Porque por más lágrimas que caigan al vaso existencial, la esperanza es lo único que nos ahoga.

Excepto para el poeta.

Señalaba Bolaños que lo mejor de Latinoamérica son nuestros suicidas, voluntarios o no. Esos de Rokha, esas Bombal, esos Lira, esos monstruos de sesos esparcidos por toda la muralla. Este es el destino de los poetas en Chile: quieran o no, terminarán suicidandose. Es que no les queda otra. Su batalla infernalmente mínima, su terribilidad violenta, su maldición de irreconocibles ante el espejo de la realidad, su perdición en los laberintos del silencio, todo ello, convierten al poeta chileno en una bestia incontrolable que busca las llaves para él mismo encerrarse y ponerse a salvo de la incomprensión. Dudo que en otra tierra de este planeta existan poetas como los que hay en ese país de malditos. Dudo, también, que en cualquier otro lugar, hayan tantos locos en libertad. Y cuando digo locos, no me refiero a esas imagenes mentales de tipos vestidos de blanco peinando la muñeca o, esos elementos excéntricos que no hayan mejor manera de llamar la atención que exhibir sus genitales en frente de unas viejas estupefactas y felices, en fin, que no son esos. Estos son locos por dentro, locos de pensarse demasiado, locos de implosión, enfermos de tanto sentido común, locos anónimos que renunciaron a sus familias por un pedazo de justicia que ya nadie recuerda. En un Estado Fascista como Chile sólo un demente puede estar pensando en escribir versos; mientras unos corren por sus vidas y otros se pudren en la cárcel, sólo un enajenado o un valiente apunta con su mano desnuda al enemigo. Porque como dijo alguna vez Novalis, el poeta se debe a la obra y no la obra al poeta; si, pero esta condición platónica deja de serla en el momento en que la sangra y luego, la alumbra; su creación inexplicable es su responsabilidad, su compromiso. Vates sin rostros, vagabundos que zigzaguean buscando una oreja, un alma, un deseo, un cerrojo. En chile, algunos gustan de exclamar que este es un país de poetas. Mero artilugio folklorista para el turista de turno. Chile es un país de perros y lunáticos. Sus poetas viven literalmente del aire, no comen, pero beben mucho, son ateos, pero tienen fe, aman la palabra, pero terminan degollandola, siempre. El poeta en chile es un profeta destinado a morir en el destierro. Es un grito cóncavo generacional que se siembra bajo las cosas como una marca o estigma. No ha habido poeta en esta playa gigante llamada Chile sin una cicatriz de dolor; no existe poeta que no haya muerto en el desierto y resucitado en el Pacífico. Los poetas en chile dejaron la pluma y la rima, hoy se acuestan con la muerte y se emborrachan con el vicio, viven del crimen y zapatean sobre la sangre. Su eco es la resonancia de las estrellas que llueven en todas las miradas de quienes nunca encontraron el camino de vuelta a casa. El suicidio es un deber moral para el poeta chileno, su quintaesencia, su repudio y afirmación hacia la vida. El poeta chileno no posee patria, ni bandera, vive del aire, como un árbol retorcido y deformado; es un hipo de espanto en los cerros de Valparaíso; su tiempo de fama es el olvido después de la gran batalla contra el mundo y sus quimeras; aulla en las noches, persigue la presa imposible del tiempo herido, es un fulano de mil nombres y mil secretos; se desgarró por la democracia y cantó de alegría, pero fue traicionado por su propia melodía, amordazado y sentenciado. Chile, país de quiltros y letras moribundas, es un cementerio de poetas. Y el Profundismo su dulce venganza.

- Niño Capital: "Quiera el tatita Dios sacarle la cresta a todos esos malditos!"

- Profundistas: " Jurai que si".

Tomado de Profundismo