"CANIBALIA" CANIBALISMO Y NO ANTROPOFAGIA
Rafael Reig, escritor caníbal
Aunque pudiera parecer una actitud démodé,
la pregunta que indaga sobre el ser de la literatura aún desconcierta a
unos cuantos, mucho más si es acompañada por esa otra interrogante que
lo hace sobre la verdadera utilidad de “algo” que no es arte ni oficio
ni distracción y que, paradójicamente, es todo eso y tanto como cada
cual desee agregar a un concepto capaz de cobijar obras tan disímiles
como un drama de Shakespeare y el Informe en el expediente de la Ley Agraria de
Gaspar Melchor de Jovellanos; algo como “un tipo que está en su casa y
se pone a escribir en pijama” o que, al final de su recorrido vital, se
percata de que hay un muro y, del otro lado, el vacío y, antes de irse,
“quiere dejar escrito su nombre en la madera de la puerta, una fecha en
la corteza de un árbol, una inscripción arañando con las uñas la cal de
la pared”, porque “eso es el arte, nada más, desde Altamira a
Apollinaire”. Los límites, que no habrán de estar anclados en ningún
absoluto ―ni divino ni terreno―, se corresponden con la imaginación y
el estado mental de cada quien puesto que todo es susceptible de ser literaturizado.
Así, cualquier individuo de nuestra especie ―con un cerebro
medianamente funcional― puede crear literatura tal como la conocemos en
el siglo xxi; de igual modo, todo ser humano genera una lectura
diferente de cada uno de los textos con los cuales interactúa. Y esa
lectura, que exhibirá sus marcas particulares ―únicas, irrepetibles y,
hasta cierto punto, intransferibles― podrá ser realizada desde
múltiples enfoques intelectivos, desde la pasividad extrema de un
lector cuya actitud ante una obra es semejante a la de una mosca
atrapada por casualidad entre las hojas de un libro, hasta la
hiperactividad de aquel otro que, al leer, re-escribe a la par del
autor que termina por ser devorado en un acto de estricta peripecia
caníbal. De este último tipo de lectores hay una fauna tan variopinta
como deliciosa, en conjunto armada de los más refinados instintos para
acercarse al corazón de una batalla insalvable entre el ser y el deber ser
literarios. El humor, la ironía, la iconoclastia sabiamente dosificada
sin excedernos hacia el nihilismo, la duda como ejercicio y voluntad
sumados a la distancia prudencial que será preciso guardar frente a
toda escuela o metodología ―inoperantes para unos; útiles y rentables
para otros― son instrumentos ineludibles para poder escribir un libro
capaz de desmantelar pieza por pieza el andamiaje en apariencias sólido
sobre el cual se alzan un sinnúmero de preceptivas sociales,
culturales, filosóficas e históricas. Tanto el placer que proporciona
como la extraña gracia que resulta de una lectura apocalíptica y
desacralizadora, residen, en gran medida, en la habilidad del autor
para escarbar, con toda buena mala-intención, en una Historia y una
Realidad erigidas por una tradición canónica (más una industria
editorial que rinde buenos dividendos) empeñada en registrar un
fenómeno tan humano como cualquier otro ―el literario, en el caso que
nos interesa―, y que por lo tanto se resiste a cualquier maniobra de
taxidermista en la que, unas veces conscientes y otras como posesos,
nos involucramos por una suerte de desidia intelectual.
A la luz de un ejercicio que consiste en sembrar dudas y aniquilar certezas, parece haber sido concebido este Manual de Literatura para caníbales
aparecido en 2006 en España, y que ahora la editorial Arte y Literatura
ha publicado en su colección Orbis. El autor se llama Rafael Reig y no
es el último ni el primero de su sangre sobre la tierra. Ya otros le
han precedido en el intento demoledor y carnavalizador de una época.
