José Maria Heredia

Heredia ha sido llamado el
"poeta nacional" de Cuba. Nació en la ciudad de Santiago de Cuba el 31 de
diciembre de 1803. El joven Heredia siguió los pasos de los distintos traslados que
experimentaron sus padres: La Florida, Santo Domingo, Venezuela y México. Se licenció en
Derecho en Cuba y estableció su bufete en Matanzas. Pero dos años más tarde, se vió
envuelto en la célebre conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar contra el régimen
colonial español. Esto le obligó a refugiarse en 1823 en los Estados Unidos. En 1825 se
estableció en México donde ocupó cargos políticos y se desempeño como periodista y
profesor. Regresó a Cuba solamente una vez muchos años después en un viaje muy breve de
tan solo cuatro meses. El tema de una gran parte de sus poesías es el lamento por la
patria añorada. Murió muy joven en la ciudad de Toluca, México, el 7 de mayo de 1839,
sin haber aún cumplido los treinta y seis años.

EN UNA TEMPESTAD

Huracán, huracán, venir te siento,

Y en tu soplo abrasado

Respiro entusiasmado

Del señor de los aires el aliento.

En las alas del viento suspendido

Vedle rodar por el espacio inmenso,

Silencioso, tremendo, irresistible

En su curso veloz. La tierra en calma

Siniestra; misteriosa,

Contempla con pavor su faz terrible.

¿Al toro no miráis? El suelo escarban,

De insoportable ardor sus pies heridos:

La frente poderosa levantando,

Y en la hinchada nariz fuego aspirando,

Llama la tempestad con sus bramidos.

¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblando

Vela en triste vapor su faz gloriosa,

Y su disco nublado sólo vierte

Luz fúnebre y sombría,

Que no es noche ni día...

¡Pavoroso calor, velo de muerte!

Los pajarillos tiemblan y se esconden

Al acercarse el huracán bramando,

Y en los lejanos montes retumbando

Le oyen los bosques, y a su voz responden.

Llega ya... ¿No le veis? ¡Cuál desenvuelve

Su manto aterrador y majestuoso...!

¡Gigante de los aires, te saludo...!

En fiera confusión el viento agita

Las orlas de su parda vestidura...

¡Ved...! ¡En el horizonte

Los brazos rapidísimos enarca,

Y con ellos abarca

Cuanto alcanzó a mirar de monte a monte!

¡Oscuridad universal!... ¡Su soplo

Levanta en torbellinos

El polvo de los campos agitado...!

En las nubes retumba despeñado

El carro del Señor, y de sus ruedas

Brota el rayo veloz, se precipita,

Hiere y aterra a suelo,

Y su lívida luz inunda el cielo.

¿Qué rumor? ¿Es la lluvia...? Desatada

Cae a torrentes, oscurece el mundo,

Y todo es confusión, horror profundo.

Cielo, nubes, colinas, caro bosque,

¿Dó estáis...? Os busco en vano:

Desparecisteis... La tormenta umbría

En los aires revuelve un oceano

Que todo lo sepulta...

Al fin, mundo fatal, nos separamos:

El huracán y yo solos estamos.

¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,

De tu solemne inspiración henchido,

Al mundo vil y miserable olvido,

Y alzo la frente, de delicia lleno!

¿Dó está el alma cobarde

Que teme tu rugir...? Yo en ti me elevo

Al trono del Señor: oigo en las nubes

El eco de su voz; siento a la tierra

Escucharle y temblar. Ferviente lloro

Desciende por mis pálidas mejillas,

Y su alta majestad trémulo adoro.

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LA ESTACIÓN DE LOS NORTES

Témplase ya del fatigoso estío

El fuego abrasador: del yerto polo

Del septentrión los vientos sacudidos,

Envueltos corren entre niebla oscura,

Y a Cuba libran de la fiebre impura.

Ruge profundo el mar, hinchado el seno,

Y en golpe azotador hiere las playas:

Sus alas baña Céfiro en frescura,

Y vaporoso, transparente velo

Envuelve al Sol y al rutilante cielo.

¡Salud, felices días! A la muerte

La ara sangrienta derribáis que mayo

Entre flores alzó: la acompañaba

Con amarilla faz la fiebre impía,

Y con triste fulgor resplandecía.

Ambas veían con adusta frente

De las templadas zonas a los hijos

Bajo este cielo ardiente y abrasado:

Con sus pálidos cetros los tocaban,

Y a la huesa fatal los despeñaban.

