donde beber un vino y contarnos cómo y cuánto había
cambiado el mundo desde la tarde en que nos conociéramos. Me hizo
narrar varias veces mi visión de la caída del muro de Berlín en el
“check point Charlie”, y a mi vez le pedí que se explayara sobre el
tema que más le preocupaba: el fin del derecho a estar informados, la
manipulación mercantil de la libertad de prensa cada vez más envilecida
por el poder de los grandes grupos económicos, y en caso específico de
Polonia, la monstruosa convicción de que el capitalismo salvaje es
sinónimo de democracia.

La estupenda grapa que nos ofreció en
patrón del “Mama Licia” no conseguía alejar el sabor amargo de sabernos
testigos del empobrecimiento de la labor informativa, de los
profesionales que salen de las escuelas de periodismo cada vez peor
formados, de la estupidez de creer que el periodismo de investigación
se hace en google, de la prostitución galopante del periodismo y la
literatura cuyo único norte es “triunfar”, aunque nadie sepa por qué ni
para qué.

Tras el encuentro de Turín quedamos
contactados por correo electrónico, y cada vez nos seducía más la idea
de reunir a un grupo de periodistas de la talla de Gianni Mina, Ignacio
Ramonet y él mismo, para realizar talleres de lectura contemporánea de
la información.

El año 2003 Ryszard Kapuscinski recibió
el premio Príncipe de Asturias de comunicación y humanidades, y una vez
más nos echamos a andar por la ciudad de Oviedo buscando un lugar donde
beber un vino tranquilos y al margen del protocolo que lo ofuscaba.
Recuerdo que encontramos un bar extrañamente silencioso y medio vacío
muy cerca de un edificio conocido como La Jirafa, recién habíamos
pedido dos copas de vino, cuando una joven periodista lo reconoció
desde la calle, entró, y le solicitó una breve entrevista.

-Nunca
he leído nada suyo, ¿me explica de qué hablan sus libros?- consultó la
periodista, y Ryszard Kapuscinski, ese hombre que hablaba perfectamente
español, francés, portugués, italiano, inglés, ruso, que había vivido e
informado los sucesos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX,
que había sobrevivido 30 revoluciones y en cuatro ocasiones estuvo a
punto de perder la vida, y que además era autor de una veintena de
libros de lectura obligatoria para cualquiera que se sienta digno de
ser un periodista, simplemente respondió: “mis libros no hablan”.

Al año siguiente, en noviembre de 2004,
hacía un frío atroz en Varsovia, y yo salía de una radio que, según mi
traductora, era la emisora más progresista de Polonia. Había concedido
una entrevista que comenzó con una declaración de principios del
periodista que me entrevistó: “nosotros en Polonia hacemos otra lectura
del régimen de Pinochet, consideramos que él salvó a Chile del
comunismo y los chilenos debían mostrarse agradecidos”. Tras mandarlo a
la mierda y suspender la entrevista llamé a mi amigo Ryszard
Kapuscinski pues necesitaba ver la cara amable de Polonia.

Una vez más me habló de la
ideologización de todo en nombre de una pretendida libertad que
supuestamente es para
desideologizar.
Esa era parte de la guerra sin soldados que tanto le preocupaba, esa
guerra de mentiras para justificar el hedonismo que sostiene a la
sociedad occidental, a la cultura de la insolidaridad y del
revisionismo histórico.

No volvimos a vernos, quedó pendiente
una cita para junio de este año, en Turín, a la que acudiré y con el
recuerdo de mi amigo Ryszard Kapuscinski caminaré hasta encontrar un
lugar tranquilo para beber un vaso de vino y hablar de las
embarcaciones que día a día llegan a playas mediterráneas cargadas de
sobrevivientes famélicos y de africanos muertos mucho antes de empezar
el viaje; muertos por siglos de expoliación y abandono.
Y mi amigo dirá: “Su historia es muy trágica, pero el hecho de que esa
gente sobreviva y sepa reírse, nos dice que tienen un alma
maravillosa”. Eso dirá mi amigo, el Maestro Ryszard Kapuscinski.

Este artículo de Luis Sepúlveda fue redactado especialmente
para el libro Ryszard Kapuscinski Reportero del Siglo.

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En: Le Monde Diplomatique