Desde la Divina comedia, pasando por el Quijote y Rabelais hasta el posmoderno affaire
Sokal, las buenas trompetillas literarias y filosóficas como estas no
abundan pero son suficientes para emparentar a Reig con una estirpe
ilustre de trompetilleros. Él mismo, en un acto de auto canibalismo,
encuentra ―para él y para todos, españoles o no― un sitio frente a ese
espejo distorsionado que resulta este libro, híbrido de novela,
chascarrillo y manual escolar; y lo hace con la misma gracia y el
desparpajo de los que se vale para citar, a personajes y autores, a su
aquelarre de vivos y muertos, o con el desenfado conque llama a este
volumen “resumen divulgativo del panorama histórico de la literatura
caníbal entre 1808 y 2008”. El procedimiento de Rafael Reig no es nuevo
y consiste en sobredimensionar la realidad hasta alcanzar la
deformación propia de la caricatura. Pero no me refiero al monigote
trazado por despecho cual marginalia de un libelo sino al fantoche que
ridiculizando el exterior saca a la superficie contradicciones y
asimetrías invisibles para la mirada poco diestra; aunque no
exactamente lo mismo, se trata de algo muy cercano al esperpento ―por
emplear un término caro a la literatura española―, que obsesionara en
su momento a Valle Inclán cuando le dio por pasear a la España caduca,
vencida y arruinada de finales del xix y principios del xx por el
Callejón del Gato. En este manual, Reig, imbuido por un brío similar al
de Goya con los Caprichos, divierte los sentidos y narra dos siglos de una historia literaria, valiéndose del testimonio (y la carne) de unos personajes de ralea similar a la de los Buendía de Cien años de soledad
(los Belinchón), condenados a una especie de suplicio de Tántalo
mudado, en principio, en la mediocridad como estigma y, luego, en los
desafortunados arribos tardíos a los movimientos literarios del
momento. Esta maniobra le permite jugar, retozar, hacer malabares
arriesgados con la historia "oficial", chotear, hacer guiños, reír,
hacernos reír a carcajadas y hasta atreverse a decir ―él, cuya prosa
debe más a Cervantes que a Galdós― que Fortunata y Jacinta es
la mejor novela española por encima del Quijote, para luego
desternillarse a solas como el más artero de los demonios. Un demonio
antropófago dueño de un apetito tan descomunal como el de un
Pantagruel.
Cuanto comemos ―recordemos con Borges― es, a
la larga, carne humana. Y Rafael Reig procura devorarlo todo, no se
detiene ante ningún icono aun de la dimensión de Vallejo, Victor Hugo,
Azorín, Darío, Espronceda, García Márquez, Cortázar o Benet; y cuando
parece que reverencia a alguno, bien podría decirse que lo hace como
práctica de una misa negra en la cual deshace los límites, los sacude,
los traspasa, incluso a riesgo de penetrar en esas arenas movedizas que
pudieran ser el ataque personal y el ajuste de cuentas ―lea y
diviértase, durante el tema 8, con “La guerra de las Dos Marías”―.
Justamente el final del libro (y de la escritura) es una conflagración
entre facciones literarias, un conflicto surgido de la paradójica
“tradición de la ruptura”, que nos recuerda ―el libro todo― no solo el
espíritu de algunos ensayos de Octavio Paz o de “Ortega und Gasset”, sino aquella chanza genial de la novela Si una noche de invierno un viajero,
de Italo Calvino, donde el carnaval y la desintegración de los modelos
literarios tradicionales y del propio sistema alcanzan proporciones
similares a las del manual en cuestión.
En Canibalia, un excelente ensayo
premiado y publicado en 2005 por la Casa de las Américas, el autor,
Carlos Jáuregui, nos advierte que el caníbal no respeta las marcas que
estabilizan la diferencia; por el contrario, fluye sobre ellas en el
acto de comer. Así mismo plantea que “esta liminalidad que se
evade ―que traspasa, incorpora e indetermina la oposición
interior/exterior― suscita la frondosa polisemia y el nomadismo
semántico del canibalismo, su propensión metafórica” (p. 11). El
canibalismo como procedimiento y no como gratuidad sonora es la
constante indispensable para aceptar, sin sometimiento, esta relectura
histórica propuesta por Reig. Anunciada en el título y explicada en la
introducción ―tal vez innecesaria―, la antropofagia (que,
indistintamente, se usa aquí y allá como sinónimo de canibalismo cuando
en verdad no significan lo mismo), con su gran capacidad metafórica,
condiciona, más allá de lo concientemente autoral, cada uno de
los elementos que conforman el libro. Es imposible no advertir las
marcas de una parodia en las líneas iniciales del manual de Reig cual
comienzo de Moby Dick, de inmediato corroboradas por el oficio
de Benito Belinchón. Si bien es cierto que la condición de “marino”
permite flexibilizar la trama así como ampliar las libertades expresivas[1]
y los desplazamientos de los personaje y el narrador, también lo es
que, unido a lo que se dice al principio de la historia, se vuelve casi
obligatorio pensar en Herman Melville pero sobre todo en aquel escritor
en ciernes que “vivió entre caníbales”, como se le conoció luego de
publicar Typee a mediados del xix y antes de ser revalorizado
por la crítica literaria del xx, sin dudas no estamos ante
significantes barajados al azar. Como no es mero divertimento ese
pasaje breve en que uno de los protagonistas ―Agustín Belinchón―
experimenta un viaje al futuro y se encuentra, entre otras sombras, a
un César Vallejo atrapado en una especie de limbo o círculo infernal a
la manera de Dante. Desde los temas iniciales y durante las más de
doscientas páginas del libro, las referencias y las citas textuales se
multiplican, se superponen y se recontextualizan tanto en el discurso
del narrador como en boca de los personajes: se articulan unas con
otras hasta tejer una red donde se hace imposible discernir dónde
termina la autenticidad del narrador y dónde comienzan la máscara y la
impostación. Tal maniobra ―conjugada con las tareas que nos deja el
autor al final de cada tema― multiplica hasta el infinito las
posibilidades de lecturas del manual; tan disímiles resonancias nos
obligan a repensar nuestro universo cognitivo y la literatura en muchas
otras dimensiones más allá de lo trascendental, lo perdurable y lo
glorioso; a detenernos en reflexiones que pudieran angustiarnos: ¿Se
agotaron los temas literarios? ¿Existe un final para la literatura?
