ENSAYO
Félix Sánchez
Analizando el valor metodológico que podía tener para el trabajo cultural un concepto como el del “mecanismo económico”, expuse en un artículo que titulé “De la política al hecho: ¿el mecanismo cultural?”, publicado en la revista Umbral (No. 22/ 2006), la utilidad de que entendiéramos que no solo se debe ver reducido al campo de la actividad económica la correlación estrategia-política-mecanismo.
Consideraba entonces que la experiencia arrojada por la economía debía extenderse a las restantes esferas de la actividad social. Esta generalización a partir de algo que pudo concebirse inicialmente como singular, concerniente a la actividad vital del hombre (la económica), es una constante en la vida de la sociedad, en su evolución. Conceptos como producción espiritual, consumo espiritual, necesidad espiritual, nacieron del apellidaje de categorías que en su momento solo abarcaban lo material. La actividad económica es una fuente de experiencias para el resto de las esferas de la vida social.
El mecanismo social --nombre que propongo para abarcar el conjunto de vías, formas, métodos, a través del cual alcanza la sociedad los objetivos que se propone en una esfera dada (objetivos que se ven contenidos en la estrategia y la política específica de esa esfera)-- convierte en práctica lo que la política se traza como propósito, es pues, un mecanismo de “realización”, un mecanismo “ejecutor” y es el que debe sortear en el terreno, en la cotidianidad, todos los retos y dificultades que entorpecen el alcance propuesto por la política.
En aquel artículo trataba de argumentar la utilidad que tendría para el trabajo cultural asumir todos los fundamentos teóricos que ya se han acumulado acerca del hasta entonces llamado “mecanismo económico” (por ejemplo: funciones, estructura, etc). Exponía entonces, como ejemplo, la importancia de que las instituciones culturales se concentraran en el mecanismo cultural, su modo efectivo de articularse con la política, de contribuir a la consecución de sus objetivos.
Quiero hoy, a partir de algunos de esos elementos teóricos, pero utilizando una experiencia concreta, referirme nuevamente a esa utilidad del concepto de “mecanismo cultural” y la necesidad de verlo como un mecanismo cambiante, de permanente actualización, de permanente subordinación a la política.
Una política puede ser muy buena, pero lo que le asegura el éxito no radica --en última instancia-- en su diseño mismo, sino en que esté acompañada de un mecanismo cultural que responda a lo proyectado. Trazar normas, vías, instrumentos, fórmulas, códigos, regulaciones, establecer palancas que de manera coherente, como un sistema, hagan aplicación de la política, es uno de los grandes retos que tiene delante nuestra cultura. Lo ha tenido siempre. No quiere decir que no hayamos contado antes con un mecanismo cultural, el problema está en que ha sido en cierta medida espontáneo, no lo hemos asumido a partir de una comprensión teórica que nos permita profundizar en él, trabajar científicamente en su conformación, con una clara conciencia de su función, su estructura, sus categorías, sus vínculos con la superestructura (la ideología, el derecho, la moral, etc).
Decía antes que me referiría a una experiencia concreta. Será esta de la esfera del libro, la esfera que mejor conozco, y donde podré utilizar elementos más ilustrativos.
Durante muchos años el libro estuvo representado a nivel nacional por el Instituto Cubano del Libro (fundado en 1967), pero a nivel provincial por las empresas del libro (creadas en 1977). Como se notará fácilmente los términos “instituto” y “empresa” no pertenecen a un mismo campo. Las instituciones se reservan para la actividad espiritual: instituto de investigaciones, instituto de medicina, etc., mientras la empresa es de la esfera de la producción material. Cuando decimos “empresa”, lo “empresarial” pensamos con lógica en una entidad donde predominan las categorías económicas. A una escuela se le pregunta: promoción, retención, índice académico, etc. A una empresa se le mide: plan de producción, venta, ingresos, rentabilidad. No hay confusión posible.
