por José Améstica

Se ha forjado un vegetal silencio que se expande como esos brotes prodigiosos incansables, que dan un tono especial, hasta que ya hoja, suelta ese perfume único del abandono.

Se va formando un bosque sombrío que viene con ráfagas veloces cantando la melodía sensible del miedo, va por esos pantanos cenagosos regados de aguas mustias que fueron carneadas a golpe, amoratada lejos de todo aire.

Queman la piel de las palabras que desorientadas se llagan de ácidos perfumes que oxidó el tiempo, se alzan nubes por las que podía desencadenarse una lluvia que articulara lo que no se pudo decir, lo que murió en el intento de ser caricia. Como esa lágrima de atardecer en el viejo puertecito olvidado por los textos de geografía.

Se hace impenetrable, selva en que la perdemos hasta el letargo a causa del cítrico que arde entre la maleza espesa como vidrios astillados por las garrapatas filosas, cercenantes serruchos. Rompen los filamentos óseos del alma.

El día ha sucedido. Convoca a las envejecidas hojas de los recuerdos, secas de savia son barridas por la indiferencia que no permitió ornamentar una corona recordatoria.

26 de julio 2008