por
Victoriano Vicario

EPISTOLA XXXIII

Una señal de los tiempos
que corren;

embadurnarse con flores de
ortiga, acelerar el ritmo al tiempo y sus

juegos dorados


brillan hasta las raíces


miro el techo sombrío de la pieza de aquel hotel en que nos
hicimos a la vela de los sueños en el viaje del amor entre ola
y ola de un embravecido mar, nuestros sentimientos sueltos como boca de lobo por los horizontes de las paredes y los pliegues de la cama


los besos parten el aire de ese jardín gótico en que
cuelga un ramaje vampirezco, azaleas negras perfuman con sus filamentos cristalinos cada rincón que vuelvo a descubrir en ti


te observo


me embelesa verte desnuda, fruta próxima a derretirse
cae a mis labios, libélula que sueltas tu lengua de
transparencias llameando sobre mi lengua de soles catastróficos donde aúllan los firmamentos estelares su canción
cósmica


un tono especial tenían esas calles, polvosas de rutinas,
angustiadas de silencio, ignoradas hasta por la soledad

es que nunca había saboreado nada, comparado a otros sabores, cómo sentí ese regusto de sabrosuras diversas
desbordada desde tu alma en esos gritos de hervidura astral que nacía en tus entrañas


por eso siempre te contemplo desnuda mía


te guardo en mis ojos hasta el día de mi muerte

RESBALADIZOS
FUEGOS

¿Qué pasa, qué, no se?, ¿qué pasa, qué se cuela?

Sólo cae, cae y caen goterones de sol,

pienso que hay una palabra que oculta tras los
biombos del calor, bárbara oscuridad absoluta,
delineando un mapa de la sangre que se mueve

en espiral, descendente y ascendente

acabamos despertando rojos geranios para
intoxicarnos de belleza floral
como lauros en la sien.

El juego otrora intentando un mundo eterno
aunque dura horas y horas en los resbaladizos
fuegos, tus labios, dibujados por estos dedos

temblorosos, uno a uno: uno, confundidos respiramos
perfume espeso de los cuerpos frenéticos gozándose
hundidos de fragancia, aliento y saliva ¡gloria!

Gloria
in excelsis Deo

Cierto,
nos besamos poco, muy poco

fue más la pesadez que tiembla plateada en
la luna del recuerdo, húmeda de soledad.

INTERIOR:
RECÁMARA DODECAFÓNICA

Atengame ya pues, al ingenio y sus
sentidos, en tanto que el fuego hierve
lasangre, brechas de ansias causan
pues tanta inquietud pues, que no te he de ver,
mas, tanto es lo que ansío, así brille como refulge
estos ardientes cuerpos entre suspiros,
que mi son, violenta a ritmo descontrolado
en ti, sólo en ti deléitame, marco el plumón
de tu nuca, abre tu campo, trigal dormido
dora sin esquivez, a mis ojos todo,
de miel y leche, bondades,
manjar dado a mi merced, preciada alimento:
cereal vasto, desnudo a mi lujuria.

Suena el timbre dodecafónico del catre
dejando en sus pliegues el horóscopo
admonitorio entre sábanas y colchones

¡ay!
Que vuela y vuela la bien regada

entendedera haciendo líquidas las
arenas interiores del alma que se
agitan en música de imaginación

Viola,
mi hambre carnicera como Atila,

ese sosiego con que os altero y uso lo que
me permite hasta el fondo del grito.

Condenado con estas cadenas
arrastro mis últimos días
por vericuetos de sombras, silencios y
el terrible destello de la soledad
que me condena a sed de ti.

MIGAJAS
DE LO IDO


Desde la
Aldea de Manduki un 25 de julio...

Cuesta el ánimo, más que cualquier moneda ,
alrededor de un pabilo tenue se alargan
aparecidos, entierros, duendes, brujas,
entre las interrogaciones que nos ponen las sombras
volcadas como piel a las paredes, animal,
dragón inventado sin bufosos fuegos,
solamente pálido como matraca de anemia,
desgreñado, carente de solemnidad, bicho triste.

A todo esto, nuestros rostros,
adquieren muecas fantasmagóricas,
habitadas por fríos y desórdenes
que van royendo las flores de los sueños

No hay hoguera luminosa para
cuidar el calor de tu regazo ,
sólo, viejas estampas que retienen
aquellas alegrías que creímos eternas

mínimos momentos
que nos disfrutamos sorbiéndonos
como uvas dulces y aceitosas de vida.

Hace
harto frío” (Terneruza)

Sigues mis pasos, cansados ya, de tanto
rodar caminos que destierran las alforjas

a un exilio donde es duro el pan del recuerdo
y amargo el café del silencio.