¿HASTA CUÁNDO, ACADEMIA, HASTA CUÁNDO?
El ninguneo de la RAE a los cantes y bailes flamencos
Luis
Carlos Díaz Salgado. SevillaPublicado en Addenda et Corrigenda
Permítanme que comience este
artículo de forma antiperiodística. Les confieso que lo que se disponen a leer
ya lo han contado antes muchos otros, de forma más completa y cabal e incluso de
manera más entretenida. No se llamen a engaño, pues: no les voy a descubrir nada
nuevo sobre la discriminación que los cantes y bailes flamencos sufren en el
Diccionario de la Real Academia (DRAE), ni sobre las carencias metodológicas de
este mismo diccionario. Si se esperaban una perspectiva diferente o novedosa, no
sigan leyendo: se aburrirán. Y ahora pido disculpas al editor por decir esto.Mucho se habla de que el DRAE es un mal diccionario1, y si nos ceñimos al ámbito del flamenco, no podemos
sino estar de acuerdo con los que así opinan. Primero, porque de los cincuenta y
tantos nombres de cantes y bailes flamencos, la RAE recoge sólo la mitad;
segundo, porque la Academia no sigue un criterio uniforme a la hora de definir
estos términos; y tercero, porque las definiciones que ofrece son insuficientes
y poco esclarecedoras. No es extraño, pues, que muchos se hayan quejado del
errático comportamiento lexicográfico que sigue la Real Academia Española al
elaborar su Diccionario general2.Imaginen
por un momento a un japonés aficionado al flamenco —y les aseguro que hay
muchos— que, después de asistir a un tablao de Tokio, llega a su casa y se va al
DRAE en línea para saber algo más de los cantes y bailes que figuran escritos en
su folleto. Imaginen que busca tangos y se topa con que es ¡un baile
argentino!; imaginen que busca luego milonga y resulta que es ¡otro baile
argentino!; imaginen que —un poco mosqueado ya— busca rumba y comprueba
con estupor que lo que acaba de oír en el tablao es ¡un son cubano!; imaginen
por último que busca guajira, y se encuentra —ya con la boca abierta de
par en par— con que es ¡otro son cubano! Díganme, ¿pensaría nuestro aficionado
nipón que la Academia ha hecho bien en no incluir las acepciones flamencas de
estas palabras en el DRAE o diría al estilo de Obélix: ¡Están locos estos
hispanos!?Y lo peor es que no hablamos de locura, sino de dejación;
porque, como recogen los propios bancos de datos académicos3, hay testimonios escritos que revelan, por ejemplo,
que los tangos flamencos son incluso más antiguos que los argentinos, con los
que comparte únicamente la etimología. Por otro lado, la existencia de milongas,
rumbas y guajiras —ejemplos de cantes de ida y vuelta—4 está igualmente atestiguada, y es bien conocida
dentro y fuera de Andalucía. Y, si no, que levante la mano el que no haya
bailado una buena rumbita flamenca poco antes de que se lo llevaran de la fiesta
por tomar en demasía. No son los tangos y las milongas únicamente cantos y
bailes argentinos, no; como tampoco son la rumba y la guajira exclusivamente
sones cubanos. Bastaría con que la RAE incluyera estas acepciones flamencas en
el Diccionario para remediar esta parte del entuerto, pero parece que —entre
tanto congreso y viaje intercontinental— a nuestros académicos no les queda el
tiempo suficiente para realizar labor tan simple. El caso es que, sea por esta o
por cualquier otra razón que se me escapa, ya tenemos ninguneados a cuatro
cantes y bailes flamencos; desgraciadamente —y como veremos—, no son los únicos.Casos igual de graves, por lo huérfano que lo dejan a uno, es no
encontrar en el DRAE palabras hermosas como cantiñear (que mi procesador
de textos insiste en transformar en cantinera). Está derivado este verbo
de cantiña, otro cante flamenco que tampoco figura en el DRAE, uno más.