Mas su imperio finó: del norte el viento,

Purificando el aire emponzoñado,

Tiende sus alas húmedas y frías,

Por nuestros campos resonando vuela,

Y del rigor de agosto los consuela.

Hoy en los climas de la triste Europa

Del aquilón el soplo enfurecido

Su vida y su verdor quita a los campos,

Cubre de nieve la desnuda tierra,

Y al hombre yerto en su mansión encierra.

Todo es muerte y dolor: en Cuba empero

Todo es vida y placer: Febo sonríe,

Mas templado entre nubes transparentes,

Da nuevo lustre al bosque y la pradera,

Y los anima en doble primavera.

¡Patria dichosa! ¡Tú, favorecida

Con el mirar más grato y la sonrisa

De la Divinidad! No de tus campos

Me arrebate otra vez el hado fiero.

Lúzcame ¡ay! en tu cielo el sol postrero.

¡Oh! ¡con cuánto placer, amada mía,

Sobre el modesto techo que nos cubre

Caer oímos la tranquila lluvia,

Y escuchamos del viento los silbidos,

Y del distante Océano los bramidos!

Llena mi copa con dorado vino,

Que los cuidados y el dolor ahuyenta:

Él, adorada, a mi sedienta boca

Muy más grato será de ti probado,

Y a tus labios dulcísimos tocado.

Junto a ti reclinado en muelle asiento,

En tus rodillas pulsaré mi lira,

Y cantaré feliz mi amor, mi patria,

De tu rostro y de tu alma la hermosura,

Y tu amor inefable y mi ventura.

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NIÁGARA

Templad mi lira, dádmela, que siento

En mi alma estremecida y agitada

Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo

En tinieblas pasó, sin que mi frente

Brillase con su luz...! Niágara undoso,

Tu sublime terror sólo podría

Tornarme el don divino, que ensañada

Me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, calla

Tu trueno aterrador: disipa un tanto

Las tinieblas que en torno te circundan;

Déjame contemplar tu faz serena,

Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.

Yo digno soy de contemplarte: siempre

Lo común y mezquino desdeñando,

Ansié por lo terrífico y sublime.

Al despeñarse el huracán furioso,

Al retumbar sobre mi frente el rayo,

Palpitando gocé: vi al Oceano,

Azotado por austro proceloso,

Combatir mi bajel, y ante mis plantas

Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.

Mas del mar la fiereza

En mi alma no produjo

La profunda impresión que tu grandeza.

Sereno corres, majestuoso; y luego

En ásperos peñascos quebrantado,

Te abalanzas violento, arrebatado,

Como el destino irresistible y ciego.

¿Qué voz humana describir podría

De la sirte rugiente

La aterradora faz? El alma mía

En vago pensamiento se confunde

Al mirar esa férvida corriente,

Que en vano quiere la turbada vista

En su vuelo seguir al borde oscuro

Del precipicio altísimo: mil olas,

Cual pensamiento rápidas pasando,

Chocan, y se enfurecen,

Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,

Y entre espuma y fragor desaparecen.

¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo

Devora los torrentes despeñados:

Crúzanse en él mil iris, y asordados

Vuelven los bosques el fragor tremendo.

En las rígidas peñas

Rómpese el agua: vaporosa nube

Con elástica fuerza

Llena el abismo en torbellino, sube,

Gira en torno, y al éter

Luminosa pirámide levanta,

Y por sobre los montes que le cercan

Al solitario cazador espanta.

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista

Con inútil afán? ¿Por qué no miro

Alrededor de tu caverna inmensa

Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,

Que en las llanuras de mi ardiente patria

Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,

Y al soplo de las brisas del Océano,

Bajo un cielo purísimo se mecen?

Este recuerdo a mi pesar me viene...

Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,

Ni otra corona que el agreste pino

A tu terrible majestad conviene.

La palma, y mirto, y delicada rosa,

Muelle placer inspiren y ocio blando

En frívolo jardín: a ti la suerte

Guardó más digno objeto, más sublime.

El alma libre, generosa, fuerte,

Viene, te ve, se asombra,

El mezquino deleite menosprecia,

Y aun se siente elevar cuando te nombra.

¡Omnipotente Dios! En otros climas

Vi monstruos execrables,

Blasfemando tu nombre sacrosanto,

Sembrar error y fanatismo impío,

Los campos inundar en sangre y llanto,

De hermanos atizar la infanda guerra,

Y desolar frenéticos la tierra.

