por Victoriano Vicario
VIEJO
MASTÍN
Fue el día ese que soltaron al
peor de los perros
cuando nos encontramos iluminados de
sol y de
cristalina mañana.
El mastín dio su dentellada al
primer beso
la furia de miles de bestias se
dejaron caer.
Bajo el alero del solo abrazo,
ese solo, llevaba en sí toda la
jauría,
su rabo animoso nos inquietaba
incitándonos al movimiento
en el preciso lugar,
no sabíamos en qué momento su
molar terrible,
sus filudos caninos nos destrozarían.
Fuimos llevados por sus ágiles
patas de lebrel,
agilidad de galgo, furia de pekinés,
y paciencia de bull dog,
hasta nos elevamos por todos los más
fantásticos caminos,
veredas, prados,
gritos, y respiración
entrecortada calmaba la fragancia de una flor,
mientras, el salvaje animal nos
acosaba.
Hoy al cabo de estos años y
distancias; finalmente, el perro del amor
nos destrozó.
MAREJADA
Entre arena y piedrecillas todo quedó
atrapado,
el grito gustoso con ese revolver de
entrañas
a medida que desbordaba el río
caliente
cargado de años.
Sus colmillos de sangre ardida, mordía
nuestros territorios vulnerables
yéndonos en ese sopor de ricas
sensaciones,
y más, y más, en el
aullido
gritaban las gargantas guturales con
metálico sonido
como campanadas a rebato
llamando al novenario,
mientras, las venas se hinchaban a
borbotones
en calentura colosal.
Un barco en movimiento era todo,
dándose vueltas en su propia
estela,
en vaivenes de olas cada vez más
atronadoras, y
violentas, en la rompiente;
mordía espumas de
colores increíbles.
Llegada la calma,
el luto embadurnó todo con su color
cavernoso.
Felina Furiosa
La voluptuosidad de tus
movimientos, volcana,
salada mar sagrada del placer,
te recuesta
en el espejo memorioso
que vives festinando mi fiesta
de fuegos.
Precipicia, en la que he
caído yéndome al fondo,
pacienciando este cuchillo
pesado de primaveras,
que busca la yugular roja de
tu flor,
entre esos labios carnosos,
ansioso túnel húmedo,
donde pernoctó mi raíz
arrancando tus gritos
furiosos felina indomable.
Anticipaste cada beso a otro
beso tras besos,
tocando ciego tus abismos.
Amo esos desfiladeros tuyos
sin equilibrios,
rabiosos de seducción
multiplicada,
y erráticos en el
rumor del deseo.
Te habitaron mis preñadas
ansias y
aunque palpitas en mi
vastedad,
la muerte mete cosas en mis
oídos
con sus cánticos de
sirena.
SELVA DE LOCURAS
Te es el jazmín y el
cielo, un hilo de aromas
dejas impregnándome,
mientras, el color de la
camaradería desbordada
abre conjuros.
Una luz fugaz tu nuca expuesta a
mis caricias
bárbaras: el placer
ventila sus gozos.
Agazapada la vibración
sin remedio alza
sus garras, latiendo en la piel
tersa ofrecida
de tu espalda y glúteos
desenfundando
como mitos ardientes, estas
yemas que te
tactan en el momento escogido
al azar por el amor.
El signo arbitrario desata con
tu gesto
tiempo para la desmemoria, y sus
espinas
urden en una única
impenetrable selva.
La locura silenciosa que
ilumina,
en el fondo, antes que la luz,
los rincones
de la soledad, esa gaviota
siniestra
que ahoga con su tejido
acústico las voces
de la nostalgia descoyuntada
por maleficios.

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