El día que conocí el mar me impresionó tanto, que me sentí como suspendido en el aire y tuve la certeza de que nunca más podría vivir alejado de la fuerza de sus olas, del sol escondido en el calor de la arena. Ese día comprendí que la palpitación del universo estaba concentrada en el mar. Sin embargo, no me complacen todos los mares. Me gusta este mío de Isla Negra, rugidor, tormentoso, con sus siete lenguas verdes lamiendo cada roca .Siempre he pensado que esos mares apacibles, con olas de seda, no son mares. Para que un pedazo de mar sea verdadero, cuando una ola se rompe en los arrecifes el aire tiene que oler a yodo, a sal y algas, y seguir rugiendo desde su caja de aguas verdes hasta el fondo de uno mismo, diciendo que si, con sus siete garras verdes, que si mientras se abalanza, que no, cuando retrocede, que no cuando ya sólo es espuma cobarde que regresa.
Muchas veces he afirmado que escribo en una pieza con ventanas de cristales bajo el mar. Escribo con mi tinta verde preferida mientras miro pasar los peces a mí alrededor .Mi mujer siempre advierte que no debía decirlo, y mucho menos con tanta seguridad, porque van a pensar que es cierto. Pero si es verdad, Matilde, le rectifico, pura verdad. Usted no los ve porque siempre anda con los ojos abiertos. Haga la prueba: ciérrelos, y también los verá. Me encantan los peces. Lo mismo si es ese pescado blanco estampado en la bandera que flota en el aire de la Isla, como el capturado por los pescadores, listo para hacer un caldillo de congrio especial como ese que un día bendije en una oda, porque sentí que su carne tenía el sabor del cielo, el olor del mar y las esencias de la tierra.
En todo eso pienso cuando miro el mar desde mi ventana de cristales de La covacha.
Atardece y, mientras el sol se esconde presuroso, comienza a llover sobre la Isla. El aguacero se desgrana sobre el agua y sobre la arena. Uno de los tantos maldecidores del mundo, dijo que yo era un mentiroso fabulador. Es cierto: Isla Negra no está dentro del mar, sino en la costa chilena, no es una isla ni su arena es negra, pero es mi isla yo la pinto del color que quiera y la pongo a existir donde desee, lo mismo en esta playa, que en cualquier sitio querido de mi corazón de poeta. Esta Isla es algo así como un universo íntimo, el lugar donde hace muchos años me refugié para comenzar a escribir Canto General, un recodo del paraíso, en el cual cada cosa es un mundo lleno de recuerdos. Aquí guardo celosamente mis nostalgias, mi esperanza, mi pasión de hombre, mi alma de niño.
La lluvia golpea el techo. Muchos no saben que lo mandé a construir de cinc, precisamente, para revivir el alborozo de la infancia. La lluvia me sorprende en mi lugar de trabajo, donde lucho diariamente, como un artesano y batallo con el tiempo, para encontrar la palabra más bella y más profunda, que me ayude a describir sinceramente la alegría o la tristeza del mundo.
Llueve sobre la Isla, pero si saliera afuera no se mojaría mi gorra ni mi cabeza sin pelos, porque el agua caería entonces sobre el niño, sobre el adolescente tímido que Temuco y mi padre sembraron en mí. Siempre que llueve, algo se moja muy adentro y la tinta verde se torna pastosa, como si le costara trabajo reproducir lo que pienso, mientras las palabras se me extravían de tanto andar por los rincones de la memoria.
Cuando llueve, cierro los ojos y, sin moverme, recorro los mares del mundo en mis pequeños veleros, en mi flota particular. Cada barco diminuto tiene un nombre y una historia, perteneció a un mar antes de perderse en la profundidad del océano. Cada uno me enseña sus magulladuras. Siento crujir sus esqueletos de maderas en un quejido que se repite y multiplica. Pero no es ese mundo real de tierra aire y mar, sino el que está dentro de mí, el que comienza a crecer dentro de esta casa. Cuando yo gozo de verdad, es mientras miro el asombro crecer en los rostros de quienes ven mis barcos encerrados en casas de vidrio, y yo callo y sonrío como un mago tramposo, y me guardo el secreto de cómo pudieron entrar en esas botellas, de cómo viven ahora en sus nuevos mares.