Este problema, que le daba a la actividad del libro una contenido totalmente empresarial en la base (en la composición de estas empresas solo existían dos aparatos: uno comercial y una financiero), que hacía de la acción de “comercializar” libros su objetivo, sin especialistas para desarrollar la promoción y la divulgación especializada del libro, para organizar las actividades que son práctica universal, empezó a resolverse llegado el momento en que como parte de la institucionalización de la Cultura se crearon en las provincias los Centros por manifestaciones. Así surgieron en cada territorio el Centro Provincial de la Música, el Centro Provincial de Patrimonio, el Consejo de las artes Escénicas, el Centro Provincial del Libro y la Literatura (CPLL), y otros. Unos años después, a principios de los noventa, ocasión en que trabajé como especialista de literatura en un CPLL, le expresé a un funcionario del instituto mi criterio de que si bien con el nombre de Centro Provincial del Libro y la Literatura la antigua empresa recibía un vuelco en su propósito, esto no había estado acompañado hasta entonces de los necesarios cambios en el funcionamiento. Todavía el cambio real no alcanzaba, no llenaba el cambio formal. De haber tenido esta conversación hoy le abría dicho que se había dejado intacto un mecanismo que ya no respondía a lo que se aspiraba. ¿Qué notaba yo entonces? Que aunque el centro era “del libro y la literatura” en la práctica se le evaluaba como antes, priorizando lo comercial (y lo peor, su lado más abstracto: el monetario), no existía un verdadero departamento de literatura, y la librería, que hasta entonces era un lugar para vender libros, no se había transformado para ser representativa en el municipio de ese perfil de “el libro” y “lo literario”. En el contenido de esas libreras seguía estando la misma actividad comercial, se les pagaba lo mismo, y se sentían subordinadas al comercial de la empresa. Cuando se les visitaba y se le dejaban ideas relacionadas con la literatura, la veían como algo que no estaba en sus deberes. En fin, el cambio no había sido complementado con las miles de cosas que hay que variar una vez se redirecciona un propósito. En este caso todas esas reestructuraciones requeridas de funciones, deberes, tareas, indicadores evaluativos, etc., no eran más que las que el “mecanismo cultural” específico del libro requería para hacer práctica la política en ese terreno específico de la cultura.
De entonces acá han sido lentos y poco coherentes los cambios en el mecanismo de funcionamiento de los CPLL. Todavía hoy una librera, que debe responder a una gestión cultural, como la especialista de dicha institución que está en real contacto con el público, y que ya no solo debe saber sumar y cobrar sino orientar, promover un libro de la editorial local, dar una respuesta si alguien le pregunta por un autor del territorio, cobra un salario muy inferior a la veladora de un museo. Y se le exige solo un nivel de escolaridad de doce grados. Es decir, en la única librería del municipio, institución que representa al centro que más profesionalmente trabaja con la literatura, una librera puede serlo con doce grado, y entonces, en la casa de la cultura de ese mismo municipio, los especialistas de literatura, que realizan una labor primaria, elemental, tienen como requisito ser graduados universitarios. Una incoherencia imposible de comprender.
Pero donde resulta alarmante el desfasaje en los actuales CPLL es en lo que se considera hoy en ellos plan, eficiencia, en los indicadores por los cuales se le evalúa (y que se convierten por lógica de la dirección en los indicadores para los cuales se trabaja). Alarmante que en una institución cultural que tiene la tarea de ofrecer libros al público, no se hable jamás de plan de títulos a poner en circulación, títulos vendidos, tipos de títulos vendidos, satisfacción de las demandas del cliente, per cápita de libros por habitantes vendidos en una etapa, asequibilidad de la gente a los títulos que desea leer, opinión de la gente sobre lo que se le vendió, aspiraciones, insatisfacciones. Todo eso que en una tienda del siglo XXI es ya pan comido, cuestión de rigor, aún o ha llegado a los CPLL, centros que como institución cultural debieran manejar incluso con más rigor y vocación cultural y social esos indicadores. Aún a estas alturas, como residuo de un mecanismo antiguo, y mal interpretado, los CPLL hablan de la recaudación como categoría esencial. Que en el socialismo hay que utilizar la ley del valor, contar, calcular, medir eficiencia, eso ya no tiene discusión, pero que eso no puede sustituir lo esencial: el cumplimiento de la función social para la que existe la entidad es también cuestión de principio en la economía socialista. O sea, en el caso de los CPLL no se trata solo de que se esté pensando como empresa del libro y no como una institución cultural, se trata de que incluso viéndola únicamente como empresa, el hecho de no darle ninguna importancia a las unidades físicas, a lo comercializado, a lo puesto en manos de la gente, sino al valor de lo comercializado, al cuanto, es algo que no es solo un problema cultural, es un problema económico y político verdaderamente serio.
