por Julio M. Llanes

Cierto día, cuando leí sobre "la teoría lezamiana del azar concurrente", pensé que se trataba de otra gran especulación literaria jocosamente tramada por el escritor cubano José Lezama Lima . A decir verdad,como todo creyente vergonzante, a veces creía, otras no; sin embargo, confieso que anoche hubiera querido que la teoría fallara, que no se cumpliera.

Me senté ante el televisor para presenciar la ceremonia de entrega el Premio Literario Casa de las Américas 2008.Como no había comenzado, imaginé que, igual a otras ocasiones, la Sala Che Guevara estaría iluminada, llena, rebosante de conversaciones, risas, una gran algarabía bajo la sombra imaginaria de esa obra de arte popular tan sugestiva que nunca me canso de mirar: un enorme árbol llamado de la vida (versión popular y artística de su homónimo bíblico), en cuyas ramas cuelgan cientos de peces y caracolas marinas, decenas de objetos , numerosas figuritas de un barro de colores inolvidables. Todo un símbolo: de que algo grande crecerá en América. Pero, casi al mismo tiempo de la premiación, los medios difundieron la noticia: Volodia Teitelboim, el escritor y dirigente político, Premio Nacional de Literatura de Chile 2002, había muerto .

Yo sabía que Volodia Teitelboim estaba gravemente enfermo, pero no pensé se fuera a marchar tan pronto. Generalmente sucede así , aunque esperada, la muerte siempre nos sorprende.De pronto recordé la última vez que lo vi y conversamos, fue en esa misma sala de la Casa de las Américas , en otra entrega del prestigioso premio, justamente al pie del Árbol de la vida.

Con Volodia en la memoria, me fui hasta mi librero donde guardo algunas de sus obras. Su carrera literaria comenzó en 1935 con la publicación de la Antología d e la poesía chilena nueva, obra muy consultada. Eso decían las tapas, entonces descubrí que de sus novelas,( todas relacionadas con las luchas obreras , políticas y la historia de Chile), antes había leído La guerra interna (1979), motivado por el del golpe fascista del 11 de Septiembre de 1973, pero sólo poseía una de ellas, Hijo del salitre (1952), historia muy vinculada a protagonistas de ese mundo mítico ,hermoso y difícil de las salitreras, que tanto tuvo que ver con su patria; pero que ya casi sólo existe en la historia y en el dolor de la memoria afectiva, porque el neoliberalismo las hizo desaparecer salvajemente, dejando a su paso los pueblos fantasmas del desierto nortino. Teitelboim había escrito más de treinta obras, entre las que se destacaron varios ensayos, novelas y biografías ;sin embargo , muchos lo conocíamos más por las obras suyas sobre otros escritores que por la específica labor de creación personal. Como nunca antes leí su biografía, ahora me entero que realmente se llamaba Valentín Teitelboim Bolosky y nació en Chillán en 1916, hijo de inmigrantes , moldava la madre y padre ucraniano.

Tengo en mis manos y hojeo Neruda (1984), Gabriela Mistral , pública y secreta(1991), Los dos Borges. Vida, sueños y enigmas (1991).Por estos textos muchos en el mundo entero pudimos conocer mejor las pasiones de Pablo Neruda, desentrañar las claves de la desolación y grandeza de Gabriela Mistral, la maestría de Huidobro, y hasta la controvertida personalidad de ese gran escritor argentino que fue Jorge Luís Borges. Y es que a Volodia Teitelboim, más que por el amor a la propia obra, se caracterizó por una innegable voluntad de servicio, que lo hizo tratar de sentir y comprender las alegrías y sinsabores, las tristezas y esperanzas, las miserias y grandezas de sus contemporáneos, fueran o no amigos suyos. Analizar, conocer más, comunicar, comprender, develar , servir, servir, servir, esa fue su eterna divisa.

Un día se me ocurrió solicitarle una entrevista para un libro sobre confluencias entre los poetas Neruda y Guillén. Contestó generosamente todas mis preguntas, aunque algunas no eran precisamente sobre las confluencias.En esas respuestas encontré su sencillez ,tacto, y capacidad de comprensión del ser humano, que tanto le habían ayudado en su labor política en el partido de los comunistas chilenos y en su vida literaria. Como agradecimiento, le envié una crónica mía, titulada: "Última noticia: Neruda otra vez en Cuba!!", en la que narraba el protagonismo del Premio Nobel chileno con motivo de su centenario en la Feria internacional del Libro 2004 de Cuba . No me contestó, pero un dia la encontré publicada en un sitio cultural de Suecia y un amigo me trajo un ejemplar del diario chileno El siglo donde también aparecía.