Cantiñear es cantar flamenco a media voz, sin explotar, como cantando para uno
mismo o al estilo de las nanas. Créanme si les digo que oír a la pareja de uno
cantiñear a la par que lee o teclea en el portátil es buen síntoma: una de esas
pequeñas alegrías que nos regala la vida en común. Lamento que la RAE los prive
a ustedes de darle nombre a este canturrear flamenco que tan grata sensación
produce. Como también lamento que los prive de conocer la acepción flamenca del
término pellizco, que es la capacidad que tiene el intérprete flamenco de
sentir —y fundamentalmente de transmitir— un sentimiento de especial
autenticidad y jondura. Tener pellizco es una cualidad altamente apreciada en el
mundo flamenco, que la RAE, como en tantas otras ocasiones, pasa
inexplicablemente por alto.Así las cosas, más de uno podría pensar ya
que esta dejación académica se produce porque los andaluces seguimos siendo
hablantes de segunda para casa tan docta y castellana, pero este no sería un
comportamiento científico y moderno; y la Academia es un organismo
cientifiquísimo y modernísimo, bien que lo repite la prensa. Podríamos maliciar
que la desidia de la RAE se debe a que está más interesada en revender sus
diccionarios que en perfeccionarlos, pero este no sería un comportamiento
científico; y nuestra academia de la lengua —ya les digo— sabe mucho de
ciencias. Podríamos creer que, para la Real Academia, el vocabulario plebeyo no
casa bien con su concepción patricia del Diccionario, pero ese no sería un
comportamiento científico; y —cómo no insistir en ello— la Academia es ante todo
una entidad científica. Podríamos concluir que todo se debe a que en la RAE
abundan más las celebridades que los lingüistas, pero eso no sería científico y…
No, mejor dejo ya de remedar a Marco Antonio, que es cansino el desvarío
shakesperiano, y sigo con la exposición.Punto y aparte merecen aquellas
palabras que, aunque nacidas fieles a la fonética andaluza, el DRAE insiste en
disfrazar de castellanas: seguidillas en vez de siguiriyas o
seguiriyas, alboreadas en vez de alboreás, granadinas
en vez de granaínas; ya puestos, no sé cómo la RAE no se empeña en llamar
bacalado al bacalao, sonaría también mucho más fino, dónde va a parar. En
fin, costó un verdadero mundo que la Academia aceptara a los bailaores y
a los cantaores (que no son ‘bailadores’ ni ‘cantadores’, claro), pero un
universo entero será necesario para que admita también a los tocaores
(que por supuesto, no son ‘tocadores’). Pobrecitos míos, qué culpa tendrán ellos
de que en Andalucía nos comamos las letras y no sepamos nombrar castellanamente
a los guitarristas flamencos. Si hasta parece que la Academia les tuviera
ojeriza, ya les digo. Porque, no contenta con negarles el nombre a los tocaores,
tampoco les permite que puedan estar al toque, aunque los bailaores estén
al baile, y los cantaores al cante5.
Para la RAE, al toque es —exclusivamente— peruanismo por «de inmediato».
¡Qué arte y poderío más grande tiene esta RAE, Dios mío! «De inmediato», dicen;
y llevan los tocaores toda la vida al toque y en el casón neoclásico no se
enteran ni a la de tres.En fin, como les decía, de los alrededor de
cincuenta tipos de cantes y bailes flamencos, el DRAE recoge chispa más o menos
la mitad. Son estos: alegrías, bulerías, cañas,
caracoles, carceleras, deblas, fandanguillos,
farrucas, jaberas, livianas, malagueñas,
martinetes, mineras, peteneras, polos,
rondeñas, serranas, sevillanas, soleares,
tanguillos, tarantas, tientos, verdiales y
zorongos. A las ausencias ya nombradas de tangos, milongas,
guajiras, rumbas, vidalitas, colombianas, y
cantiñas —casos en los que o bien la entrada no figura en el Diccionario
o bien no se incluye la acepción flamenca del término—, hay que sumar las
siguientes: bamberas, bandolás, cabales,
campanilleros, canasteras, cartageneras, fandangos,
garrotín, jabegotes, levanticas, marianas,
mirabrás, murcianas, nanas, romances,
romeras, saetas, tonás, tarantos,
villancicos, zambras y zapateados. Y a todos ellos hay que
añadir los términos que no figuran con su grafía andaluza: seguiriyas,
alboreás, granaínas y medias granaínas. Disculpen que
todavía me asombre, pero es ciertamente increíble que, siendo el flamenco un
arte que ha transcendido las fronteras de Andalucía y que incluso sirve para
representar internacionalmente a España, no estén recogidos en el Diccionario
general del español los nombres de los palos o estilos propios de este
arte. Realmente, ¡están locos estos [académicos] hispanos!Podría añadir
ahora que este desinterés de la RAE por el léxico flamenco es el mismo que