Vilos, y el pecho se inflamó a su vista

En grave indignación. Por otra parte

Vi mentidos filósofos, que osaban

Escrutar tus misterios, ultrajarte,

Y de impiedad al lamentable abismo

A los míseros hombres arrastraban.

Por eso te buscó mi débil mente

En la sublime soledad: ahora

Entera se abre a ti; tu mano siente

En esta inmensidad que me circunda,

Y tu profunda voz hiere mi seno

De este raudal en el eterno trueno.

¡Asombroso torrente!

¡Cómo tu vista el ánimo enajena,

Y de terror y admiración me llena!

¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza

Por tantos siglos tu inexhausta fuente?

¿Qué poderosa mano

Hace que al recibirte

No rebose en la tierra el Oceano?

Abrió el Señor su mano omnipotente;

Cubrió tu faz de nubes agitadas,

Dio su voz a tus aguas despeñadas,

Y ornó con su arco tu terrible frente.

¡Ciego, profundo, infatigable corres,

Como el torrente oscuro de los siglos

En insondable eternidad...! ¡Al hombre

Huyen así las ilusiones gratas,

Los florecientes días,

Y despierta al dolor...! ¡Ay! agostada

Yace mi juventud; mi faz, marchita;

Y la profunda pena que me agita

Ruga mi frente, de dolor nublada.

Nunca tanto sentí como este día

Mi soledad y mísero abandono

y lamentable desamor... ¿Podría

En edad borrascosa

Sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡si una hermosa

Mi cariño fijase,

Y de este abismo al borde turbulento

Mi vago pensamiento

Y ardiente admiración acompañase!

¡Cómo gozara, viéndola cubrirse

De leve palidez, y ser más bella

En su dulce terror, y sonreírse

Al sostenerla mis amantes brazos...!

¡Delirios de virtud...! ¡Ay! ¡Desterrado,

Sin patria, sin amores,

Sólo miro ante mí llanto y dolores!

¡Niágara poderoso!

¡Adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años

Ya devorado habrá la tumba fría

A tu débil cantor. ¡Duren mis versos

Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso

Viéndote algún viajero,

Dar un suspiro a la memoria mía!

Y al abismarse Febo en occidente,

Feliz yo vuele do el Señor me llama,

Y al escuchar los ecos de mi fama,

Alce en las nubes la radiosa frente.

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HIMNO AL SOL

En los yermos del mar, donde habitas,

Alza ¡oh Musa! tu voz elocuente:

Lo infinito circunda tu frente,

Lo infinito sostiene tus pies.

Ven: al bronco rugir de las ondas

Une acento tan fiero y sublime,

Que mi pecho entibiado reanime,

Y mi frente ilumine otra vez.

Las estrellas en torno se apagan,

Se colora de rosa el oriente,

Y la sombra se acoge a occidente

Y a las nubes lejanas del sur:

Y del este en el vago horizonte,

Que confuso mostrábase y denso,

Se alza pórtico espléndido, inmenso,

De oro, púrpura, fuego y azul.

¡Vedle ya...! Cual gigante imperioso

Alza el Sol su cabeza encendida...

¡Salve, padre de luz y de vida,

Centro eterno de fuerza y calor!

¡Cómo lucen las olas serenas

De tu ardiente fulgor inundadas!

¡Cuál sonriendo las velas doradas

Tu venida saludan, oh Sol!

De la vida eres padre: tu fuego

Poderoso renueva este mundo:

Aun del mar el abismo profundo

Mueve, agita, serena tu ardor.

Al brillar la feliz primavera,

Dulce vida recobran los pechos,

Y en dichosa ternura deshechos

Reconocen la magia de Amor.

Tuyas son las llanuras: tu fuego

De verdura las viste y de flores,

Y sus brisas y blandos olores

Feudo son a tu noble poder.

Aun el mar te obedece: sus campos

Abandona huracán inclemente,

Cuando en ellos reluce tu frente,

Y la calma se mira volver.

Tuyas son las montañas altivas,

Que saludan tu brillo primero,

Y en la tarde tu rayo postrero

Las corona de bello fulgor.

Tuyas son las cavernas profundas,

De la tierra insondable tesoro,

Y en su seno el diamante y el oro

Reconcentran tu plácido ardor.

Aun la mente obedece tu imperio,

Y al poeta tus rayos animan;

Su entusiasmo celeste subliman,

Y le ciñen eterno laurel.