¿Somos protagonistas de un ocaso? ¿Quedan otras posibilidades para el
texto literario además de esos dos modelos argumentales donde el héroe
o busca por los mares mediterráneos una isla perdida o, transformado en
dios, se hace crucificar en el Gólgota? ¿Hasta qué punto la literatura,
convertida en mercancía, ha sido sustituida, desvirtuada, por un objeto
similar diseñado por una maquinaria editorial que no solo se limita a
la producción sino también a la elaboración total del producto como si
se tratara de una pieza de lencería? ¿Es la literatura el suceso o el
suceso la literatura? Dice un personaje de Reig: “La Literatura es
demasiado importante para dejarla en manos de los escritores”. Habría
que detenerse a pensar en qué momento de su propio libro ―un pasaje
dispuesto como trampa de antropófago― el propio Reig quedó atrapado; y
si tal ejercicio, tan exquisito como inteligente, le deparará uno de
dos finales posibles: la salvación o la Nada. La Nada frente a cual
estuvieron alguna vez los ojos de Paul Celan.
Manual de Literatura para caníbales
habrá de ser, durante mucho tiempo, motivo de enjundiosas polémicas.
Reunirá en torno suyo a detractores y apologistas; tal vez desate
alguna que otra guerra ―ninguna de temer―, pero sobre todo se
convertirá en un libro de obligada referencia para quienes deseen
recorrer 200 años de historia literaria enfocados desde una perspectiva
provocadora, sediciosa, pero de ningún modo disparatada. Eso sí,
tendríamos que indagar si, de este lado del Atlántico, este manual
subvierte y provoca con signos y resoles semejantes, puesto que el
término caníbal, reformulado por otras realidades históricas, tiene “más que ver con el pensar y el imaginar que con el comer, y más con la colonialidad de la Modernidad que con una simple retórica cultural”[2]. No obstante, el de Reig no es un libro para leer como se lee cualquier novela sino para ser comido,
poco a poco, saboreándole como a un buen pozol literario, aunque es
bueno advertir ―como lo haría el propio autor― que su digestión habrá
de ser prolongada y, en ocasiones, a pesar de la risa o a causa de
ella, hasta dolorosa.
[1] Dice Benito Belinchón: “me hice con multitud de lenguas, aunque la primera fue el indispensable patois-sur-mer, esa lingua franca [2] Carlos Jáuregui: Canibalia, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2005, p. 14.
en la que uno se puede entender en cualquier puerto del mundo. Luego
adquirí el inglés corsario, el francés de Marsella, el lacónico alemán
de los submarinos en inmersión y otros muchos idiomas”, p. 11.

homeronica dijo
Desde hace algún tiempo; se ha cuestionado severamente el oficio de escribir y lo que se escribe. El arte es tanto una actividad humana creativa es a su vez el reflejo de una época y de intereses de esa época; vista por los ojos del artista o de los que lo financian; esto último, es aplicable a todas las facetas del arte. Por ejemplo: las compañías disqueras seleccionan, escogen la música que ellos creen debemos oír; por simple marketing y por ideología. Igual los libros. Se nos vende entonces sólo aquella literatura que interesa a ellos. Por eso, con toda la crítica y peligros que encierra el internet; es hoy por hoy la forma mas eficaz de llegar a esos textos marginados por el capital o la iglesia. A este libro que presentas no tengo acceso a él; vivo en un país que anda ocupado en otra cosa. Como ves; no me ido de la coctelera. Un abrazo amigo. H.
4 Enero 2008 | 07:30 PM