Mi escritorio es una mesa de madera pulida por el agua del mar, desgastada por el tiempo, un pedazo de madera que me hizo temblar cuando el mar decía no y se alejaba con ella. “¡Yo quiero esa madera!”. Dije, casi gritando, mientras Matilde, asustada, rogaba y el mar se nos rindió y dijo un sí grande, rabioso, cuando sus olas vinieron a entregármelo. Porque yo no lo pedí ni lo busqué, fue el mar quien me lo trajo. Yo pienso, que realmente nunca he buscado ningún objeto, todos siempre han venido hacía mí, como predestinados para que yo lo guarde y los recuerde.
Sobre la mesa está un disco con mi voz que alguien trajo desde el otro lado del mar. “¿No lo va a escuchar?” me preguntó “Mañana”, le dije y han pasado meses sin que yo lo escuche. Lo que realmente sucede es que no me interesa oír mi propia voz que sé es gangosa y nasal diciendo poemas. Además , no me gusta saberla tremendamente fea, y ,sin embargo oír, a críticos y admiradores deslumbrados por la poesía , decir que es tan hermosa que sienten los versos como resonar dentro de una inmensa campana de bronce.
Llueve en isla Negra y yo me siento niño otra vez. Me entran ganas de jugar.-“! Usted es un hombre-niño, un niño grande!” me dice Matilde. Pero lo hace suavemente. Ella bien sabe que yo jugué, juego y jugaré. Porque el hombre que no juega ha perdido al niño que lleva dentro. Mi juguete más grande es esta casa de Isla Negra. Yo la pensé jugando y la hice año tras año, en un juego de placer interminable. Mi casa es un barco, anclado en esta playa, listo para hacerse a la mar. La pensé para escribir en ella el Canto General Y le fui agregando pedazos como si construyera por partes una gran embarcación.
Yo, el Superbarmant, preparo miles de tragos especialmente creados para los invitados que a cada rato me invento. “Apúrese, que el tiempo vuela”, le digo a Matilde para que termine ya de recortar los papeles de colores para los adornos. Con el corcho quemado me dibujo un bigote precioso sobre los labios y acondiciono el baño erótico para que miren cuerpos hermosos de mujeres desnudas y no se impacienten ni se aburran.
“! Usted es un libro abierto que abrasa y quema!”, me susurra Matilde y yo la conmino a que no se convierta en inventora de metáforas y se meta en la cocina donde ella reina de verdad y haga el mejor guiso del mundo para el montón de invitados que tendremos en la noche .Los hombres entierran botellas en la arena para que luego los cohetes exploten y llenen de colores y luz el cielo d e la Isla.
Llueve en la Isla, mientras miro mi enorme zapato amarillo y negro. Recuerdo el día que lo descubrí en Temuco. Desde que lo vi, me dije “! Ese zapato tiene que ser mío!”. Matilde y yo gastamos nuestros ruegos sin resultado alguno. Luego Invitamos al zapatero a un teatro donde haría un recital de mis poemas. Al día siguiente, una vez más, comprendí el poder de la poesía: el hombre nos entregó su enorme obra a cambio de mi libro con un poema especialmente dedicado. Y aquí está ya mío, vacío de pie y dedos, pero lleno de la alegría del tiempo.
Camino entre mis mascarones de proa. Son mujeres hermosas, de rostros alegres, graves, tristes, con miradas al infinito; esculturas acostumbradas a la furia y la soledad del mar. La que más llama la atención de mis visitantes es esa de pechos enormes, de pezones erizados, como palomas asustadas a punto de levantar vuelo. El propio Salvador Allende, tan comedido, quiso arrebatarme una de ellas, me la pidió de mil formas, me lo rogó, pero ni siquiera él, fiel amigo orador elocuente, logró convencerme.