Cuando el éter dominas, y al mundo

Con calor vivificas intenso,

Que a mi seno desciendes yo pienso,

Y alto numen despiertas en él.

¡Sol! Mis votos humildes y puros

De tu luz en las alas envía

Al Autor de tu vida y la mía

Al Señor de los cielos y el mar.

Alma eterna, doquiera respira,

Y velado en tu fuego le adoro:

Si yo mismo ¡mezquino! me ignoro,

¿Cómo puedo su esencia explicar?

A su inmensa grandeza me humillo:

Sé que vive, que reina y me ama,

Y su aliento divino me inflama

De justicia y virtud en amor.

¡Ah! si acaso pudieron un día

Vacilar de mi fe los cimientos,

Fue al mirar sus altares sangrientos

Circundados por crimen y error.

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CALMA EN EL MAR

El cielo está puro,

La noche tranquila,

Y plácida reina

La calma en el mar.

En su campo inmenso

El aire dormido

La flámula inmóvil

No puede agitar.

Ninguna brisa

Llena las velas,

Ni alza las ondas

Viento vivaz.

En el oriente

Débil meteoro

Brilla y disípase

Leve, fugaz.

Su ebúrneo semblante

Nos muestra la luna,

Y en torno la ciñe

Corona de luz.

El brillo sereno

Argenta las nubes,

Quitando a la noche

Su pardo capuz.

Y las estrellas,

Cual puntos de oro,

En todo el cielo

Vense brillar.

Como un espejo

Terso, bruñido,

Las luces trémulas

Refleja el mar.

La calma profunda

De aire, mar y cielo,

Al ánimo inspira

Dulce meditar.

Angustias y afanes

De la triste vida,

Mi llagado pecho

Quiere descansar.

Astros eternos,

Lámparas dignas,

Que ornáis el templo

Del Hacedor;

Sedme la imagen

De su grandeza,

Que lleve al ánimo

Santo pavor.

¡Oh piloto! la nave prepara:

A seguir tu derrota dispónte,

Que en el puro lejano horizonte

Se levanta la brisa del sur;

Y la zona que oscura lo ciñe,

Cual la luz presurosa se tiende,

Y del mar, cuyo espejo se hiende,

Muy más bello parece el azul.

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AL OCÉANO

¡Qué! ¡De las ondas el hervor insano

Mece por fin mi lecho estremecido!

¡Otra vez en el Mar!... Dulce a mi oído

Es tu solemne música, Oceano.

¡Oh! ¡cuántas veces en ardientes sueños

Gozoso contemplaba

Tu ondulación, y de tu fresca brisa

El aliento salubre respiraba!

Elemento vital de mi existencia,

De la vasta creación mística parte,

¡Salve! felice torno a saludarte

Tras once años de ausencia.

¡Salve otra vez! a tus volubles ondas

Del triste pecho mío

Todo el anhelo y esperanza fío.

A las orillas de mi fértil patria

Tú me conducirás, donde me esperan

Del campo entre la paz y las delicias,

Fraternales caricias,

Y de una madre el suspirado seno.

¡Me oyes, benigno Mar! De fuerza lleno,

En el triste horizonte nebuloso,

Tiende sus alas aquilón fogoso,

Y las bate: la vela estremecida

Cede al impulso de su voz sonora,

Y cual flecha del arco despedida,

Corta las aguas la inflexible prora.

Salta la nave, como débil pluma,

Ante el fiero aquilón que la arrebata

Y en torno, cual rugiente catarata,

Hierven montes de espuma.

¡Espectáculo espléndido, sublime

De rumor, de frescura y movimiento:

Mi desmayado acento

Tu misteriosa inspiración reanime!

Ya cual mágica luz brillar la siento:

Y la olvidada lira

Nuevos tonos armónicos suspira.

Pues me torna benéfico tu encanto

El don divino que el mortal adora,

Tuyas, glorioso Mar, serán ahora

Estas primicias de mi nuevo canto.

¡Augusto primogénito del Caos!

Al brillar ante Dios la luz primera,

En su cristal sereno

La reflejaba tu cerúleo seno:

Y al empezar el mundo su carrera,

Fue su primer vagido,

De tus hirvientes olas agitadas

El solemne rugido.

Cuando el fin de los tiempos se aproxime,

Y al orbe desolado

Consuma la vejez, tú, Mar sagrado,

Conservarás tu juventud sublime.