A mediados de ese mismo año visité Chile invitado a un encuentro de escritores. Presenté un libro mío y volví recorrer el país ,esta vez de norte a sur. En la ciudad de Valdivia caí desde una escalera y sufrí ruptura muscular de un pierna. El dolor resultó intenso, pero no quería irme de Chile sin cumplir un deseo y en Santiago pedí me llevaran a conocer personalmente a Volodia Teitelboim. Me recibió afablemente. " He visitado diecisiete ciudades …" le dije con el orgullo ingenuo del viajero triunfante. "Ya lo sé", me contestó acompañando la afirmación con una pícara sonrisa condescendiente, como si en silencio me estuviera recordando que eso no era nada— no solamente porque Chile era el país más largo del mundo— sino porque me faltaba el bosque y, según Neruda, quien no conoce el bosque de Chile, no conoce este planeta.

Volodia fue protagonista y testigo de buena parte de la historia y la vida chilena. Converzar con fue para mi como desandar el tiempo en todas direcciones: vivir el futuro, recordar el presenté, soñar cómo será el pasado; dialogar sobre cualquier tema era constatar su gran lucidez, a pesar de los años, percibir y comprender el amor que siempre sintió por Fidel y la Revolución Cubana; conocerlo fue un privilegio, porque, sin lugar a dudas, es un símbolo de modestia, coherencia y dignidad.

Mientras pensaba en Teitelboim, recordé que algo similar me ocurrió con Gladys Marín ,cuya muerte me sorprendió casi al final de la Feria Internacional del Libro de Cuba del 2004, precisamente en la que Neruda reinó en su centenario. Movido por la curiosidad, busqué en el viejo ejemplar de El Siglo mi crónica de nerudiana , pero no la leí, porque en sus páginas,el azar puso ante mis ojos la foto del momento feliz en que Fidel, en nombre de Cuba, premió a Gladys Marín con la Orden José Martí,la más importante distinción de nuestro país:Neruda,Volodia, Gladys, la alegría y la tristeza caminando juntas, como en la vida misma.

En Febrero del 2005, durante la inauguración del Premio Casa de las Américas de ese año, reencontré a Volodia en La Habana. Se veía alegre, como siempre que retornaba a Cuba. Pensé que no se iba a acordar de mí y lo saludé cautelosamente. Pero me equivoqué, me reconoció y conversamos brevemente al pie del Árbol de la vida. Luego ordenó me entregaran un ejemplar generosamente dedicado de su libro Neruda cien en el que había incluido el texto mío en homenaje al poeta. Como todo buen provinciano, le hablé con entusiasmo de las virtudes de la provincia del centro de la isla donde vivo,y le reiteré la invitación a visitarla. Pero, con razón, sus anfitriones me explicaron que el viaje no se correspondía ya con sus años y su salud.

Fue la última vez que personalmente lo vi.

En todo eso pienso, mientras desde el centro de Cuba escribo esta crónica. Tengo entre mis manos sus libros y el mensaje de Lucho Aguilera, escritor chileno de la región de Gabriela Mistral, que lo evoca. De pronto siento un ruido en el exterior d e mi casa. Presuroso, me acerco a la ventana: por un camino desconocido, que no es mi calle de todos los días, reconozco a Volodia que lentamente se aleja. Levanto la mano para decirle adiós, pero me contengo, porque de repente observo que hace un giro en redondo y comienza a regresar. Veo que retorna por el camino que va creciendo según él avanza, y ahora el camino es ancho, muy ancho, como una gran alameda. Cuando pasa cerca, vuelve su cara hacia mi ventana y adivino que con su sonrisa me explica: "No pude. Todavía hay mucho que hacer…". Un aire frío avanza desde el valle del Elqui, bordea bosques y cerros, atraviesa la escuelita de Gabriela en Monte Grande y se pierde lentamente, mientras el sol arde en el cielo gris de Santiago .

Volodia no viene solo, lo acompañan Recabarren, Allende,Victor Jara, Neruda , Gladys Marín y muchos más.Traen las ropas impregnadas todavía por el polvo del desierto de Atacama, los dedos quebrados por los golpes , los rostros húmedos por la lluvia del sur de Chile, la piel calcinada por las llamas del Palacio de la Moneda y, sin embargo, increíblemente, entonan una canción de esperanza.

Volodia levanta las manos, pero no es un gesto de adiós. Sonrío, y comprendo: los poetas tienen sus caprichos mágicos: ¿ Neruda no quiso meter toda América en su poesía y, para ello, se inventó Isla Negra, que no era isla, sino un pedazo de costa chilena con arenas claras? ¿Huidobro no pretendió hacer una poesía que compitiera con la naturaleza en vez de reflejarla y también escribió su propio epitafio : "Abrid esta tumba, al fondo se ve el mar",colocado donde yace en Cartagena, frente al mar de Chile? ¿Qué tiene entonces de extraño que Volodia como un niño travieso, sonriente, levante hasta el mismo sol, como si fuera una ligera bandera, aquel hermoso, enorme árbol de la vida que presidía la Sala Che Guevara y ahora arde para siempre entre sus manos y mi memoria?

Julio M. Llanes. Escritor cubano que reside en Sancti Spíritus, Cuba.