muestra ante los andalucismos en general; pero prefiero no hacerlo, la verdad,
no me tiren de la lengua. Además, en realidad los cantes y bailes flamencos no
tienen de andalucismo más que el nacimiento. Estos nombres no son una mera
variación léxica de ámbito regional; no estamos ante formas diferentes de llamar
a una misma cosa, caso de auto, carro, coche, etc. Los
nombres de los cantes y bailes flamencos son la única y exclusiva manera de
llamar a realidades antes inexistentes, por lo que su exclusión del Diccionario
es una pérdida irreparable para todos los hablantes. Hace bien, pues, la RAE en
no tratar a estas palabras como regionalismos ni como tecnicismos, y por ello
mismo resulta todavía más evidente cuán incompleta es su labor al respecto, y
cuán heterogéneo y falto de coherencia es su criterio lexicográfico.Les
decía antes que no andaría yo muy errado si achacara esta incuria académica al
secular ninguneo que la RAE muestra al léxico propio de Andalucía. Si no lo
hago, es porque no quiero que suceda como la última vez que hubo quejas al
respecto. No insistan, pues; no quiero decirles lo que ocurrió tras la
proposición no de ley que se presentó en el Parlamento de Andalucía para
fomentar el uso del andaluz en la comunidad y para instar a la RAE a que
admitiera un mayor número de andalucismos en su Diccionario. Prefiero no
contarles que a los lingüistas andaluces promotores de la iniciativa,
encabezados por Antonio Rodríguez Almodóvar, ni siquiera tuvieron que
contestarles entonces desde Madrid, porque fueron once catedráticos de Lengua
andaluces los que, con cifras en la mano, dejaron bien claro que, comparando el
número de hablantes de Andalucía con los de México —ese fue el ejemplo que
pusieron—, los andalucismos no estaban discriminados en absoluto, sino que su
situación era incluso ventajosa6. Lo que no llegaron
a decir estos catedráticos fue cuál era el número exacto de palabras que,
demográficamente hablando, nos correspondía inventar a los andaluces. Podrían
haber empezado por ahí, especificando nuestro cupo, y así nos ahorraríamos en el
futuro el trabajo de crear para nada. Tampoco explicaron estos mismos
catedráticos por qué, en vez de andar con la calculadora en la mano, no se
dedican ellos mismos a algo un poco más lingüístico; algo parecido a lo que yo
estoy haciendo en estos momentos: a investigar con un mínimo de rigor decenas de
palabras nacidas en Andalucía que tienen un uso más que comprobado dentro y
fuera de nuestra tierra, y que, sin embargo, no figuran en el Diccionario de la
Academia. No, les repito que no seré yo quien hable de este tema, ya sé que no
serviría para nada.La segunda crítica que hay que realizarle al DRAE es
la escasa uniformidad existente en la redacción de las definiciones. Es evidente
que no todas las voces relacionadas con el flamenco se incorporaron al
Diccionario en la misma época, pero aun así es chocante que cada entrada parezca
estar redactada por personas diferentes; eso sí, todas ellas con el mismo —y
limitado— conocimiento del flamenco. Si yo les preguntara a ustedes qué tienen
en común una trucha, un besugo y un atún, seguramente todos me contestarían que
los tres son peces. Y llevarían razón, claro; de hecho, ‘pez’ es el hiperónimo
que engloba a estos tres animales. Sin embargo, si usted le pregunta al
Diccionario académico qué tienen en común bulerías, soleares y alegrías, no se
encontrarán con la respuesta lógica: que son cantes y bailes flamencos. Como si
los hiperónimos no existieran, la Academia emplea en unas ocasiones
cante, en otras canto, en otras aire musical, en otras
copla y en otras canción. Así, y según el DRAE, la bulería
es un «cante popular andaluz»; la carcelera, un «canto popular andaluz»;
la caña, una «canción popular andaluza»; la malagueña, un «aire
popular de la provincia de Málaga»; la rondeña, una «música y tono
característicos de Ronda», y la serrana, una «canción andaluza variedad
del cante hondo». En fin, que parece que los cantes y bailes flamencos no
existieran como tales. ¿Ningún lexicógrafo académico se da cuenta de algo tan
evidente como esto?Y nos queda la tercera crítica. La falta de claridad
y precisión de las definiciones. En muchos casos no se especifica el étimo de
las palabras, por lo que nadie puede saber que bulería, por ejemplo,
viene de ‘burlería’7, y de ahí el carácter festero
de esta variedad de cante y baile flamenco. En otras ocasiones, no se aclara si
estamos ante un cante, ante un baile o ante ambas cosas, y sólo en algunas
entradas se nos precisa qué tipo de métrica y compás tiene el cante en cuestión.