Fuertes cual hoy, sonoras y brillantes,

Llenas de vida férvida tus ondas,

Abrazarán las playas resonantes

-Ya sordas a tu voz-, tu brisa pura

Gemirá triste sobre el mundo muerto,

Y entonarás en lúgubre concierto

El himno funeral de la Natura.

¡Divino esposo de la Madre Tierra!

Con tu abrazo fecundo,

Los ricos dones desplegó que encierra

En su seno profundo.

Sin tu sacro tesoro inagotable,

De humedad y de vida,

¿Qué fuera? -Yermo estéril, pavoroso,

De muerte y aridez sólo habitado.

Suben ligeros de tu seno undoso

Los vapores que, en nubes condensados

Y por el viento alígero llevados,

Bañan la tierra en lluvias deliciosas,

Que al moribundo rostro de Natura

Tornando la frescura,

Ciñen su frente de verdor y rosas.

¡Espejo ardiente del sublime cielo!

En ti la luna su fulgor de plata

Y la noche magnífica retrata

El esplendor glorioso de su velo.

Por ti, férvido Mar, los habitantes

De Venus, Marte, o Júpiter, admiran

Coronado con luces más brillantes

Nuestro planeta, que tus brazos ciñen,

Cuando en tu vasto y refulgente espejo

Mira el Sol de su hoguera inextinguible

El áureo, puro, vívido reflejo.

¿Quién es, sagrado Mar, quién es el hombre

A cuyo pecho estúpido y mezquino

Tu majestosa inmensidad no asombre?

Amarte y admirar fue mi destino

Desde la edad primera:

De juventud apasionada y fiera

En el ardor inquieto,

Casi fuiste a mi culto noble objeto.

Hoy a tu grata vista, el mal tirano

Que me abrumaba, en dichoso olvido

Me deja respirar. Dulce a mi oído

es tu solemne música, Oceano.

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VANIDAD DE LAS RIQUEZAS

Si la pálida muerte se aplacara

Con que yo mis riquezas le ofreciera,

Si el oro y plata para sí quisiera,

Y a mí la dulce vida me dejara;

¡Con cuánto ardor entonces me afanara

Por adquirir el oro, y si viniera

A terminar mis días la Parca fiera,

Cuán ufano mi vida rescatara!

Pero ¡ah! no se libertan de su saña

El hombre sabio, el rico ni el valiente:

En todos ejercita su guadaña.

Quien se afana en ser rico no es prudente:

Si en que debe morir nadie se engaña,

¿Para qué trabajar inútilmente?

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AL POPOCATEPETL

Tú que de nieve eterna coronado

Alzas sobre Anahuac la enorme frente,

Tú de la indiana gente

Temido en otro tiempo y venerado,

Gran Popocatepetl, oye benigno

El saludo humildoso

Que trémulo mi labio te dirige.

Escucha al joven, que de verte ansioso

Y de admirar tu gloria, abandonara

El seno de Managua delicioso.

Te miro en fin: tus faldas azuladas

Contrastan con la nieve de tu cima,

Cual descuellas encima

De las cándidas nubes que apiñadas

Están en torno de tu firme asiento:

En vano el recio viento

Apartarlas intenta de tu lado.

¡Cuál de terror me llena

El boquerón horrendo, do inflamado

Tu pavoroso cóncavo respira!

¡Por donde ardiendo en ira

Mil torrentes de fuego vomitabas,

Y el fiero tlascalteca

El ímpetu temiendo de tus lavas,

Ante tu faz postrado

Imploraba lloroso tu clemencia!

¡Cuán trémulo el cuitado

¡Quedábase al mirar tu seno ardiente

Centellas vomitar, que entre su gente

Firmísimos creían

Ser almas de tiranos,

Que a la tierra infeliz de ti venían!

Y llegará tal vez el triste día

En que del Etna imites los furores,

Y con fuertes hervores

Consigas derretir tu nieve fría,

Que en torrentes bajando

El ancho valle inunde,

Y destrucción por él vaya sembrando.

O bien la enorme espalda sacudiendo

Muestres tu horrible seno cuasi roto,

Y en fuerte terremoto

Vayas al Anahuac estremeciendo,

Y las grandes ciudades

De tu funesta cólera al amago,

Con miserable estrago

Se igualen a la tierra en su ruina,

Y por colmo de horrores

Den inmenso sepulcro

A sus anonadados moradores...