Yo tengo dos caballos que amo. Uno es de color verde y lo inventé para la poesía, cuando estuve en España junto a Lorca, Alberti y Miguel Hernández; el otro, es blanco, lo encontré de niño frente a una ferretería. Cada día pasaba mi mano sobre su lomo duro, acariciaba sus belfos, alisaba su crin de madera. Siempre me dije: “! Algún día será mío”, pero ese día nunca llegaba, pues el dueño no quería desprenderse de su caballo blanco inmóvil. Todos en Temuco lo llamaban El caballo de Pablo, pero no me pertenecía. Hasta que un día un incendio consumió la ferretería y llamaron a los bomberos. ¡! Hay que salvar el caballo de Pablo!!” me contaron que gritaron mis amigos , más preocupados por el caballo que por las casas. Y aquí, en esta pieza, ahora lo tengo y soy el dueño de su mirada fija, de su oído de oreja parada, de su resuello silencioso y obediente.
Encima de mí, colgando del techo y las paredes, están los dos ángeles voladores, con sus alas desplegadas en el misterio del aire.
Mi Isla nació con el Canto General, por eso, casi al final del libro, en Mis disposiciones, pedí un gran deseo:
“Compañeros, enterradme en Isla Negra,
frente al mar que conozco, a cada área rugosa
de piedras y de olas que mis ojos perdidos
no volverán a ver.(…)
Quiero ser arrastrado
hacía abajo en las lluvias que el salvaje
viento del mar combate y desmenuza,
y luego por los cauces subterráneos, seguir
hacía la primavera profunda que renace.
(…) Abrid junto a mí el hueco de la que amo, y un día
dejadla que otra vez me acompañe en la tierra.”
Mi casa de Isla Negra es un barco que no tuve tiempo de echar al mar, está sobre una colina, como encallado en sus propios recuerdos. Un poco más abajo, entre flores, sentados sobre una roca, Matilde y yo miramos como las personas se deslumbran con nuestra Isla y contemplan el pedazo de tierra donde dicen que juntos estamos. Pero llueve en la Isla y nosotros debemos entrar, guarecemos dentro de esta casa –embarcación que algún día tendrá que zarpar.
Hace frío Matilde, la lluvia trae ese frío inmenso que me llega hasta los huesos. Hagamos el amor pronto y sin descanso hasta incendiar la costa. Necesito sentir tu olor a madera antigua de Chillán, necesito tu aroma de bosque húmedo, tu respiración marina y tu abrazo terrestre que me eleva hasta el cielo. Quiero morir, amor, muchas veces entre tus piernas y desde el fondo de ti, y arrodillado, quiero nacer otra vez y por siempre, para mi pueblo.
Julio M. Llanes(Narrador,escritor especializado en LIJ)
Escritor cubano ,residente en Sancti Spiritus, en el centro de la isla. Este monólogo fue inspirado en Neruda, después de visitar Isla Negra. Julio M. Llanes presentó el libro editado en el norte de Chile Del Corazón a la memoria , (en 17 ciudades)el texto recoge sus viajes a ese país del cual conoce más de 20 ciudades desde el Sur al Norte. En 1998 hizo la ruta del Che (Chile, Argentina , Bolivia) para escribir el libro Che entre la literatura y la vida. Libro suyos han sido publicados en Cuba, Chile, Brasil, Argentina, Ecuador, Islas Canarias, y Holanda.
Profesor auxiliar de la universidad pedagógica de SSpts. Miembro de Honor de la Asociación de Pedagogos de Cuba y de la unión de Escritores y artistas de Cuba, ha recibido numerosos premios literarios y reconocimientos culturales y sociales por su trayectoria, entre ellos los siguientes galardones nacionales: Distinción por la Educación Cubana, Distinción por la Cultura Nacional ; y los premios Los Zapaticos de Rosa, Abril y la Rosa Blanca Especial, otorgados por las organizaciones nacionales de niños, jóvenes y escritores cubanos, respectivamente.
Email: juliomllanes@yahoo.es cc: juliomllanes@hero.cult.cu

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados