¿Sabe usted de Tocopilla? Pues mejor lugar habrá en otras partes, espacio curioso éste en que todos cuelgan sobre el mar, como en una estantería de aire caldeado. El hombre salió de allí a recorrer la geografía ardiente y perturbadora, no se produce ni siquiera una flor, todo se estira, se alarga entre el polvo que seca todo sudor derramado, carcomiendo como cuervo. Un haz de fatigas se tatúa en las piedras, asentadas, cavernosas apabullando sobre el dedo de las nubes que bajan sin refrescar la extenuación, los nitratos con sus sales ahogantes, distribuidas, espinudas anidando un caudal de dolores, aceradas en esos colchones salitrosos, desolados, aullando como el último muerto. Es que a este gigantón no se le puede quitar su apostura de hombre real que no vició su sangre, de voz pausada, conmovedora como de conjuro, a medida que nos llevaba por sueños, tierras posibles, hombres distintos, humanos más humanos, que todas las fantasías suspiradas en el insomnio de la medianoche en la faena. Eran hermosas sus manos, fuertes, Agrietadas por el uso de la vida, manos perfectas trazadoras de planos y edificios en nuevo paraíso, dio dulzura al sonido de la pala contra la calichera, su varonía, su risa alimentadora de bondades, pero, sus manos, sí, sus manos, enfrentadas a soles infernales, noches conmovedoras de glaciares, sus manos, oleajes de idioma sangriento, esas espaldas enormes, su risa de niño alegre, su camisa como vela de navío, quedaron enterradas por siempre, como en la faena, se perdió tras su última caminata.
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