¡Ah! ¡nunca, nunca sea!

¡Nunca, oh sacro volcán, tanto te irrites!

Lejos de mí tan espantosa idea.

A tu vista mi ardiente fantasía

Por edades y tiempos va volando,

Y se acerca temblando

A aquel funesto y pavoroso día

En que Jehová con mano omnipotente

La ruina de la tierra decretara.

El Aquilón soberbio

Bramando con furor amontonara

Inmensidad de nubes tempestuosas,

Que con su multitud y su espesura

La brillantez del sol oscurecieron:

Cuando sus senos húmedos abrieron

El espumoso mar se vio aumentado,

Y entrando por la tierra presuroso,

Imaginó gozoso

A su imperio por siempre sujetarla.

Los hombres aterrados

A los enhiestos árboles subían,

Mas allí no perdían

Su pánico terror: pues el Océano

Que fiero se estremece

Temiendo que la tierra se le huye,

A todos los destruye

En el asilo mismo que eligieron.

Acaso dos monarcas enemigos

Que en pos corriendo de funesta gloria,

Sobrados materiales a la historia

En bárbaros combates preparaban,

Al ver entonces el terrible aspecto

De la celeste cólera, temblaron:

En un sagrado templo guarecidos,

De palidez cubiertos se abrazaron,

Y al punto sofocaron

Sus horrendos rencores en el pecho.

Pero en el templo mismo

Los furores del mar les alcanzaban

Que con ellos y su odio sepultaban

Su reconciliación y su memoria.

Revueltos entre sí los elementos,

Su terrible desorden anunciaba

Que el airado Criador sobre la tierra

El peso de su cólera lanzaba.

Tú entonces, del volcán genio invencible.

El ruido de las ondas escuchaste,

Y al punto demostraste

Tu sorpresa y tu cólera terrible.

Cual sacude el anciano venerable

Su luenga barba y cabellera cana,

Tal tú con furia insana

La nieve sacudiste que te adorna,

Y humo y llamas ardientes vomitando,

Airado alzaste la soberbia frente,

Y tembló fuertemente

La tierra, aunque cubierta de los mares.

Entonces dirigiste

A la ondas la voz, y así dijiste:

"¿Quién ha podido daros

Suficiente osadía,

Para que a vista mía

Mi imperio profanéis de aqueste modo?

Volved atrás la temeraria planta,

Y no intentéis osadas

Penetrar mis mansiones, visitadas

Sólo del aire vagaroso y puro".

Así dijiste, y de su seno oscuro

Con horrible murmurio respondieron

Las ondas a tu voz, y acobardadas

Al llegar a tus nieves eternales

Con respetuoso horror se detuvieron.

De espumas y cadáveres hinchadas,

Mil horribles despojos arrastrando

Hasta tu pie venían,

Y humildes le besaban,

Y allí la furia horrenda contenían.

Jehová entonces su mano levantando,

Dio así nuevos esfuerzos a las ondas,

Que súbito se hincharon,

Y a pesar de tu rabia y tus bramidos

A tus senos ardientes se lanzaron.

Mas aun allí tu cólera temían,

Pues de tu ardiente cráter arrojadas,

Y en vapor transformadas,

Vencer tu resistencia no podían.

Pero Jehová contuvo tus furores,

Y sobre tu cabeza

Con inmortal, divina fortaleza

Aglomeró las ondas espumosas.

Viéndote ya vencido

Por el mar protegido de los cielos,

En tu seno más hondo y escondido

Los fuegos inextintos ocultaste,

Con que tu claro imperio recobraste

Pasados los furores del diluvio.

En tanto de tus senos anegados

Un negro vapor sube,

Que alzando al éter columnosa nube,

Al universo anuncia

Los estragos del húmedo elemento,

De Jehová la venganza y la alta gloria,

Su tan fácil victoria,

Y tu debilidad y abatimiento.

Después de la catástrofe horrorosa

Luengos siglos pasaste sosegado,

Temido y venerado

De la insigne Tlaxcala belicosa.

Jamás humana planta

Las nieves de tu cima profanara.

Mas ¿qué no pudo hacer entre los hombres

la ansia fatal de eternizar sus nombres?

Mira tu faz el español osado,

Y temerario intenta

Penetrar tus misterios escondidos.

El intrépido Ordaz se te presenta,

Y a tu nevada cúspide se arroja.