Uno de los puntos que se atacó en la rectificación de errores iniciada en 1986 fue el de hablar de valores y no de productos, de hablar las empresas de acopio de ingresos y no de libras de viandas ofertadas a la gente. Porque lo que la gente necesita no es dejar más dinero en manos del estado, es recibir viandas, frutas, artículos industriales y... libros. Si yo no me preocupo por ver como satisfago su necesidad de libros sino como cumplo un plan económico que me trazaron, estoy actuando no en aras de una eficiencia económica socialista, sino de un modo más oliente a capitalismo que a otra cosa, aunque el término nos asuste y nos haga jurar que no tiene nada que ver con lo que hacemos. Fidel fue categórico cuando llamó remedos de capitalistas a esos que empezaban obras y las dejaban a medias porque les daba más ingresos abrir obras, cimentar, que es una fase de la construcción que se paga bien, en lugar de terminar y entregar lo empezado. En el socialismo, eso está claro en todos los fundadores y los buenos continuadores, satisfacer necesidades es lo primero, y las palancas económicas existen para subordinarse a ese principio, para asegurar que el camino hacia ese principio sea el más racional, el más eficaz. Cuando yo tengo esta relación clara tengo entonces siempre presente que mi tarea es producir más, mejor y más barato, y ningún indicador económico me puede llevar a dormir feliz, mientras no haya hecho lo posible por lograr lo primero. ¿Qué esos elementos pueden provocar contradicciones, paradojas, tensiones? Es normal, y de esas tensiones nacerán incógnitas, retos y soluciones. Esa dialéctica, en el caso del libro, podría llevar a que las editoriales locales, que se centran hoy en publicar a los autores locales al precio que sea, se sumaran, por ejemplo, al empeño de ofertar más libros y más baratos. Entonces quizás su plan editorial no solo contemplaría 30 títulos de autores del territorio, sino reediciones de títulos de gran demanda popular que podrían abaratarse por no ser necesario el pago de derecho de autor, no requerirse de un trabajo editorial del volumen de los títulos que se publican por primera vez. Pero estas variantes, estas “soluciones” nunca aparecerán mientras no se tenga conciencia de que la gente está necesitando libros, no se maneje esa demanda como un problema de peso, haya criterios fundamentados sobre las dimensiones de esa necesidad insatisfecha. Fundamentos, criterios, que nunca nacerán de una lectura economicista de la actividad comercial.
Me pregunto, ¿qué reflexión podrá hacer un CPLL sobre el lugar que ocupa la mercancía libro en el gusto de los pobladores de su territorio, sobre los libros que demanda, qué fundamentos podrá tenerse para solicitar un tipo de libro y no otro, imprimir un tipo de libro y no otro (un problema nuevo para cada CPLL, aparecido con su actual capacidad editorial), qué esfuerzo se realizará por orientar la adquisición del libro hacia aquellos intereses culturales que considera priorizados, si lo que importa a la larga es recaudar el plan, sin que nadie utilice en el CPLL esas cifras para reorientar su labor de promoción, para ofrecer elementos que encaucen la promoción, de formación del gusto por la buena lectura?
En el caso de una fábrica de zapatos el peligro de este modo de evaluar, de determinar eficiencia, es una distorsión que hace tiempo combate nuestra política económica. Pero en una entidad cultural es esto y más. ¿Qué mentalidad cultural y no mercantil podremos inculcar en una librería a la que solo le medimos la cantidad de pesos ingresados? ¿Cómo trabajaremos en interés de rebajar precios y lograr que la gente compre más libros si eso no tiene ningún valor para el CPLL?
Las editoriales de provincia reflejan en su actividad esa indiferencia por el consumo, que es la realización de la producción, la razón por la cual se produce. A doce años de creadas todavía nadie les pregunta: ¿qué ocurre con tus libros?, ¿tienen aceptación en la localidad? La editorial entrega los impresos al departamento comercial y no tiene un solo dato sobre el destino de esos títulos. El mecanismo establecido desde el ICL se satisface con indicadores de títulos publicados, tiradas, de ellos cuantos autores inéditos, balances por género, por municipios, etc., pero no hay uno solo que evalúe la realización de ese producto, realización que se produce en las manos del consumidor. El sistema de información establecido entre las librerías y el CPLL no ha incorporado esos indicadores, y claro, no los incorporará por vocación ni embullo de nadie, lo hará el día que todo el sistema de información del Instituto lo contemple. Las estadísticas son una poderosa palanca de todo mecanismo. Ellas dan más indicaciones que una circular. Tienen una responsabilidad, lo que ellas escondan no saldrá a la luz en ningún análisis. Las incongruencias que ellas no revelen nada revelará. Porque no hay análisis sin datos. Como sean los datos así será el análisis, así se establecerán los criterios para la evaluación. En la dirección funciona ese principio de “Dime lo que me preguntas y te diré qué consideras importante”.
Veamos el comportamiento de esto en el caso particular de la Feria del Libro, un momento climático. Se nos da como exitosa una feria por lo que recaudó, por el cumplimiento de su plan de recaudación. Esta es una constante. Cito aquí un párrafo de la historia de la cultura avileña en proceso de redacción: “En esta Feria los ingresos fueron de 32 700, 00 pesos, con un margen de ganancia de 9 810, 00 pesos” (se refiere a la Feria de 1997 y es el único dato que recoge). El enfoque se repite al reflejarse tanto la de 1994, 1995, 1996 y 1998. ¿Son estos datos los que deben llevarse a la historia de una esfera cultural dada? ¿Dónde quedan los juicios verdaderamente culturales: se vendió mas el libro que esperábamos, qué tipo de lector tenemos, se dio satisfacción a las expectativas, cuáles fueron las satisfacciones e insatisfacciones de los lectores? ¿Logramos vender un per cápita de títulos mayor o menor que la feria anterior? ¿Qué opina la gente de los precios? ¿Qué persona accedió al libro? ¿Fue una feria que tuvo como protagonista al pueblo trabajador o satisfizo mayormente los intereses de un sector de altos ingresos? ¿Quién valorará el cliente defraudado que fue y no encontró lo que buscaba? ¿En qué análisis saldrán los días de la feria en que prácticamente no había nada que vender? ¿Qué criterio hay sobre los libros que salieron o no salieron, fueron bien o mal promovidos, si todo eso queda escondido tras un llamado plan de ingreso? ¿Qué caracterización tengo del consumidor en esos días? ¿Con qué criterios culturales, promocionales, organizaremos la feria venidera si las estadísticas sobre esta no arrojan esa información?