Así, si busca usted petenera, se encontrará con que es un «aire popular
parecido a la malagueña, con que se cantan coplas de cuatro versos octosílabos»,
pero se quedará sin saber que la petenera también es un baile. Si busca
seguiriya (bueno, seguidilla gitana, según la RAE), conocerá usted
la métrica del cante, pero no su compás; y justo lo contrario le sucederá con
las soleares, entrada en la que se especifica el compás pero no la métrica. Un
auténtico desatino lexicográfico, ya les digo. Puro DRAE.Bueno, voy a ir
terminando; y como ya remedé antes a Shakespeare, voy a cambiar de palo y a
intentarlo ahora con Cicerón; a ver si ironizando con los clásicos latinos, los
patricios de la lengua se dan por aludidos, que ya sé que no: ¿Hasta cuándo,
Academia, hasta cuándo? ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia flamenca?
¿Por cuánto tiempo se va a seguir burlando de nosotros los cabales este delirio
tuyo llamado Diccionario? ¿Cuántos más como yo ahora tendrán que volver a
escribir de lo mismo, a insistir en lo mismo, a repetir lo tantas veces
repetido? ¿Cuántas tonás tendremos que cantarte, cuántas cantiñas, cuántas
seguiriyas, cuántos mirabrás? ¿Cuándo tendremos de una vez el Diccionario que
nuestra lengua se merece?En fin, pura retórica, señal de que he dicho
suficiente, así que acabo. Y como empecé de manera antiperiodística, no puedo
sino terminar de la misma forma. Disculpen si dejé lo importante para el final:El ninguneo al léxico flamenco es una de las deudas que, por antigua y
por grosera, más mancha el ya manchado prestigio lexicográfico de la Real
Academia Española y su Diccionario general. Una deuda que los señoritos del
idioma no quieren pagar porque a sus reales excelencias no les da su real y
excelentísima gana. Una deuda contraída con los más desheredados: con los
gitanos, con los jornaleros, con los analfabetos, con los arrabaleros, con todos
los andaluces que tuvieron la osadía de utilizar la lengua de sus padres para
crear nuevas palabras con las que cantar y bailar sus penas y alegrías. Una
deuda con los verdaderos dueños y señores de la lengua.
1 El problema que representa un DRAE
lexicográficamente pobre estriba, sobre todo, en que el resto de diccionarios
generales del español bebe de esta obra académica. Además, el DRAE es el
diccionario con más prestigio de todos los existentes, y por eso debería ser
científicamente impecable.2
Especialmente recomendables son
las críticas de José Martínez de Sousa.3
El CREA y el CORDE.
Ambos se pueden consultar en línea en la página web de la Real
Academia.4
Los cantes de ida y vuelta son la guajira, la
rumba, la milonga y la vidalita; aunque ninguno de ellos figure en el DRAE con
su acepción flamenca (la vidalita ni siquiera eso). Todos ellos nacieron en
América y fueron posteriormente aflamencados en Andalucía. La colombiana, otro
cante flamenco también sin sitio en el diccionario académico, es - a pesar de su
nombre- un cante nacido en España sin influencia americana, uno de los
denominados cantes de levante.5
Según el DRAE, cante es la
acción de cantar como baile es la acción de bailar; sin embargo, toque no figura
como la acción de tocar (un instrumento).6
Esta fue la respuesta de Antonio
Rodríguez Almodóvar.