En vano con bramidos

Le quisiste arredrar; entonce airado

Ostentas tu poder. Con mano fuerte

Procuras de tu espalda sacudirle,

Y haciéndole temer próxima muerte,

Por los aires despides

Mil y mil trozos de tu duro hielo,

Y amenazas con llamas abrasarle,

Y le encubres el cielo

Y la lejana tierra

Con pómez y volcánica ceniza

Que a fuer de lluvia bajo sí le entierra.

Mas él, siempre animoso,

Ve tu furor con ánimo sereno:

Holla tu nieve, y desde tu ancha boca

Mira con ansia tu hervoroso seno.

Mil victorias y mil doquier lograba

El español ejército valiente,

Pero ya finalmente

La pólvora fulmínea les faltaba.

Y su impávido jefe fabricarla

Con el azufre de tu seno quiere.

Hablara así a sus huestes el grande hombre:

"Eterno loor a aquel que se atreviere

A acometer empresa de tal nombre".

Así dice, y Montaño valeroso,

La voz de honor oyendo que le anima,

Baja a tu ardiente sima,

Y tus frutos te arranca victorioso.

¿Con fuerza te estremeces? ¡ah! yo creo

Que a cólera mi labio te provoca.

De tu anchurosa boca

Humo y sulfúrea llama salir veo.

¿Qué? ¿me quieres decir fiero y airado

Que sólo he numerado

Los terribles ultrajes que has sufrido?

Basta, basta, oh volcán; ya temeroso

El torpe labio sello;

Pero escucha mis súplicas piadoso:

No quieras despiadado

Ser más temido siempre que admirado.

Jamás enorme piedra

De tus senos lanzada

Llene de espanto al labrador vecino;

Jamás lleve tu lava su camino

A su fértil hacienda,

Ni derribes su rústica vivienda

Con tus fuertes y horribles convulsiones;

Que el inextinto fuego

Que en tu seno se guarda

Para siempre jamás quede en sosiego.

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EN EL TEOCALLI DE CHOLULA

¡Cuánto es bella la tierra que habitaban,

Los aztecas valientes! En su seno

En una estrecha zona concentrados,

Con asombro se ven todos los climas

Que hay desde el Polo al Ecuador. Sus llanos

Cubren a par de las doradas mieses

Las cañas deliciosas. El naranjo

Y la piña y el plátano sonante,

Hijos del suelo equinoccial, se mezclan

A la frondosa vid, al pino agreste,

Y de Minerva el árbol majestoso.

Nieve eternal corona las cabezas

De Iztaccihual purísimo, Orizaba

Y Popocatepetl, sin que el invierno,

Toque jamás con destructora mano

Los campos fertilísimos, do ledo

Los mira el indio en púrpura ligera

Y oro teñirse, reflejando el brillo

Del sol en occidente, que sereno

En yelo eterno y perennal verdura

A torrentes vertió su luz dorada,

Y vio a Naturaleza conmovida

Con su dulce calor hervir en vida.

Era la tarde; su ligera brisa

Las alas en silencio ya plegaba,

Y entre la hierba y árboles dormía,

Mientras el ancho sol su disco hundía

Detrás de Iztaccihual. La nieve eterna,

Cual disuelta en mar de oro, semejaba

Temblar en torno de él; un arco inmenso

Que del empíreo en el cenit finaba,

Como espléndido pórtico del cielo,

De luz vestido y centellante gloria,

De sus últimos rayos recibía

Los colores riquísimos. Su brillo

Desfalleciendo fue; la blanca luna

Y de Venus la estrella solitaria

En el cielo desierto se veían.

¡Crepúsculo feliz! Hora más bella

Que la alma noche o el brillante día,

¡Cuánto es dulce tu paz al alma mía!

Hallábame sentado en la famosa

Cholulteca pirámide. Tendido

El llano inmenso que ante mí yacía,

Los ojos a espaciarse convidaba.

¡Qué silencio! ¡Qué paz! ¡Oh! ¿Quién diría

Que en estos bellos campos reina alzada

La bárbara opresión, y que esta tierra

Brota mieses tan ricas, abonada

Con sangre de hombres, en que fue inundada

Por la superstición y por la guerra...?

Bajó la noche en tanto. De la esfera

El leve azul, oscuro y más oscuro

Se fue tornando; la movible sombra

De las nubes serenas, que volaban

Por el espacio en alas de la brisa,

Era visible en el tendido llano.