Uno de los argumentos para defender estos enfoques ni siquiera comerciales (porque el buen comercio sigue la mercancía, su camino, más que su valor), llamémosle entonces “financieros”, es que en el caso del libro hay que emplear indicadores económicos, de eficiencia. Pero es que esto no es solo característica del libro. Hay otras entidades de la cultura que ingresan, que manejan categorías económicas, donde la relación del consumidor de la cultura con la institución tiene un componente económico. Y en ellas siempre ha habido y hay otra noción de la función y de la eficiencia. Basta observar las estadísticas de un teatro, del Centro Provincial de Cine, para ver que si bien el término recaudación está presente, él está antecedido por los indicadores verdaderamente culturales, expresivos de la “eficiencia cultural”: proyecciones realizadas, espectadores, unidades artísticas que se presentaron (de ellas cuales nacionales, giras, invitados, etc.), días del año en que hubo funciones, asistentes a estas funciones, balance entre los géneros que se ofertaron, obras que se estrenaron, etc. Ilustro esto con lo referido al cine en el balance que de la Cultura se hizo en el I Congreso del Partido: “En estos años los cines móviles han realizado 1 603 000 proyecciones para 198 200 000 espectadores”. Pero como un ejemplo más claro, veamos como se aborda la actividad específica del libro en el balance que hace el II Congreso: “La comercialización del libro ha tenido un notable incremento. El promedio de libros por lector se elevó de 4,1 en 1975 a 6 en 1980...”. Como se ve lo comercial se asocia a la relación libro-consumidor, sin que se utilice ningún dato económico abstracto.
Creo que es perfectamente visible lo que he querido demostrar hasta aquí: existe hoy una contradicción entre la política cultural, política que con su concepto de masificación nos obliga a pensar más en el consumidor de la cultura, y el viejo mecanismo que sobrevive en los CPLL. Digo sobrevive allí porque son esos los sistemas estadísticos, los indicadores que dan respuesta a la dirección del instituto como instancia nacional. El día que el instituto diga que un CPLL es mejor que otro porque aunque cumplió su plan de ingreso solo al 90% logró sin embargo sobrecumplir el plan de venta en unidades, alcanzó un adecuado balance en los géneros de libros vendidos, comercializó mejor su producción local, incrementó en 0,7 el per cápita de libros vendidos por habitante de la provincia, los CPLL empezarán a darle importancia a esto. Y entonces tendremos una promoción sobre bases concretas, con objetivos concretos. Y en las librerías el lector verá que lo importante es que él se lleve un buen libro a casa y no que nos deje veinte pesos en la caja. El sistema ayudará entonces a convertir las libreras en promotoras culturales más que en recaudadoras. Y todo ese modo de evaluar, de jerarquizar, de orientar, de estimular, como parte del conjunto de palancas con que el mecanismo cultural hace práctica de la política, será más coherente con esa política.
La campaña por la lectura y la masificación de la cultura, deja claro con más fuerza el trecho (casi abismo) que separa en la actualidad la acción de los CPLL de lo que tenemos que hacer. No voy a hablar de encuestas, de sondeos, de estudios de la demanda, de “marketing”, porque el problema existente es tan primario y elemental, que habría que pensar en vencerlo antes de entrar a un terreno de mayor pretensión.
Esto, visto desde un ángulo más general, no es un reto del libro en el socialismo, es una expresión de la modernización universal de la cultura. No hay que inventar nada, basta con echar una lectura a las noticias que circulan a diario sobre el libro, la actividad editorial, el funcionamiento de las librerías, para darse cuenta de que estamos endeudados con un modo de concebir el comercio del libro que nosotros, por el tipo de sociedad que construimos, no solo debemos igualar, sino superar, llenar de un contenido cultural mayor.
Malos mecanismos pueden traicionar una buena política. La política cultural en la esfera específica del libro requiere hoy una revisión a fondo de su mecanismo de realización. Solo así la práctica ira materializando los propósitos, y lo cotidiano verterá paciente y sistemáticamente al futuro.

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