LITERATURA POPULAR | A. R. ALMODÓVAR
Queridos catedráticos, dos puntos
Punto primero. Dispensen ustedes, y también los amables lectores, que les
dirija estas cuatro letras desde una sección habitualmente dedicada a menesteres
más discretos. Pero es aquí donde me siento a gusto, en el rincón donde hace
tiempo trato de defender, sin duda torpemente, las extraordinarias
peculiaridades de la cultura popular y el habla andaluzas. Y donde he sostenido,
con numerosos ejemplos, que el nuevo Diccionario de la RAE no nos ha tratado
particularmente bien. Creía yo que eran ejemplos sencillos y asumibles por
cualquiera, como que el flamenco anda cortito en el repertorio oficial de la
lengua de todos (faltan la mitad de los palos y ni siquiera viene la
toná, uno de los tres fundamentos de este arte, aunque sí tona, un
ruralismo gallego, por nata); o que la humilde pilistra tendrá que
seguir haciendo méritos en los hogares andaluces; o que no deberían haberse
colado o mantenido errores tan pintorescos como que la urta es pargo, que las
pajarillas del cerdo son el bazo, y no el páncreas; que el chorizo ha de ser
ahumado, la morcilla contener piñones o arroz (como en Burgos, naturalmente), y
la popular paletilla se ejemplifica, en el Diccionario de todos, con los cuartos
delanteros... del cordero. (Estos sabrosos ejemplos se los debo a mi amigo José
Mª Vaz de Soto, otro indesmayable defensor de la causa). El colmo me parece que
las dos variedades principales de nuestro aceite, picual y hojiblanca, brillen
por su ausencia. (Sí viene picuala, un arbusto cubano).Frente a tales evidencias, un grupo de ustedes (hasta 11, menos mal que no
todos), opináis de manera diferente. En una singular proclama de primeros de
diciembre descargáis una batería de estadísticas y porcentajes, que no sabía yo
que esta cuestión se midiera sólo al peso, pues ni un ejemplo ponéis. Por algo
será. Y todo para justificar que los mexicanos, por ejemplo, puesto que son más
que los andaluces, tienen derecho a más palabras en el diccionario que nosotros.
No comparto ese criterio, meramente cuantitativo. Más cerca me siento del
colombiano Rufino J. Cuervo cuando escribía, hace más o menos un siglo: 'El día
que tengamos un diccionario de andalucismos, hallaremos maravillas los
americanos'.Punto segundo. No sé si me creeréis si os digo que al pronto no me lo creí:
que os hubierais alzado en rebeldía contra una elemental proposición no de ley
del grupo socialista del Parlamento, de finales de noviembre, en la que
simplemente se insta al Gobierno autónomo a iniciar una nueva etapa de defensa,
estudio y dignificación del habla o hablas andaluzas. (Ya veis que hasta empleo
el plural, como a ustedes os gusta). Sinceramente, me parece que os habéis
pasado un pelín, pues atrevimiento no os ha faltado, al discutirle al partido
mayoritario de la Cámara la oportunidad, además de la obligación que tiene, de
aplicar y desarrollar el Estatuto de Autonomía en su artículo 12. Quiero pensar
que dos veces no os lo habéis pensado. Aparte de que alguno de ustedes pertenece
a un Seminario Permanente de Habla Andaluza, creado en su día al amparo de otra
institución, el Ayuntamiento de Sevilla, bajo los auspicios de Rojas Marcos.
¿Por qué con unas instituciones se puede ir y con otras no? También ahora el PA,
en su legítimo derecho y a través de la Consejería de Relaciones
Institucionales, anuncia sus propias iniciativas. Hombre, sería preferible
caminar todos juntos, pero como eso parece bastante complicado, mejor aplicar el
refranero: lo que abunda no daña y nunca es mal año por mucho trigo. En todo
caso, yo al menos no quiero descartar la posibilidad de que acabemos
encontrándonos -todos, o los que quieran-, en cualquier recodo del
camino.Tomado de
elcastellano.org La Página del Idioma