Iztaccihual purísimo volvía

Del argentado rayo de la luna

El plácido fulgor, y en el oriente,

Bien como puntos de oro centellaban

Mil estrellas y mil... ¡Oh! ¡Yo os saludo,

Fuentes de luz, que de la noche umbría

Ilumináis el velo,

Y sois del firmamento poesía!

Al paso que la luna declinaba,

Y al ocaso fulgente descendía,

Con lentitud la sombra se extendía

Del Popocatepetl, y semejaba

Fantasma colosal. El arco oscuro

A mí llegó, cubrióme, y su grandeza

Fue mayor y mayor, hasta que al cabo

En sombra universal veló la tierra.

Volví los ojos al volcán sublime,

Que velado en vapores transparentes,

Sus inmensos contornos dibujaba

De occidente en el cielo.

¡Gigante del Anáhuac! ¿Cómo el vuelo

De las edades rápidas no imprime

Alguna huella en tu nevada frente?

Corre el tiempo veloz, arrebatando

Años y siglos, como el norte fiero

Precipita ante sí la muchedumbre

De las olas del mar. Pueblos y reyes

Viste hervir a tus pies, que combatían

Cual hora combatimos, y llamaban

Eternas sus ciudades, y creían

Fatigar a la tierra con su gloria.

Fueron: de ellos no resta ni memoria.

¿Y tú eterno serás? Tal vez un día

De tus profundas bases desquiciado

Caerás; abrumará tu gran ruina

Al yermo Anáhuac; alzaránse en ella

Nuevas generaciones, y orgullosas,

Que fuiste negarán...

Todo parece

Por ley universal. Aun este mundo

Tan bello y tan brillante que habitamos,

Es el cadáver pálido y deforme

De otro mundo que fue...

En tal contemplación embebecido

Sorprendióme el sopor. Un largo sueño

De glorias engolfadas y perdidas

En la profunda noche de los tiempos,

Descendió sobre mí. La agreste pompa

De los reyes aztecas desplegóse

A mis ojos atónitos. Veía

Entre la muchedumbre silenciosa

De emplumados caudillos levantarse

El déspota salvaje en rico trono,

De oro, perlas y plumas recamado;

Y al son de caracoles belicosos

Ir lentamente caminando al templo

La vasta procesión, do la aguardaban

Sacerdotes horribles, salpicados

Con sangre humana rostros y vestidos.

Con profundo estupor el pueblo esclavo

Las bajas frentes en el polvo hundía,

Y ni mirar a su señor osaba,

De cuyos ojos férvidos brotaba

La saña del poder.

Tales ya fueron

Tus monarcas, Anáhuac, y su orgullo,

Su vil superstición y tiranía

En el abismo del no ser se hundieron.

Sí, que la muerte, universal señora,

Hiriendo a par al déspota y esclavo,

Escribe la igualdad sobre la tumba.

Con su manto benéfico el olvido

Tu insensatez oculta y tus furores

A la raza presente y la futura.

Esta inmensa estructura

Vio a la superstición más inhumana

En ella entronizarse. Oyó los gritos

De agonizantes víctimas, en tanto

Que el sacerdote, sin piedad ni espanto,

Les arrancaba el corazón sangriento;

Miró el vapor espeso de la sangre

Subir caliente al ofendido cielo,

Y tender en el sol fúnebre velo,

Y escuchó los horrendos alaridos

Con que los sacerdotes sofocaban

El grito del dolor.

Muda y desierta

Ahora te ves, pirámide. ¡Más vale

Que semanas de siglos yazcas yerma,

Y la superstición a quien serviste

En el abismo del infierno duerma!

A nuestros nietos últimos, empero,

Sé lección saludable; y hoy al hombre

Que ciego en su saber fútil y vano

Al cielo, cual Titán, truena orgulloso,

Sé ejemplo ignominioso

De la demencia y del furor humano.

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INMORTALIDAD

Cuando en el éter fúlgido y sereno

Arden los astros por la noche umbría,

El pecho de feliz melancolía

Y confuso pavor siéntese lleno.

¡Ay! ¡así girarán cuando en el seno

Duerma yo inmóvil de la tumba fría!...

Entre el orgullo y la flaqueza mía

Con ansia inútil suspirando peno,

Pero ¿qué digo? -Irrevocable suerte

También los astros a morir destina,

Y verán por la edad su luz nublada.

Mas superior al tiempo y a la muerte

Mi alma, verá del mundo la ruina,

A la futura eternidad ligada.

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